CAPRICHOS DEL INDO Y DEL MONZÓN

LLUVIAS EN LADAKH, PUNJAB Y SINDH – ¿CAMBIO CLIMÁTICO?

Agosto ha sido un mes fatídico para los indios y los pakistaníes que viven a orillas del Indo. Las fuertes lluvias monzónicas, que afectan a 21 millones de personas, han inundado de lodo y de agua pueblos, casas, ganado y cosechas. A la tragedia se une, en el caso de las regiones pakistaníes, la incompetencia del Gobierno para ayudar a la población y la desconfianza de los países occidentales hacia Pakistán, lo que reduce considerablemente la ayuda internacional.


Confluencia de los Rios Indo y ZansKar – Laddakh, India

FOTO   © ÁNGEL LÓPEZ SOTO, MIEMBRO DE GEA PHOTOWORDS


Por Raquel de Luis Iglesias para GEA PHOTOWORDS


Desde tiempos inmemoriales los ríos son la fuente de riqueza de los pueblos y han sido determinantes para fijar los asentamientos humanos. Este es también el caso del río Indo, que nace en Tíbet, atraviesa Cachemira y recorre Pakistán de norte a sur. Y el Indo representa también la avaricia humana, pues la lucha por abastecerse de su agua es una de las razones clave por las que India y Pakistán se disputan la región de Cachemira. En agosto las lluvias monzónicas produjeron el desbordamiento del río anegando todo lo que se cruza por su camino. Es como si su caudal hubiera tomado la furia de años de conflicto para castigar a unos y a otros. Pero no, la violencia no ha sido la causa de la crueldad de la naturaleza. Simplemente, la Madre Tierra nos ha mostrado las consecuencias de una contaminación sin precedentes, eso que se hace llamar Cambio Climático. Y así, mientras Rusia arde y se seca, Pakistán está inundado. ¿Se ha vuelto el tiempo loco? La respuesta es sí.

Ha llovido, y mucho, a lo largo y ancho del Indo. Desde la región de Ladakh, en la Cachemira india, pasando por Punjab, tierra que el río atraviesa en Pakistán y que limita con Cachemira, y terminando en Sindh, la región más al sur y donde se encuentra la desembocadura del Indo en el Mar Arábigo. El Monzón se ha quedado a gusto este año. En Ladakh, una región a 3.000 metros de altura escondida en el sur del Himalaya, nunca llueve. O más bien, nunca llovía, es una región desértica. Un testigo visual de la tragedia contaba: “Nunca había oído que pudiera llover tanto en Ladakh. Pregunté al dueño del hostal y me dijo, de forma inequívoca, que nunca llovía. ¡Calentamiento Global!”.

Las lluvias costaron la vida al menos a 120 personas, entre ellas tres turistas españoles y dejó más de un millar de heridos. Muchas de las víctimas fueron exiliados tibetanos que vivían en el campamento de refugiados de Choklamsar, habilitado para ellos hace años en esta zona del país.

La precipitación máxima documentada en Leh, la ciudad más importante de Ladakh, fue de 96.2 milímetros durante un periodo de 24 horas en 1933. Esta tormenta produjo 250 milímetros en una hora. Un fenómeno claramente local; el observatorio de la fuerza aérea de los EEUU, a corta distancia de la zona de la tormenta registró solamente 12.8 milímetros.
Una turista extranjera comentó: “En la noche del 5 de Agosto, cené con un grupo de viajeros Indios. La llovizna que había estado cayendo de repente se convirtió en un absoluto diluvio que duró apenas una hora. En esa hora, la región de Ladakh había cambiado para siempre.»

Y no sólo Ladakh ha sido testigo de precipitaciones intensas, los pluviómetros en las regiones de Punjab y Sindh han registrado unas lluvias como no se habían visto en 80 años.

Las consecuencias de las inundaciones, tan sólo en Pakistán, afectan a 21 millones de personas, lo que representa el 13% de la población. Según la ONU, hay 1.752 muertos y 1,8 millones de casas destruidas o dañadas. Las lluvias sumergieron un quinto de la superficie de Pakistán, un área que equivale a Bélgica, Austria y Suiza juntas. La región más afectada es Sindh, puesto que al encontrarse en la desembocadura del río, recibe los excesos de agua de las provincias del norte, además de las lluvias que ya de por sí anegaron el territorio.

Sin duda, este ha sido uno de los peores desastres naturales de los últimos años. En términos de ayuda, sin embargo, ha atraído menos atención que, por ejemplo, el terremoto de Haití. Tras este último desastre, Naciones Unidas pidió 577 millones de dólares para ayuda humanitaria inmediata y la suma se alcanzó en un mes. Esta vez, el organismo ha solicitado 460 millones de dólares y a mediados de septiembre solo se han movilizado 260 millones, la mayor parte procedente de instituciones multilaterales y de donantes bilaterales.

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Asentamiento tibetano de Choklamsar en Ladakh, India

FOTO   © ÁNGEL LÓPEZ SOTO, MIEMBRO DE GEA PHOTOWORDS


Las razones de tamaña diferencia son claras: la compleja geopolítica internacional y la inseguridad de Pakistán. Recordemos su doble juego en el conflicto de Afganistán, sacado a la luz en los documentos publicados recientemente por Wikileaks, donde se acusaba a Pakistán de colaborar en acciones talibanes contra las fuerzas de la OTAN. Por otra parte, el Gobierno sigue siendo una Dictadura donde la libertad política brilla por su ausencia, cuando no es machacada por la violencia. Y como ejemplo, el asesinato en diciembre de 2007 de Benazir Bhutto. La falta de libertades y de inseguridad, hasta ahora, sólo era cubierta, a ojos de los líderes internacionales, por la complicidad Pakistán – Estados Unidos en la lucha contra la insurgencia en la frontera con Afganistán. Por otra parte tenemos las fuerzas talibanes que operan en el interior de Pakistán y que, ante la impotencia gubernamental para ayudar a los damnificados, están consiguiendo apoyo popular.

Con este panorama, a los líderes de la comunidad internacional y a los donantes privados no les preocupa únicamente la asistencia humanitaria, sino también las implicaciones del desastre en la seguridad. Por una parte, millones de desplazados se han quedado sin hogar y necesitan comida, medicamentos y agua potable. Por otro lado, temen que las fuerzas talibanes tomen ventaja de la miseria.

Mohammad Ali Khan, periodista pakistaní especializado en desarrollo y en economía política, nos ha dejado una lección: “Dadas las circunstancias, hay razones para dudar de que enviar más ayuda vaya a mejorar la situación de las víctimas de las inundaciones. Sin embargo, hay una cosa que es clara: sin ayuda, las cosas sólo pueden ir a peor”. A Pakistán le costará años recuperarse de esta tragedia.

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Raquel de Luis Iglesias (1985) es economista y periodista experta en relaciones euromediterráneas. Actualmente trabaja en el Instituto de Crédito Oficial y estudia un doctorado en Crecimiento Económico y Desarrollo Sostenible. Ha realizado trabajos de investigación en el campo de los microcréditos, la política energética y las relaciones internacionales.

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