AMAZONAS – LA PRIMERA MARAVILLA (I)

Semanas atrás, la cuenca del río Amazonas fue declarada como una de las siete Maravillas Naturales del mundo. Bautizado así por el extremeño Francisco de Orellana en 1542,  antes los indios lo llamaban de muchas maneras: `Paranaguazú (Gran Pariente del Mar), `Tunguragua´ (Rey de las aguas), `Paron Evá´ (Madre de los ríos),  `Amaru Mayu´(la serpiente más grande del mundo)… En cualquiera de estos nombres se resume el espíritu de la masa de agua dulce más importante de la Tierra –la quinta parte del total- además de albergar la mayor biodiversidad del planeta  y a las últimas tribus no contactadas que existen. Hoy, repasando la ruta de Orellana, nos acercamos a la primera parte de su recorrido por Ecuador y Perú.

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Bosque de samaumas. Croa, Amazonas.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

“Es gloria de Quito el descubrimiento del río Amazonas”. Una placa formada por letras de molde doradas pegadas sobre la piedra, recuerda el lugar desde el que partió Francisco de Orellana en busca de Eldorado en la descomunal plaza de San Francisco. Aquí, desde lo más alto del Quito colonial, es difícil permanecer indiferente ante el sobrio atardecer andino que ha sobrevivido a todas las conquistas.

En el intelectual barrio de Guapolo, presidido por una vieja estatua del descubridor del gran río, se abre la inmensa vereda por el que Orellana comenzó su viaje. Cuentan las crónicas que llegó aquí con la expedición que su primo, Gonzalo de Pizarro, había organizado desde Quito en busca del “País de la canela”, una especie de Eldorado amazónico. «Partió Gonzalo en busca de oro, especias, gloria y poder con 210 españoles, infantería y caballería; 4.000 indios, hombres y mujeres; 4.000 o 5.000 cerdos, unos 1.000 perros de guerra y una gran manada de llamas, tanto para servir de alimento como de bestias de carga…», escribió el cronista de la expedición, Fray Gaspar de Carvajal, en su diario.

Tras atravesar los Andes, donde el frío les diezmó, sufrir feroces ataques de los indios, erupciones de volcanes y tormentas bíblicas, la expedición llegó a la región del río Coca en condiciones miserables. En la floresta las penalidades se multiplicaron. Se comieron los caballos, los perros y hasta el cuero de las monterías. A orillas del río, la única solución que vio el gobernador español fue la de construir un barco y mandarlo de vanguardia. Su misión era encontrar comida para alimentar a los supervivientes y estudiar el mejor camino.

Durante varias semanas, los carpinteros sevillanos construyeron una chalupa de 10 metros de eslora a la que bautizaron con el nombre de San Pedro. Una vez terminada, Orellana  embarcó a bordo a los españoles enfermos y heridos (57 hombres en total) junto a la mayor parte de las armas. Su barco llegó, ocho meses después -el 11 de septiembre de 1542-  a las aguas del Atlántico. El río más grande de la tierra ya era una realidad…

 

COCA, EL MILAGRO DE LA NADA

 

Sobrevolando la misma cordillera que atravesó a duras penas la expedición de Gonzalo Pizarro y Orellana, llegamos a nuestro primer destino: la ciudad de Coca, 20.000 habitantes, fundada hace medio siglo por los capuchinos españoles junto a la desembocadura  del río del mismo nombre en el Napo, uno de los grandes tributarios del Amazonas.

En 1953 Marcelino Torrano, misionero capuchino español, fundó la misión de Sebastián de Coca justo en este mismo lugar. Consigo traía planes orientados a paliar las condiciones de esclavitud que sufrían los indígenas de la zona, atados a las haciendas de por vida por deudas que jamás podrían saldar. Eran «pongos», esclavos habituados a tal régimen desde los tiempos de las encomiendas y, posteriormente, el caucho. Con la expansión de la ciudad, la antigua misión capuchina fue comprada por un colombiano que la transformó en el atractivo hotel La Misión. Un tropel de guacamayos, micos y tucanes hacen las delicias de los turistas en barandas y jardines acodados sobre el río, donde flota un antiguo barco de madera de dos pisos que funciona como discoteca.

