AMAZONAS – LA PRIMERA MARAVILLA (y II)

Coincidiendo que el Amazonas fue declarado, el pasado mes de noviembre, como una de las siete maravillas naturales del mundo, ofrecemos la segunda entrega de este viaje por el río más grande, caudaloso y de mayor biodiversidad del mundo. En esta ocasión, lo recorremos por el lado brasileño, que alberga el 80% del total de la cuenca amazónica.

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Rio Branco.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

El Rápido nos lleva en nueve horas al pueblo de Santa Rosa. Aire quechua, ambiente fluvial donde se respira armonía de los Andes, beatitud y tranquilidad. Por fortuna hemos de quedarnos unas horas en este lugar hermoso gracias a que el funcionario encargado de sellar la entrada a los forasteros se halla de fiesta en Leticia. Podemos tomar una cerveza, observar el movimiento de lanchas, admirar los azules del río y sorprender en su emergida al delfín amazónico bajo sones de huayños. La música siempre resuena de fondo en los lugares de América.

Acabamos de entrar en el llamado “Trapecio Amazónico” un punto del río  en el que confluyen las ciudades de tres países distintos: Santa Rosa (Perú), Tabatinga (Brasil) y Leticia (Colombia). Las dos últimas están separadas por una calle mientras que el lado peruano está al otro lado del río. Se usan indistintamente las tres monedas -el Sol peruano, el Real brasileño y el Peso colombiano- y todo el mundo habla español y portugués. El movimiento de barcos y el comercio es intenso. Los peruanos ponen el pescado y la mano de obra. Los brasileños la fiesta y los productos más tecnificados. Y los colombianos el turismo que aporta Leticia, que presume de ser la única ciudad pacífica de todo el país.

 

LETICIA, LA VIEJA SEÑORA

 

Leticia puede ser considerado un lugar histórico en la Amazonía por dos causas. Una, porque fue aquí donde por primera vez se tuvo noticia del caucho, que habría de influir en el destino de la humanidad y moldear irreprimiblemente la vida en estas selvas. El producto, descubierto por los indios omaguas y descrito primero por un misionero capuchino, sería anunciado en la Europa de 1745 por el científico francés Le Condomaine como un revulsivo industrial. Charles Goodyear inventaría con él los neumáticos y ya hasta su expansión a Malasia (1912), originaría en la Amazonía toda una cultura con grandes tragedias que los historiadores han bautizado como “la fiebre del caucho”.

La otra se debe a las investigaciones que allí realiza el científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo. En su Estación Primatológica, trata de descubrir algo que la Medicina lleva aguardando mucho tiempo: el sistema para producir vacunas sintéticas que neutralicen todas las enfermedades víricas. Patarroyo, que acaba de anunciar sus avances en lo que ha denominado como “la vacuna universal” será, para siempre, uno de los padres de la vacuna contra la malaria, la enfermedad endémica que más muertes causa en el mundo, el día que éste vea la luz con o sin el permiso de las multinacionales farmacéuticas.

Junto al trapecio amazónico se abre el Valle del Javarí, que con una extensión de 54.000.000 hectáreas -dos veces Portugal-  tiene la importancia de ser el lugar en el planeta, junto con Papúa-Nueva Guinea, donde habita el mayor contingente de pueblos no contactados. Según cálculos siempre imprecisos, habrá lo menos 1.350 humanos desnudos en estas sierras.

La novedad es que, de un tiempo a esta parte, son ellos los que buscan el contacto con el hombre blanco, bajando de las cabeceras de los ríos donde se refugiaron en un pasado no muy lejano,  para pedir ayuda contra las enfermedades que los acechan (hepatitis, malaria…) y para las que no encuentran cura en su mundo de plantas. El Valle de Javarí es un reducto de vida libre, como fueron los kilombos en la época de la esclavitud negra.

 

MANAOS, EL SUEÑO TRUNCADO

 

En Manaos el Amazonas, que en Brasil se llama Solimôes, ya ha perdido sus características de río para tornarse un ancho mar cuya orilla opuesta es apenas perceptible en el horizonte. Su millón y medio de habitantes la convierten en la primera urbe de la bacía. Señora encumbrada sobre el caucho, sigue presentando aquellos edificios coloniales arrebujados de filigranas que intentaban elevarla al pódium de las metrópolis de la época. De estos sobresalen, claro, la Ópera donde cantaron los divos del momento que no tuvieron miedo a las dolencias tropicales; y el enfrentado Teatro Amazonas, con sus saloncitos repujados de tapices, cuadros barrocos y lamparones de encendidas cristalerías importadas, donde aún se representan piezas dramáticas y se exhiben películas de culto.

