BLOG ACTION DAY – AGUA

El “Blog Action Day” o Día de Acción Blog es un evento anual que tiene lugar cada 15 de octubre y que une a los blogueros del mundo escribiendo sobre el mismo tema en el mismo día. Y este año, el tema escogido es el AGUA. Desde GEA PHOTOWORDS aportamos nuestro granito de arena publicando este viaje por el río más grande y caudaloso del mundo, el Amazonas, que alberga la cuarta parte del agua dulce del mundo.


FOTO   ©  ALFONS RODRÍGUEZ, miembro de GEA PHOTOWORDS


AMAZONAS: EL MONARCA DE LOS RÍOS

Por JUAN CARLOS DE LA CAL, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Los indios lo llaman de muchas maneras. “Paranaguazú” (“Gran Pariente del Mar”), «Tunguragua» («Rey de las aguas»), «Paron Evá» («Madre de los ríos). «Amaru Mayu» (serpiente más grande del mundo)… Pablo Neruda lo bautizó como «Camino de planetas» y Eduardo Galdeano como el «Monarca de los ríos». En cualquiera de estos nombres se resume el espíritu de la masa de agua dulce más importante de la Tierra: el río Amazonas.

Aquí está la quinta parte de la que existe. Se reparte a lo largo de los 6.800 kilómetros de su curso principal y por su millar de afluentes a través de media docena de países.

Una sencilla cruz de madera marca, a 5.597 metros de altura, su nacimiento. Está en una quebrada del Nevado del Mismi, una de las grandes cumbres de los Andes peruanos. Las aguas del deshielo forman la pequeña torrentera que da inicio al ramal de afluentes que fluyen hasta el Río Apurimac, tributario a su vez del Ucayali. Por caprichos de la montaña, este es el único manantial que brota hacia esta vertiente. La mayoría escogió el otro lado, que baja directo al Océano Pacífico, a poco más de 300 kilómetros de distancia. Los indios dicen que el Ser del agua necesitaba más espacio para reencarnarse en la Tierra y un jardín para poder pasear y que, por eso, escogió el camino más largo. Tanto, que el Amazonas es el río más largo del planeta, además del más caudaloso.

Casi 500 años después de que el descubridor extremeño Francisco de Orellana lo recorriese por primera vez, comprobamos como la majestuosidad de este “Gran Pariente del Mar” se mantiene, sino intacta, al menos imponente.


ECUADOR

Comenzamos nuestro recorrido en la ciudad que lleva su nombre, Francisco de Orellana, en la desembocadura del río Coca sobre el Napo. Hace poco más de medio siglo ésta era una zona olvidada, llena de indios, misioneros y pequeñas poblaciones de pacífica vida selvática. Los capuchinos españoles fueron los primeros en llegar.

La primera morada de los frailes españoles se ha convertido hoy en una ciudad de 30.000 habitantes que malviven de uno de los “eldorados” más codiciado: el petróleo. Los tubos, pozos, llamaradas y depósitos que la rodean invitan a salir corriendo a la primera oportunidad. El agua, nuestro referente en este viaje, está aquí ennegrecida por los vertidos incontrolados tras 40 años de explotación salvaje por parte de las multinacionales petrolíferas. Una de las cabeceras del río que vamos a recorrer agoniza en lo que es hoy el mayor escándalo ambiental del planeta. Una realidad intolerable para esta selva ecuatoriana, una de las más bellas de toda la cuenca amazónica.

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FOTO   ©  ALFONS RODRÍGUEZ, miembro de GEA PHOTOWORDS


Visitamos una aldea de índios shuar, los altivos jíbaros. Eldorado del oro negro representa la muerte de la Naturaleza, que es ellos mismos. No podrían explicarlo mejor que a través de una danza ritual. El «Hablador» de la comunidad, ataviado con sus galas de oración y guerra, escoltado por dos mujeres que bailan y dicen en lengua nativa, hace su relato solemne ante el periodista: «la tierra están matando, no hay riqueza, ni empleo, ni agua buena para beber, ni acuerdos cumplidos – ¿cuándo los hubo? -, ¿Qué va a ser de nosotros?». El «Hablador» se refiere también a la pobreza espiritual que trae consigo este maltrato al río: «Cuando Tsunki (el espíritu del agua) huye se lleva a todos los peces consigo. Y al resto de los seres también. Eso hace que los jóvenes pierdan la conexión porque el bosque está vacío de vida…»

Nuestro viaje continúa descendiendo el río Napo abajo en busca de aguas claras. Buscamos el paraíso terrenal. Y lo encontramos: el Parque Nacional del Yasuni.

