100 AÑOS DE LA FIEBRE DEL CAUCHO (I)

Este año se cumple un siglo del fin de lo que los historiadores han bautizado como la `era del caucho´.  El `oro blanco´, como llamaban a la leche (látex) del `árbol que llora´, alumbró una época de prosperidad en la Amazonia sin precedentes. Hasta que en 1912 las semillas sacadas ilegalmente de la selva por el inglés Henry Wickman, conocido como el primer `biopirata´ de  la historia, florecieron en Asia donde su extracción se organizó de forma más sistematizada y económica, lo que abarató los precios y acabó con el monopolio suramericano. En dos entregas, ofrecemos la historia y consecuencias que esta fiebre trajo para sus protagonistas.

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FOTO  ©  archivo histórico de Manaos

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Cuidadosamente envueltas en hojas de plátano, colgadas del techo para que no se las comieran las ratas y encerradas en un pequeño cuarto oscuro del pequeño buque de vapor Inman Line, el acaudalado botánico inglés Henry Wickman logró sacar clandestinamente de la selva amazónica 70.000 semillas del caucho -heveas brasiliensis, en su denominación científica-, para plantarlas al otro lado del mundo: Asia. Este hecho ha sido calificado como el primer caso de biopiratería de la Historia. Y supuso el principio del fin de lo que hoy conocemos como “la fiebre del caucho”, una época que marcó un antes y un después en el devenir del bosque tropical más grande del mundo.

Wickman, un hombre “simpático, amable y servicial” según las descripciones de sus contemporáneos, actuó al servicio de la Corona Británica. Se adentró dos mil kilómetros, navegando por las aguas del Amazonas, buscando las semillas más jóvenes, las más bonitas, las que parecieran más fecundas… Las embarcó no sin dificultades. Y volvió a salir a la costa. En el puerto de Belem do Pará, las autoridades de aduana del Brasil detuvieron el barco, según ordenaban las leyes del país. Solventó el registro con buenas palabras y un banquete en honor de los oficiales brasileños -que tenían orden de impedir a toda costa la salida de esas semillas del país- asegurando que llevaba una partida de orquídeas para el Rey de Inglaterra.

Las semillas fueron plantadas en los invernaderos del Jardín Botánico de Kew, en Londres, y cuando las plantas brotaron fueron cuidadosamente acondicionadas y embarcadas para la India, Ceilán y Singapur, donde se las trasplantó en lugares especialmente preparados. De esas plantas, 1.700 en total, nació el vasto sistema de plantaciones de hevea de las Indias Orientales, que producía, antes de la invasión japonesa, en la segunda Guerra Mundial, el 95 % de la producción total de caucho natural.

En 1912 se recolectaron los primeros litros de látex que acabaron con el monopolio generado por el imperio del caucho levantado en torno a ciudades como Iquitos o Manaus. Las plantaciones que los ingleses instalaron en Asia resultaron mucho más eficientes en cuanto a la producción, comparadas con las de Brasil, al estar bien organizadas y preparadas para la producción a una escala comercial. Wickman fue premiado con el título de “Sir” en la corte británica y recibido como “héroe” a pesar de haber violado las leyes brasileñas de la época que prohibían, bajo pena de muerte, la salida de su más preciado tesoro.

 

EL ÁRBOL QUE LLORA

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Los indios Omagua le llamaban al caucho “el árbol que llora” porque cuando se le abren tajos en su tronco, la corteza derrama una leche espesa blanquecina bautizada por los occidentales como látex. Es un ejemplar muy alto, de hojas anchas, diseminado entre miles de especies por determinadas áreas de la selva. Los primeros conquistadores españoles ya describieron como los indígenas la recogían en cuencos hechos con hojas de plátano, que endurecían al calor del sol o del humo hasta convertirla en una especie de goma cuya elasticidad permite darle la forma que uno quiere. Durante varios siglos fue considerado poco más que un “souvenir” de Indias.

