BANDERAS AL VIENTO EN LÍBANO

Las heridas de una época de guerras tardan en cerrarse en Líbano. Mientras el país recuerda a golpe de bandera el inicio de la de 1975, trata de evitar que el conflicto sirio le salpique y rompa la precaria estabilidad sobre la que se sustenta. Las 18 comunidades religiosas que comparten el territorio apenas conviven entre sí. Una organización universitaria, Offre Joie, trabaja desde hace años para acortar distancias basándose en tres principios: Amor, Respeto y Perdón.

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Momento de la conmemoración del comienzo de la guerra en Beirut. 

FOTO  ©   C. Algarra

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Por Cristina Algarra para GEA PHOTOWORDS
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Hace unos días Javier Valenzuela advertía en El País que el conflicto en Siria podría terminar en una «libanización de todos contra todos» . Esta puede ser una buena forma de explicar lo que sucedió en este diminuto país de Oriente Medio que enfrentó a grupos políticos, ideologías y comunidades religiosas. El 13 de abril de 1975 un grupo armado de simpatizantes del partido cristiano Kataeb ametralló un autobús con pasajeros palestinos como venganza a un ataque al líder político Bashir Gemayel. Aunque las versiones son muy variadas, el resultado fue una guerra civil que derivaría en un conflicto regional e internacional con la entrada de Siria e Israel apoyados por las grandes potencias internacionales. Entre 130.000 y 250. 000 civiles perdieron la vida en esos quince años y miles de personas continúan aún hoy desaparecidas.

Desde entonces el país trata de recobrar la normalidad. Modernos rascacielos se levantan a cada paso de la capital y la gente se divierte en bares y discotecas de moda. En 2009 la revista New York Times la situaba a la cabeza de las ciudades turísticas más importantes. Sin embargo, las brechas del conflicto siguen abiertas y cada cierto tiempo alguna crisis levanta las viejas heridas. A pesar de todo, las organizaciones civiles se esfuerzan por  establecer lazos entre las diferentes comunidades. Una de estas organizaciones es Offre Joie, fundada en los años ochenta por estudiantes universitarios de diferentes ideologías y religiones que se unieron para reconstruir los daños que causaba el conflicto y crear un futuro común bajo tres premisas clave: Amor, respeto y perdón.  Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer.

Janine Ayoub empezó como voluntaria en la organización cuando estaba en la universidad y hoy trabaja en uno de los proyectos de Trípoli, en una de las zonas más conflictivas de la ciudad. Allí tienen un pequeño centro entre la frontera del barrio alautia de Yabal Mohsen y el barrio sunita de Bab al Tabaneh. Niños y niñas de ambas comunidades religiosas disfrutan de un espacio común para jugar, aunque no siempre es posible. Cada vez que hay algún enfrentamiento el patio de recreo se convierte en un campo de batalla. Los columpios y edificios son destrozados. Cuando la situación se calma, normalmente al cabo de unos días, Janine y el resto de sus compañeros vuelven al trabajo y empiezan a reparar los daños, hasta la próxima vez…

Es un trabajo que nunca se acaba. A pesar de que habla con una mirada cansada las palabras de Janine están llenas de ánimo. Con una sonrisa  cuenta orgullosa que es fácil encontrar el centro de la organización: «es el único edificio blanco, que no tiene orificios de metralla. Lo reconstruimos cada vez», dice feliz. La última ocasión fue hace menos de dos meses, cuando influenciados por la crisis de Siria, grupos pro y anti Assad se enfrentaron en las calles próximas al centro.  Janine explica que en esa ocasión tuvieron suerte, porque los militantes de ambas facciones se encontraban algo más lejos de su edificio y no hubo grandes desperfectos. Aquel día hubo dos muertos y ocho heridos, pero Janine no lo menciona.

Ellos siguen con su objetivo: que las nuevas generaciones dejen de enfrentarse entre sí, que se ponga fin a las divisiones. Ella misma reconoce que gracias a su vinculación con Offre Joie ha podido conocer a jóvenes de otras comunidades religiosas. «Aquí, una de las primeras cosas que te preguntan es cuál es tu confesión, hay mucha gente que no se relaciona con personas de otra comunidad», reconoce. En el país hay 18 comunidades religiosas que rigen no sólo la política y la administración, sino el día a día de las personas. Sin una confesión no se puede  votar, ya que la política y las listas electorales se organizan según la pertenecía a una u otra comunidad religiosa, los matrimonios mixtos son complicados, la unión civil está prohibida y un largo etcétera. De este modo es complicado romper las barreras. Han pasado ya veinte años desde que la organización empezó su trabajo. Algunos de los niños son ahora los tutores y voluntarios que siguen adelante con el proyecto. Otros no.

 

AFIRMANDO LA IDENTIDAD

 

La semana pasada recordaban en Trípoli y en otras partes del país el inicio de la guerra con varios actos. Cientos de niños y jóvenes de diferentes confesiones cantaban: «Soy libanés, mi país es El Líbano», delante de las cámaras de televisión de todo el país, como ejemplo de la convivencia nacional. Juntos, unidos por una bandera, pero sin darse la mano. Así es como permanece la sociedad.

Durante el acto un niño pide que le aten, como si de una capa de Super Man se tratase, la bandera roja y blanca del país del cedro. No sabe que a pocos kilómetros, en Beirut, la capital, un grupo de mujeres pide justicia y reclama que les digan dónde están los desaparecidos durante la guerra. Los acuerdos de paz impusieron un olvido forzado e impiden la investigación de los actos cometidos durante la guerra. Permanece ajeno a que la crisis de Siria ha dejado 20 refugiados en el Líbano, que cientos de personas se han jugado la vida para escapar de Homs, que en las calles de Trípoli sigue habiendo tensión, que en los hospitales hay aún heridos. No sabe que el gobierno se mantiene al margen del conflicto del país vecino, en relativa calma tras el alto el fuego del pasado jueves.

A pesar de los problemas, las cuestiones sin resolver y las diferencias aun hoy patentes, la mayoría de la población prefiere mantenerse al margen. Todos tienen miedo a perder la estabilidad que tanto le ha costado construir bajo esa frágil, contradictoria y a veces falsa identidad de «libanité».

 

Cristina Algarra Luján es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajo como redactora en Bruselas, España y El Salvador y como técnica de comunicación en varias ONG de desarrollo. Actualmente reside en el Líbano.  

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