Ocupa casi un millón de hectáreas vírgenes y puras. Es una sucesión de colinas, islas y ríos que también nacieron en los Andes. «Es un paraíso que Dios dejó olvidado en la tierra en vez de subirlo al cielo», reza un poema. Los científicos aseguran que durante la última glaciación fue la única zona de la Amazonia que no se congeló, ofreciendo un refugio maravilloso donde acoger a todos los seres vivos en su huida del frío. En ese espacio desarrollaron su propia vida, durante miles de años, para expandirse de nuevo por sus antiguas tierras cuando la temperatura subió de nuevo.

En 1989 la ONU lo declaró como Reserva de la Biosfera bajo la categoría de Reserva del Pleistoceno, una especie de útero ecológico desde donde se regeneró la vida selvática, tal y como la conocemos. Los estudios dicen que en una sola hectárea existen 644 especies de árboles, tres veces más que en Estados Unidos y Canadá juntos. Un récord mundial absoluto en este laboratorio biológico sin precedentes.

Unos 1.500 indios huaoranis viven todavía en su interior sin contactar. Su supervivencia también depende del petróleo. Resulta que bajo las aguas del Parque están las mayores reservas de petróleo de Ecuador. Un pastel demasiado goloso para la bulimia de las grandes petroleras. Sin embargo, el Gobierno de aquel país hizo una sorprendente y pionera propuesta al mundo: si la comunidad internacional las paga la mitad de los beneficios que obtendrían por la venta de ese crudo -unos 1.350 millones de euros- lo dejarían en tierra. Probablemente, el triunfo de esta propuesta significaría un antes y un después en los planteamientos de la ecología mundial.

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PERÚ

La frontera selvática entre Perú y Ecuador es una de las más simples que puedan existir en el mundo. Dos banderas enfrentadas, separadas por un brazo de río y en medio de sendos claros abiertos en la mata a golpe de machete.

El resto del camino hasta Iquitos lo hacemos sorteando enormes balsas formadas por troncos de árboles recién cortados. Son el fruto de la última depredación de los campamentos de madera furtivos repartidos por toda la región. Los cedros y caobas, sobre todo, son cortados en el interior de la floresta y luego arrojados a la corriente atados entre sí. Las más grandes llevan incluso familias encima. Suelen ser la mujer y los hijos del piloto de la balsa. Le acompañan en un viaje de varios días hasta el puerto de la capital amazónica peruana. Allí las convertirán en tablas, las certificarán como madera extraída legalmente y será exportada al extranjero. Las aguas del amazonas sirven así de cómplices para su propia destrucción.

La urbe de Iquitos, 500.000 habitantes, es una ciudad chola, mestiza, aquejada, como todas las metrópolis amazónicas, de un crecimiento desorbitado.

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FOTO   ©  ALFONS RODRÍGUEZ, miembro de GEA PHOTOWORDS


El famoso barrio de Belén con sus 30.000 habitantes, el de las casas flotantes, es una fotografía de lo que se está convirtiendo el Amazonas. Este mercado es uno de los puntos neurálgicos del Amazonas, uno de los tres puertos principales -junto a Manaos y Belem- que marcan las etapas del gran río. Crisol de las culturas amazónicas, aquí se ha traficado con esclavos y aun se sigue moviendo mucho dinero entre comercio, prostitución y otros tráficos como el de oro, metal del que la cuenca del alto Marañón, es la más rica del planeta.

Llueve. Quién no ha visto caer el agua sobre la selva no sabe lo que es llover. Es imposible hablar bajo el ruido ensordecedor de las gotas golpeando las hojas de los árboles. La tierra desaparece bajo los charcos. Todo está empapado. La cuenca amazónica evapora siete trillones de toneladas de agua cada año a la atmósfera. La mitad vuelve a caer sobre ella. Es la fuente del ciclo de la vida más majestuoso que existe.