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Cruzeiro do Sul.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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Dicen que los primeros extraños en llegar fueron los presidiarios que el gobierno ecuatoriano liberaba a su suerte en viejos barcos por el río Aguarico, acarreados desde otros puntos del país para vaciar las cárceles. Los supervivientes – muchas veces ni siquiera les quitaban las esposas dentro del barco – se instalaban en un canto de selva, raptaban mujeres indígenas e iniciaban una nueva vida.

Descendemos por las límpidas aguas del gran Napo, cauce de 855 kilómetros que dejaría chico a cualquiera de los que surcan el mapa de España. En los escasos embarcaderos siempre hay mujeres lavando, los montones de ropa se apilan junto a ellas en precario equilibrio sobre tablones que se bambolean al paso de las lanchas. Cuatro horas más tarde desembarcamos en Nuevo Rocafuerte, beatífica calle que discurre a la vera del Napo flanqueada por casas, la mayoría de techo de palma. De ellas destacan la amplia misión y el hospital capuchino, fuentes de beneficios sociales para toda la región.

La aldea es la puerta de entrada a uno de los platos fuertes de  Amazonía, el lugar que fuera cuna de buena parte de ella: la Reserva del Pleistoceno Parque Yasuní, con casi un millón de hectáreas vírgenes y puras. Es una sucesión de colinas, islas y ríos que también nacieron en los Andes. «Es un paraíso que Dios dejó olvidado en la tierra en vez de subirlo al cielo», reza un poema. Los científicos aseguran que durante la última glaciación fue la única zona de la Amazonia que no se congeló, ofreciendo una especie de útero ecológico desde donde se regeneró la vida selvática, tal y como la conocemos. En ese espacio desarrollaron su propia vida, durante miles de años, para expandirse de nuevo por sus antiguas tierras cuando la temperatura subió de nuevo.

 En 1989 la ONU lo declaró como Reserva de la Biosfera bajo la categoría de Reserva del Pleistoceno. Los estudios dicen que en una sola hectárea existen 644 especies de árboles, tres veces más que en Estados Unidos y Canadá juntos. Un récord mundial absoluto en este laboratorio biológico sin precedentes. Para algunos especialistas es la zona biótica más rica de la Tierra, un epicentro global de biodiversidad. Durante la pasada Cumbre de Copenhgue, el Gobierno de Ecuador presentó una campaña mundial para proteger esta reserva amenazada por las empresas petrolíferas. En una iniciativa sin precedentes, propone dejar en tierra el crudo que existe en el subsuelo del Yasuní a cambio de que la comunidad internacional les pague la mitad de los beneficios que obtendría por su explotación.

 

EN PERÚ

 

La frontera selvática entre Perú y Ecuador es una de las más simples que puedan existir en el mundo. Dos banderas enfrentadas, separadas por un brazo de río y en medio de sendos claros abiertos en la mata a golpe de machete. La aduana peruana está en Pantoja, una aldea poco más grande que Rocafuerte y que el escritor Mario Vargas Llosa puso en el mapa gracias a su libro «Pantaleón y las visitadoras», en el que narraba las visicitudes de unas prostitutas que recorren los puestos militares de la selva para calmar los ánimos de los soldados. Aquí es donde los religiosos españoles encontraron una hebilla de cinturón muy antigua, atribuida a alguno de los expedicionarios de Orellana. Dos viejas juegan a los naipes en una mesa desplegada a la puerta de un colmado. No se oye un ruido. Hay  un destacamento militar de reclutas dicharacheros que nos recomiendan, con total espontaneidad, locales calientes de Iquitos.

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Juruá.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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Seguimos río abajo y hacemos noche en un precioso pueblo llamado Campo Serio. Decir que es un lugar idílico no haría justicia al sitio: limpio, ordenado, silencioso… No hay luz eléctrica y el espectáculo nocturno del cielo es sobrecogedor. Sus 40 familias viven del trueque y apenas le dan valor al dinero. En comunidad, como en la época de los “ayllus” Incas. Todas las semanas llega un «barco-tienda» que les cambia jeans, sandalias y camisetas por cerdos, pavos o plátanos. Un negocio redondo.