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Río Acre a su paso por Río Branco.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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En la noche hierven de gente los restaurantes del Río Negro, el mejor lugar por emplazamiento y gastronomía para probar tambaquí, pirarucú (el mayor pez de agua dulce del mundo), dorada, matrinxá o zurubín, sabores que resultan a nuestros paladares muy superiores a los de los peces conocidos en nuestro país. No en vano el Amazonas tiene más especies distintas de peces que cualquier mar. Los fines de semana las playas del Rio Negro, en el extrarradio de la ciudad, son balnearios abarrotados de bañistas sobre playas de arena y roca cetrina, en un mar sin oleaje que los de Orellana toparon un sábado víspera de Trinidad y descrito así por Carvajal:

“Vimos una boca de otro río grande a la mano siniestra, que entraba en el que nosotros navegábamos, el agua del cual era negra como tinta, y por esto le pusimos el nombre de Río Negro, el cual corría tanto y con tanta ferocidad, que en más de veinte leguas hacía raya en la otra agua, sin revolver la una con la otra”

En la desembocadura del Negro al Solimôes, 18 kms hacia el Atlántico, se forma el famoso «Encontro das águas», donde las negras y las blancas discurren durante un tiempo sin mezclarse, dando origen a toda una simbología popular usada en canciones e historias. A partir de 1880, Manaos fue la urbe que sostuvo al Brasil entero con su entrada de divisas provenientes del caucho. Pero en 1912 llegó el fin del sueño europeísta para los magnates del “oro verde”, 36 años después del mayor caso de biopiratería que haya sufrido jamás la Amazonía.

En 1876 los ingleses Robert Markham y Henry Wickman habían conseguido sacar del Estado brasileño de Acre, pródigo en heveas, 70.000 semillas del árbol que llora, la seringueira, para plantarlas en Ceilán. Hasta entonces muchos habían muerto en el intento. Los trabajadores del caucho vivían como esclavos y tenían prohibido por sus patrones comerciar con cualquier tipo de semillas del árbol. Las salidas de los ríos estaban muy vigiladas y el precio por contravenir la orden era la propia vida. En 1910 se recolectaron en el país asiático los primeros litros de látex que supusieron el principio del fin del imperio cauchero levantado en torno a ciudades como Manaos e Iquitos.

Atrás quedaron los palacios grandilocuentes, salones donde se servía el mejor champagne francés, los 37 kms de tendido para tranvías (el primero en Latinoamérica), la Ópera y todo lo demás. El precio del caucho cayó drásticamente y tan solo se iría a recuperar brevemente durante el espacio que duró la Segunda Guerra Mundial, en que el látex de Amazonía tornó a ser requerido por la industria norteamericana.

Hoy el puerto franco de Manaos, especializado en electrónica, hace de la ciudad la cuarta en cuanto al pago de impuestos nacional. Además, los países del G-7 invierten para que sea desde aquí donde, por medio del INPA (Instituto Nacional de Pesquisas de Amazonía), se produzcan planes de conservación de las florestas tropicales y se generen aportaciones científicas que puedan ser aplicadas para este objetivo.

 

SANTAREM, DONDE EL RÍO SE HACE MAR

 

Santarém, a poco más de dos días en barco de Manaus, es el segundo municipio del estado de Pará y una de las más bellas ciudades de la región. Los edificios coloniales se alinean a lo largo de la gran avenida «da beira mar», una suerte de paseo marítimo que discurre a lo largo del río Tapajós. Marítimo porque no se ve la orilla opuesta. Es increíble pensar que estamos en un río en lo que parece un mar abierto sin olas. Hay zonas donde la anchura llega a los 40 kilómetros. La ciudad es tranquila porque está aislada por tierra del resto del país. Eso le da un aspecto provinciano encantador con unas puestas de sol dignas de la mejor playa del trópico.

El aspecto tropical lo reencontramos, sin embargo, a 35 kilómetros del centro de la ciudad, entre el río Tapajós y el lago Muiraquitãs. Justo en la garganta de una ensenada y rodeada de playas fluviales está Alter do Chão, antigua aldea de pescadores hoy convertido en un paraíso de cocoteros, palmeras y palafitos a la orilla de playas de arenas blancas.

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Pajé Aracá (chamán) con rana de donde se extrae la medicina de Kambó.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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Le llaman “el Caribe amazónico” , dentro de lo que se conoce como “el Amazonas azul”, un lugar recóndito con hoteles pequeñitos, coquetos y restaurantes de exquisito pescado a precios de menú español. Un buen lugar para descansar tras varias semanas de viaje. Aquí se pueden observar las potentes cerámicas de la cultura-madre del Amazonas, la Tapajos,  que nomina el río, recreadas por artesanos de hace 30.000 años, con sus bajorrelieves de sapos y policromías magnetizantes de hechuras geométricas.

