DE REYES, ECOLOGISTAS Y ELEFANTES

Tal y como están las cosas, la imagen del Rey español cazando en Africa ha sido presentada como un síntoma del poco respeto por la naturaleza que se prodiga desde determinados ámbitos de la sociedad y la política. La foto de Don Juan Carlos posando con un elefante abatido en Botswana ha dado la vuelta al mundo. Ya tuvo problemas por su afición a cazar osos en Rumanía. Lo peor es que el monarca es el presidente honorario en España de una de las asociaciones ecologistas más grandes del mundo: WWF/ADENA. La televisión alemana acusó a este colectivo de estar financiado por industrias que maltratan el medioambiente. ¿Es admisible?
 FOTO © Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

Por Guadalupe Rodríguez para GEA PHOTOWORDS

 

La foto del Rey Don Juan Carlos, junto a otro cazador ha dado la vuelta al mundo. Se les ve a ambos sonrientes, junto a un elefante recién abatido, prácticamente clavado en el árbol contra el que cayó. Aunque es realmente patética es difícil dar crédito y sacarle los ojos de encima. Se amontonan las preguntas ¿Cómo no se sabía? ¿Es un caso aislado, una experiencia única para el Rey? ¿Cómo puede ser presidente honorífico de WWF/ADENA, sección española de la organización internacional WWF? Todos los periódicos recogen la noticia. Los enfoques son dispares.

Los más se preocupan por la cadera del Rey. Comprensible. Un anciano de 74 años de edad con la cadera rota es motivo de preocupación para cualquier ciudadano, especialmente si se trata de su rey, de su monarca, de la persona que tiene como uno de sus roles principales el de dar ejemplo, según sus propias palabras. Por suerte los médicos ofrecen un buen pronóstico. Otros se preocupan por la agenda del Rey. Por suerte su hijo, el Príncipe, podrá sustituirle sin mayores problemas. Un tercer motivo de preocupación para la prensa lo constituye el hecho de si la Casa del Rey informó o no informó al gobierno sobre las andanzas privadas del Rey en Botswana. En esto no se ponen de acuerdo ni la prensa, ni el gobierno, ni la Casa del Rey, todos los cuales se dedican a arrojarse la patata caliente a grito de ‘sí te lo dije’, ‘no me lo dijo’, ‘¿no se lo habías dicho? y otros similares. Esta será una de las cosas que con toda seguridad quedará así, a medias tintas.

El cuarto motivo de preocupación, y este es uno de los que como ciudadana y ecologista más me preocupa, es la pregunta sobre la caza de elefantes en Botswana. Digan lo que digan, a nivel mundial, los elefantes se enfrentan como especie a una delicada situación. Son miles los que mueren cada
año a causa del comercio ilegal de marfil, una de sus principales amenazas. A pesar de ello, por el elevado comercio, en los últimos años España votaba de manera «insistente» a favor de reducir el nivel de protección del elefante en la Convención Internacional de Comercio de Especies, denunciaba en febrero de este mismo año la Asociación Nacional de Defensa de los Animales (ANDA). España es el país donde la venta online de marfil resulta más lucrativa.

Se ha argumentado que la población de elefantes de Botswana, donde el rey español sufrió el comprometido traspiés, es de unos 130.000 individuos. El Sr. Rann, con quien el Rey habría contratado el safari, argumenta su negocio con la necesidad de dar un ‘manejo’ a los elefantes. Lo que quiere decir, es que cazándolos se les hace un bien. Por su parte, el professor Rudi van Aarde, prominente experto en elefantes y ecologista explica en su publicación “Elefantes: Hechos y fábulas”, que la cifra de elefantes en Botswana es un tercio menor de lo que lo era al principio del siglo XX. O sea, que las cifras son delicadas, y con toda seguridad, sería más acertada la conservación que la diversión para multimillonarios.

 

ANTECEDENTES

Escarbando un poco más, no es difícil enterarse, de que el Rey ya ha protagonizado otros escándalos relacionados con la caza. Según informaron casi solamente medios alternativos, en octubre 2004, la Casa Real española presionó fuertemente a los medios de comunicación para que no
informaran sobre una cacería del Rey en Rumania durante la cual  mataron nueve osos de una especie protegida, dos de ellos gestantes. La prensa rumana informaba ampliamente de estos hechos que abrieron un amplio debate en ese país. Por su parte, el periódico británico The Guardian apunta ahora que hace seis años, se desmintieron rumores sobre la participación del Rey en la muerte de un oso ruso, que previamente habría sido emborrachado con vodka y miel. Ahora cuando menos, la noticia de 2006 da que pensar.

Pero uno de los puntos que más llama la atención es lo que han destacado más los medios internacionales que los nacionales. Paradójico es que el Rey, al tiempo que aficionado a la caza, es Presidente Honorífico de una asociación de defensa de la naturaleza. WWF-Adena es la sección española de WWF. Según elperiodico.com (http://www.elperiodico.com/es/noticias/politica/rey-presidente-honor-una-asociacion-defensa-naturaleza-1662904) la asociación permite adoptar simbólicamente a elefantes y otros animales amenazados por 39 euros. A cambio, el donante recibe un peluche de regalo.

Preocupan las incoherencias de un asociación considerada por la prensa como “uno de los mayores grupos ecologistas del planeta” y que llevan la voz cantante del movimiento ecologista frente a la opinion pública. El pasado año se estrenó en la TV pública alemana un documental “The silence of the pandas” (El silencio de los pandas) (http://www.youtube.com/watch?v=Kp25_ujKviY&feature=related), en el que mostraba al WWF como grupo de lobby con profundas conexiones con la política de alto nivel, pero especialmente con la industria, la cual lo financia en gran medida. El documental presenta el rol de la asociación como organizador de una imagen, o maquillaje “verde” supuestamente amigable con el medio ambiente, a negocios e industrias altamente extractivas, destructivas o contaminantes, sea en el rubro de la alimentación, agronegocios, hidrocarburos y otros.

WWF lamenta ahora en el periódico El País “el perjuicio para su credibilidad” que le causa el Rey, pero WWF debía conocer perfectamente la afición del Don Juan Carlos, con el que cuentan desde su fundación en 1968. En todo caso, si el Rey llevaba a cabo su destructiva actividad desde hace 50 años como  revela la prensa, es mejor que -aunque sólo sea por un traspiés- salga a la luz pública. Ahora los ciudadanos tenemos la oportunidad de expresar nuestra opinión contraria a la caza de elefantes.

 

Guadalupe Rodríguez es licenciada en filosofía, pero se dedica en cuerpo y alma al activismo y la investigación para la organización Salva la Selva. Ha trabajado en Argentina, Ecuador, Alemania y el estado español. Sus análisis y denuncias de la destrucción ambiental y violaciones de derechos fundamentales en el Sur global y que se publican semanalmente en la web de la organización Salva la Selva y medios de comunicación alternativos.
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