El tráfico de embarcaciones por esta zona es escaso. En siete horas de navegación no encontramos ninguna, ni grande ni pequeña. Tampoco hay gente. Apenas unas cabañas aisladas aquí y allá. Escasas para encontrarnos en lo que se podría considerar como una «autovía» del Amazonas. Todas tienen sus tejados de paja. El metal todavía no ha llegado a esta parte del mundo, una de las más vírgenes que existen.

Santa Clotilde es el pueblo más importante entre Nuevo Rocafuerte e Iquitos. Nos dicen que tiene 6.800 habitantes y ya se respira el Perú amazónico por todas partes. La localidad se resume en dos calles alargadas: la que está al borde del río y la que corre paralela por detrás de la primera fila de casas de madera. Esta lleno de pequeños colmados, algunas mini tabernas con la música a tope y mucha bulla por la calle. Hay motos pero ningún vehículo de cuatro ruedas. El tráfico de las canoas familiares, las «peque-peque», como las llaman aquí por el ruido de su motor (léase seguido pequepequepequepeque… y verá como le suena a un motor de dos tiempos), es incesante. Se acabó la tranquilidad. Encontramos a los primeros turistas, con aspecto de supervivientes, que bajan o suben hacia Ecuador en busca de una experiencia en lo más recóndito de la selva.

 

IQUITOS, EL ORIENTE AMAZÓNICO

 

La urbe de Iquitos, 500.000 habitantes, es una ciudad chola, mestiza, aquejada, como todas las metrópolis amazónicas, de  crecimiento desorbitado. A semejanza de las aguas de los ríos que la rodean (Nanay, Amazonas e Itaya), sus gentes, los charapas o tortugas, detentan fuerte sedimento andino. Música de tecno-huayños y cúmbias se fusiona con el rugir de cerca de 70.000 motocicletas japonesas y chinas que ensordecen el ambiente, modernos rickshaws de pasajeros avanzando en pelotones interminables. Su presencia, junto a los hogares flotantes sobre el río, el inmenso mercado de Belén y los rasgos aindiados de la risueña población, confieren un fuerte tinte oriental a esta ciudad irradiante, humilde, poderosa, fundada en 1750 a partir de una misión jesuita.

Hermana de Manaos bajo el esplendor del caucho, su pequeño centro ostenta edificios de corte parisino de la época de Fitzcarraldo, el famoso magnate cauchero que colonizó estas selvas hasta el Madre de Dios para la causa del oro verde, imprimiendo al lugar un cierto olor a opresión y esclavismo que ha prevalecido. Iquitos siempre fue remanso de viajeros. El Visitador Real León Pinelo estaba convencido – así se lo escribió al rey – de haber llegado al original Paraíso de Adán y Eva. Cien años antes, los de Orellana habían encontrado en estas playas, entre tortugas, manatíes y pescado, carne en abundancia para saciar sus penas. Transcurría la Semana Santa cuando los del bergantín se acogieron a la hospitalidad de los pobladores de las tierras de Iquitos por matar a quien los mataba: al hambre atrasada. El famoso barrio de Belén, el de las casas flotantes, constituye con sus 30.000 habitantes una fotografía de lo que se está convirtiendo el Amazonas. Pasear por él es sentir la vida bullendo en el optimismo de sus alegres vendedores. De puesto en puesto salta la chispa optimista de los que ríen juntos. Las músicas resuenan mezcladas, jarana y jaleo populares hasta llegar al Pasaje Paquito, el de los yerbateros, lleno de frascos desconcertantes con serpientes, sapos, fetos, en su interior y carteles afrodisíacos: “siete sin sacarla”, “levantamuertos”… Pócimas que curan todo, desde el mal de Chagas hasta el de amores, pasando por las profundidades del San Pedro y la Ayahuasca

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