AWÁS – LOS ÚLTIMOS DEL AMAZONAS

Los awás tienen el dudoso honor de ser `la tribu más amenazada del planeta´. Unos 360 individuos sobreviven en los confines de la selva amazónica brasileña esperando que alguien haga algo por ellos. Una selva que una vez fue suya y que ahora ha sido ocupada por la mina de hierro más rica del mundo. La ONG Survival Internacional  ha lanzado una campaña para salvarles. Con este reportaje, GEA PHOTOWORDS continúa la colaboración con la esta asociación sobre la tribus más amenazadas del planeta.

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Mono aullador con su `madre´awá.

FOTO cedida por Survival España  ©  Domenico Pugliese

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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“Los Awá tenemos nuestra propia forma de concebir el mundo. Para nosotros existen cuatro que están estrechamente relacionados: el mundo de abajo, habitado por los seres más pequeños, donde viven animales como armadillos, la hormiga y otros; además de plantas y cultivos. En segundo lugar, más arriba, se encuentra el mundo nuestro donde vivimos los indígenas Awá. Y, sobre nosotros, está el de los muertos y los espíritus, donde vamos cuando morimos. Y, por último, arriba esta el mundo del creador controlando a los tres mundos que están debajo”.

Por desgracia, la mayoría de los Awas, tal y como refleja esta antigua leyenda de su pueblo, viven ya en el tercer mundo. Y, si nadie lo remedia, los 360 supervivientes de esta tribu nómada del Amazonas brasileño seguirá ese mismo destino. Lo curioso es que, desde hace muchos años, no se había visto un caso igual en el que una pequeña minoría de individuos hiciese correr tantos ríos de tinta a su favor. Y todo gracias a organizaciones como Survival Internacional, que encabeza una campaña mundial para intentar salvar a los últimos awás de los invasores que ocupan ilegalmente sus tierras y los están exterminando a una velocidad de vértigo.

La primera noticia que se tiene de esta tribu en Occidente es de hace apenas 40 años. Y, es que, como les sucede a tantos otros pueblos del mundo, sobre todo en África, la gran desgracia de los Awas fue la de vivir sobre una mina, no de oro, sino de hierro, la más rica del planeta, descubierta por los geólogos a finales de los años 60. Inmediatamente, Estados Unidos, Japón, el Banco Mundial y la Comunidad Económica Europea prestaron miles de millones de dólares a Brasil para financiar el Programa Gran Carajás a cambio de exportaciones de minerales.

Este plan supuso la construcción de una gran presa, carreteras y de una línea ferroviaria de 900 km a través de su territorio en dirección a la costa, recorrida por día y noche por trenes de más de dos kilómetros de longitud.  El resultado fue una mina de hierro a cielo abierto tan grande que incluso se podía ver desde el espacio y la llegada de un gran número de ganaderos y colonos que invadieron la tierra de los awás.

Los indios les estorbaban. Y comenzó la masacre a gran escala…

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EL GENOCIDIO

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Cuentan las crónicas que los colonos recién llegados les regalaban comida a los indios mezclada con veneno para hormigas gigantes o ropa infectada con el virus de la viruela. A la mayoría los mataban a tiros según los encontraban. El caso de Karapiru, aireado en su día por Survival, es de manual. El indio sobrevivió a un ataque en el que colonos blancos asesinaron a su familia y pasó 12 años huyendo a través de la selva, evitando a los invasores. Caminó casi 650 km a través de las amplias llanuras boscosas de Maranhão y atravesó las dunas de arena de las restingas y los ríos que desembocan en el océano Atlántico. Sobrevivió a base de miel y pequeñas aves como periquitos, palomas y tordos. Por la noche, cuando los monos aulladores llamaban desde las copas de los árboles, él dormía en las ramas de los más altos.

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Mujer awá camino de recolectar bayas de açai.

FOTO cedida por Survival España  ©  Domenico Pugliese

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Más de una década después, en las afueras de una ciudad del vecino estado de Bahia, un agricultor vio a Karapiru cruzando las negras cenizas de una zona de selva quemada. Llevaba un machete, flechas y un pedazo de jabalí ahumado. El agricultor le dio refugio y alertó al Departamento de Asuntos Indígenas del Gobierno brasileño, FUNAI,  que entonces envió a un joven awá llamado Tiramucum para que hablase con este indio “desconocido” cuya lengua nadie entendía. El destino tenía reservado una última y paradójica sorpresa, una némesis de la vida del indígena errante: el muchacho era el hijo de Karapiru, que sobrevivió también a la masacre y que nada sabía de su padre al que todos le habían dicho que había muerto.

