ATITLÁN – AL PIE DE LOS VOLCANES

Dicen que Atitlán es el lago más bello del mundo. Cierto o no, lo que es indudable es que es una de las grandes maravillas naturales de Latinoamérica y también un buen lugar para perderse y descubrir sus multicolores mercados. Rodeado de volcanes, el lugar es uno de los últimos reductos mayas de Guatemala, un viaje inolvidable al corazón de un mundo casi perdido.

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FOTO  ©   Javier Arcenillas, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Un lago al pie de los volcanes
Por Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

No sé muy bien si ha sido casualidad o las ansias de llegar, pero lo cierto es que en mis viajes alrededor del mundo casi siempre he llegado a los escenarios naturales más perseguidos cuando ya había caído la noche. Y claro, la emoción y las ganas de contemplarlos eran tan grandes que costaba conciliar el sueño y la noche se hacía demasiado larga. Eran lugares de los que había leído y había oído hablar tanto que me producía una cierta frustración saber que por fin los tenía ahí, delante de mis narices, y aún tendría que esperar para poder contemplarlos. Uno de esos lugares fue Atitlán, un lago situado en las tierras altas de Guatemala, al pie de tres afilados volcanes cuyas cumbres superan los 3000 metros de altura.

El día amaneció limpio y profundo; el sol apenas había asomado por la línea del horizonte y la alargada sombra del volcán San Pedro se proyectaba sobre las apacibles y cristalinas aguas del lago. En sus orillas, los pescadores, descendientes de los antiguos mayas, preparaban las pequeñas embarcaciones para salir a faenar mientras las mujeres, ataviadas con sus multicolores huipiles tejidos a mano, organizaban sus productos para venderlos en alguno de los pueblos que bordean el lago.

Descendimos la loma donde habíamos pasado la noche y nos dirigimos a Panajachel, la población más importante de Atitlán y que fue, hace ya más de 40 años, uno de los santuarios preferidos del movimiento hippie. Aquella pequeña aldea apartada y somnolienta tomada por idealistas y soñadores, hoy se ha convertido en un prospero y algo atiborrado centro vacacional utilizado por turistas y viajeros como base para la exploración del lago. De aquí parten las embarcaciones que recorren los pintorescos pueblecitos ribereños con nombres de apóstoles como San Pedro o San Antonio Poropo y que bien merecen una visita, sobre todo el día de mercado.

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FOTO  ©   Javier Arcenillas, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

Al acabar la jornada, y mientras disfrutábamos del atardecer saboreando una buena cerveza, Fernando González escribió en su cuaderno de notas: “Recorrer las calles de estos pueblos era como remontarnos en el tiempo a los años que siguieron al descubrimiento. Las calles adoquinadas irregularmente brillaban húmedas por el pulido de la piedra… Las casas eran pobres pero cuidadas con incansable esmero. La cal blanca de sus paredes les daba un aspecto limpio, luminoso. Los indios paseaban sin prisa en todas direcciones. Vestían trajes sencillos de vivos colores y portaban las mercancías que venderían en el mercado… Una iglesia de rasgos coloniales sobresalía entre las casas bajas y uniformes. Todo parecía sacado de una página de la historia…”

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