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BRASIL

Desde luego, si la Amazonia fuese un país, Manaus sería su capital. Vibrante, caótica, desgarrada y calurosa. Todos los contrastes posibles se almacenan en sus calles. Su pasado delirante huele a caucho y grandes fortunas. En el puerto, un ir y venir de barcos a todos los lugares posibles. La cúpula del famoso Teatro del Amazonas se ve al fondo. Opera en la selva. Surrealismo verde.

No hay en Manaos espectáculo más vibrante en la mañana que el que ofrece el Mercado Municipal Adolfo Lisboa, réplica del parisino Les Halles, edificado con hierro importado de Europa. Cada amanecer son desembarcados los peces amazónicos con todo tipo de colores y tamaños: desde el gigantescu «pirarucu» hasta variedades de pequeñas pirañas de grandes dientes.

El Amazonas es el río más rico del mundo en cuanto a fauna piscícola. Se calculan en unas 2.000 las especies que lo habitan mientras que en el más rico de los mares es difícil encontrar más de un millar. La media de capturas anuales se aproxima a las 40.000 toneladas aunque en los últimos años no ha pasado de las 5.000 debido, sobre todo, a la sobreexplotación y a la sequía que azotó la zona hace un par de años.

El espectáculo acuático de Manaus por excelencia es el “encuentro de las aguas” entre dos figantescos ríos, el Negro y el Solimôes, que forman el definitivo Amazonas. En el mismo puerto se puede tomar una canoa y seguir la perfectamente definida línea que forman durante 6 kilómetros la coincidencia de estas aguas sin mezclarse. A un lado está el agua oscura del Río Negro, que corre a unos dos kilómetros por hora a una temperatura de 22 grados. Al otro, encontramos la de color barro del río Solimões, que va más rápida y su temperatura es mayor. Esta diferencia de velocidad y grados es lo que provoca este fenómeno único en el mundo.

Santarém, a poco más de dos días en barco de Manaus, es el segundo municipio del estado de Pará y una de las más bellas ciudades de la región. Los edificios coloniales se alínean a lo largo de la gran avenida «da beira mar», una suerte de paseo marítimo que discurre a lo largo del río Tapajós. Marítimo porque no se ve la orilla opuesta. Es increíble pensar que estamos en un río en lo que parece un mar abierto sin olas. Hay zonas donde la anchura llega a los 40 kilómetros.

En Belem nuestro viaje toca a su fin.

El delta del Amazonas es un maremágnum de islas de lodo y sedimentos, cien ramales del coloso braceando hasta formar un estuario de 250 kms de anchura, espesos manglares que dan vida a vastedades de fauna y flora donde el océano aun no se hace presente. El Atlántico se encuentra atrás de la isla de Marajó, la mayor del mundo, con la extensión de Suiza -50.000 kilómetros cuadrados- y bañada por aguas dulces y saladas. Es aquí donde el gran río llega a verter hasta 300.000 metros cúbicos por segundo de agua dulce al mar. Echando cuentas nos acercamos a ese dato del 20 por ciento del total del agua dulce del mundo. Una agua perfectamente potable mar adentro de la desembocadura, unos 300 kilómetros, desde donde la costa ya no es visible. La salinidad del Océano también permanece mermada en un radio de varios miles de kilómetros alrededor.

Pero, ¿dónde desemboca realmente el Amazonas en este estuario de 250 kilómetros? Nos indican varios lugares y, finalmente, nos decantamos por un pueblo llamado Sâo Caetano de Odivelas, a 120 kilómetros de Belem, último y verdadero paraíso de pescadores, auténtico remanso de belleza y paz donde los haya. Esta región posee el sistema de manglares de más altura de América Latina. En sus frondosidades, los pescadores recolectan profusión de cangrejo y camarón.

Pasamos ante un poblado de abastecimiento y descarga de pescadores, luego el brazo de río se ve agrandado por otros caños. A la hora del atardecer las márgenes quedan lejanas, y entre el verde de los manglares alzan el vuelo pájaros de diferentes colores. Brisa marina, aromas penetrantes, tonalidades diversas, todo va aumentando la delicia de esta despedida.

El mar aparece en su inmensidad recibiéndonos con los brazos abiertos. Su brisa nos susurra al oído los secretos del agua.

El río ya no existe…

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