Este hecho hizo que, en marzo de 1973, la FUNAI, se decidiese por fin a contactar y sedentarizar a los awás. La excusa era protegerlos del impacto de los mineros. Pero el remedio fue casi peor que la enfermedad. La malaria y la gripe se cebó en ellos: de las 91 personas que conformaban una comunidad, sólo 25 seguían con vida cuatro años después.

Hoy, los pocos awás que quedan están repartidos en cuatro territorios -118.000 hectáreas- que, en teoría, fueron delimitados por las autoridades brasileñas en 2005 y son zonas protegidas para su uso exclusivo. El resto de su tierra ancestral ha sido arrasado a pesar de que un juez federal dictaminó en el 2009 que todos los invasores debían abandonar el territorio de los awás en un plazo de 180 días. Sin embargo, algunos de los terratenientes han recurrido la sentencia, que ha sido suspendida, y la tala ilegal y las invasiones van en aumento.

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ASÍ VIVEN

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Los awás tienen un conocimiento muy profundo de la floresta. Para ellos, la selva es la perfeccion. No hay mundo mejor que esas matas verdes. Cada valle, arroyo y sendero, está inscrito en su mapa mental en una especie de GPS natural. Siempre están en movimiento, en grupos de 20 o 30 individuos, con sus arcos de más de dos metros, recolectando productos de la selva como nueces de babaçu, miel silvestre y bayas de açaí.

Viajan en familia, una familia de la que también forman parte los animales salvajes que se han quedado  huérfanos y que adoptan como mascotas aunque no les priven de su libertad. También, comparten sus hamacas con coatíes y reparten sus mangos con periquitos verdes. Desde la pubertad, las mujeres awás dan incluso de mamar a monos capuchinos y aulladores, separados de sus madres cuando son muy pequeños, y se sabe que también han llegado a amamantar a pequeños cerdos y mapaches. “Es una forma de compensar a la Naturaleza. Los awás cazan monos para comer, pero si matan madres con crías, las amamantan hasta que son adultas y las devuelven después a la selva. Luego siempre las reconocen y a las que han criado nunca las cazan. Resulta increíble cómo consiguen reconocerlas no sólo por su aspecto, sino por sus voces y sus ruidos en la selva”, aseguran desde Survival.

De noche, los awás viajan con antorchas de resina, llevando las ascuas del fuego en sus desplazamientos entre distintos territorios de caza. Un fuego eterno que les acompaña desde el principio de los tiempos.

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LA CAMPAÑA

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Survival International ha lanzado una campaña urgente para proteger sus vidas y sus tierras, con el apoyo del actor Colin Firth, ganador de un Oscar de Hollywood y que se ha sumado a la causa.  La solución a los problemas de los awás es que sus tierras deben ser protegidas y sus derechos, respetados. Como dice Stephen Corry, director de Survival: “Se ha puesto de manifiesto una y otra vez que cuando se les deja en paz en sus tierras para vivir de la forma que elijan y con libertad para decidir su propio desarrollo, la mayoría de las tribus son fuertes y saludables”.

En el corto documental de la campaña, Colin Firth asegura: “Un hombre puede parar lo que está ocurriendo: el ministro de Justicia de Brasil. Él puede enviar a la policía federal para que arreste a los madereros, y no dejar que vuelvan nunca más. Necesitamos que un número de personas suficiente le envíe un mensaje. Esta es nuestra oportunidad, ahora mismo, de hacer algo. Y si suficientes personas muestran que esto les importa, funcionará”.

La campaña tiene como objetivo persuadir al ministro de Justicia de Brasil para que envíe a la policía federal a expulsar a los madereros, ganaderos y colonos ilegales y evitar que vuelvan. Pero el tiempo pasa y no espera a nadie. El mundo, su mundo, el segundo todavía según su leyenda, sigue vivo para esos 360 awas que dependen de nosotros, los occidentales, para sobrevivir.

No les decepcionemos…

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PARA COLABORAR EN LA CAMPAÑA DE SURVIVAL EN FAVOR DE LOS AWÁS, POR FAVOR HAZ CLICK EN ESTE ENLACE.
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