Hasta que en 1839, por accidente, un inventor de Boston, Charles Goodyear, dejó caer una mezcla de caucho y de azufre sobre una estufa caliente. Fue el principio de la vulcanización, el proceso que hizo el caucho inmune a los elementos, transformándolo de rareza en producto esencial de la era industrial. Con la invención, medio siglo después, de los neumáticos por otro norteamericano, John Dunlop, se masificó su uso para las bicicletas, la industria automotriz, las telecomunicaciones (cables submarinos), medicina y hasta en los zepelines- el caucho pasó a ser el “oro blanco” del nuevo mundo, elevando su cotización por las nubes hasta enloquecer su demanda.

Y también su “maldición”.

Durante la primera fiebre del caucho, los territorios amazónicos estaban habitados en su mayor parte por etnias indígenas. La llegada de colonizadores en busca del preciado caucho a estos territorios causó un choque cultural con los nativos que en la mayoría de los casos desembocaron en torturas, prostitución forzada, pedofilia, esclavitud y masacres. Se estima que en sólo 12 años, 30 mil indios fueron esclavizados, torturados y asesinados para satisfacer la creciente demanda de caucho de Europa y Estados Unidos. El propio Goodyear murió a los 59 años tras el fallecimiento de su hija, achacado por problemas de salud producidos por sus investigaciones con el caucho, por lo que no pudo disfrutar de lo que el látex supondría para la humanidad y para su compañía.

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FOTO  ©  archivo histórico de Manaos

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MONOPOLIO ESCLAVISTA

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En la Amazonía se organizó una vasta red de extracción y distribución del látex a través del sistema de endeude. El trabajador debía entregar la goma a un patrono, llamado “siringalista”, quien había asumido el riesgo de adelantarle alimentos, mercancías, medicamentos y herramientas con la promesa de obtener en retorno el caucho. A su vez, este empresario se había financiado mediante una deuda contraída con una Casa mayor, a la cual debía entregar el producto. De esta forma, unas pocas Casas controlaban finalmente la operación y se encargaban de vender el látex a ciertas empresas exportadoras localizadas en la ciudad de Belém de Pará, en las bocas del Amazonas.

La fortuna que generó fue tal que antiguos poblachos nacidos de la nada se convirtieron de la noche a la mañana en prósperas ciudades donde se nadaba en la abundancia. Al igual que ocurrió en California en 1848 con la fiebre del oro, lugares como Iquitos, en Perú, o Manaos en Brasil, se hicieron famosas en el mundo por su opulencia. A partir de 1880, por ejemplo, Manaos fue la urbe que sostuvo al Brasil entero con su entrada de divisas provenientes del caucho.

El antropólogo Wade Davis describía así las escenas cotidianas de esta época de “vacas gordas” que todavía hoy nos asombra: “Los magnates del caucho prendían sus habanos con billetes de cien dólares y aplacaban la sed de sus caballos con champaña helado en cubetas de plata. Sus esposas, que desdeñaban las aguas fangosas del Amazonas, enviaban la ropa sucia a Portugal para que la lavaran allá. Los banquetes se servían en mesas de mármol de Carrara, y los huéspedes se sentaban en asientos de cedro importados desde Inglaterra. Después de cenas que costaban a veces hasta cien mil dólares, los hombres se retiraban a elegantes burdeles. Las prostitutas acudían en tropel desde Moscú y Tánger, El Cairo, Paris, Budapest, Bagdad y Nueva York. Existían tarifas fijas. Cuatrocientos dólares por vírgenes polacas de trece años…”.

Pero lo que el mundo no sabía, es que detrás de todos esos billetes había un rastro de sangre inasumible para los países que habían propiciado el auge de este comercio. La selva se llenó de hombres despiadados que ejecutaban y torturaban a los indios a su antojo y al de los “señores del caucho” que los contrataban. No hay texto que no asuma el calvario del exterminio indígena a causa del caucho. Un genocidio comparable en crueldad al de los judíos durante la II Guerra Mundial o al de los negros del Congo bajo el mandato del rey Leopoldo de Bélgica.

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