Al fondo, entre el bosque, destaca un cerro verde de perfecta forma cónica. «Parece hecho por gente» comenta el barquero Zé, indio del lugar, mientras desplaza a golpe de remo el bote que nos lleva hacia un atardecer apoteósico recortado entre las islas que van emergiendo. Son las playas de un Alter do Châo submarino con chiringitos de caña que aparecen ante la retirada de las aguas, según avanza la estación seca. La Vox populi dice que el enigmático cerro que sobresale de la floresta guarda tesoros, que es vestigio de una cultura perdida en la noche de los tiempos. Se habla de atlantes…

En algún sitio de esta región debe estar enterrado el cuerpo de Orellana. El marco constituye un epitafio bastante adecuado para una tumba perdida. Como fuera común en la historia de los conquistadores, Francisco de Orellana superó todos los increíbles obstáculos que le salieron al paso cuando la urgencia era sobrevivir, como si los espíritus de la tierra amazónica hubieran protegido su bravura. Pero, al retornar, cargado de medios, honores y ambiciones, la fortuna le dio la espalda. Murió por aquí tres años después de su gesta cuando pretendía recorrer otra vez el río desde la desembocadura. Nunca se encontró su cuerpo.

 

BELEM, EL RÍO YA NO EXISTE

 

La ciudad de Belem es la gran competidora brasileña de Manaus. Más moderna, más abierta al mundo, más peligrosa también. Su famoso mercado Vero Peso también fue construido por las influecias férricas de Eiffel y su antiguo fortín portugués, donde se exponen vestigios de la cultura mariquitari que poblaba estas tierras, es el primer gran mirador al mar que encontramos en toda la ruta. Desde allí partimos en busca del final de nuestro río, del fínal de la aventura de Orellana, del final de este viaje inolvidable…

El delta de Belém es un maremágnum de islas de lodo y sedimentos, cien ramales del coloso  braceando hasta formar un estuario de 400 kms de anchura, espesos manglares que dan vida a vastedades de fauna y flora donde el océano aun no se hace presente. El Atlántico se encuentra atrás de la isla de Marajó, la mayor del mundo,  con la extensión de Suiza -50.000 kilómetros cuadrados- y bañada por aguas dulces y saladas.

Es aquí donde el gran río llega a verter hasta 300.000 metros cúbicos por segundo de agua dulce al mar. Echando cuentas nos acercamos a ese dato del 20 por ciento del total del agua dulce del mundo. Una agua perfectamente potable mar adentro de la desembocadura, unos 300 kilómetros, desde donde la costa ya no es visible. La salinidad del Océano también permanece mermada en un radio de varios miles de kilómetros alrededor. Los nativos le llaman desde hace miles de años Pororoca: El gran estruendo destructivo.

De nuevo se presenta la leyenda  de las Amazonas, encarnada ahora en aquellos pobladores del delta, diferentes a los caribes, que vivían en  matriarcado. Las mujeres eran quienes hacían la guerra y raptaban hombres para procrear. Luego los liberaban regalándoles preciosas piedras verdes sacadas del fondo de la laguna sagrada que poseían. Siete días pues tardaron los navegantes de Orellana en superar el jeroglífico del delta amazónico, que Vicente Yáñez Pinzón tildara de “mar de agua dulce”, hasta alcanzar el ancho océano. Luego, dos jornadas más hasta arribar, a mediados de septiembre, a la isla de Cubagua (hoy Venezuela), frente a la desembocadura del río Marañón, donde por fin desembarcaron en la ciudad de Nueva Cádiz para reencontrarse con su mundo.

Fletamos un coche para que nos lleve hasta el pueblo de Sâo Caetano de Odivelas, a unos 150 kms, cercano ya al mar a través de uno de los muchos tentáculos en que el gran río se desbraza. En el camino pasamos por Vigía, pueblo en el que hay que detenerse a admirar la maravillosa iglesia colonial Madre de Dios, y por Colares, que llaman «el pueblo de los extraterrestres» debido a extraños sucesos acaecidos años atrás. Por fin entramos en Sâo Caetano, último y verdadero paraíso de pescadores, auténtico remanso de belleza y paz donde los haya.

Alquilamos un barco para nuestra última expedición fluvial. Pasamos ante un poblado de abastecimiento y descarga de pescadores, luego el brazo de río se ve agrandado por otros caños. A la hora del atardecer las márgenes quedan lejanas, y entre el verde de los manglares alzan el vuelo pájaros de diferentes colores. Brisa marina, aromas penetrantes, tonalidades diversas. Todo va aumentando la delicia de esta despedida.

El patrón del barco y su hijo ya no conversan. Junto al timón observan la grandiosa puesta en escena del Sol navegando sobre el mar entre rizos escarlatas. La luz fosforescente de la floresta en las orillas, el zumbido de las tribus de pájaros pasando en silencio rumbo a la isla, no admite apenas comentarios. Al fondo, sólo el horizonte…

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ESTE REPORTAJE SE PUBLICÓ EN LA REVISTA `VIAJAR´ DEL PASADO MES DE DICIEMBRE.

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