DÍA MUNDIAL DEL TÍBET

HOY, COINCIDIENDO CON EL 75 CUMPLEAÑOS DEL DALAI LAMA SE CONMEMORA EL DÍA MUNDIAL DEL TÍBET. En 1997 Tenzin Choegyal, el hermano menor del Dalai Lama, y el periodista Richard Rosenkranz, premio Pulitzer y ex corresponsal en el senado de Estados Unidos, proponen el concepto de un Día Mundial del Tíbet, un evento a celebrar anualmente para ayudar a los tibetanos a reconquistar sus derechos esenciales en el Tíbet ocupado por China desde hace más de 50 años. Deciden que se celebre el 6 de Julio para enlazarlo con el aniversario del Dalai Lama, quien cumple 75 años en el día de hoy.

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©  FOTOS: ANGEL LÓPEZ SOTO, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Una de las finalidades de la conmemoración de este evento es la de crear conciencia sobre el genocidio del pueblo tibetano que ha generado hasta el momento 1.200.000 muertos y mantiene en las cárceles a cientos de ciudadanos que se oponen a ser gobernados por China.

El tercer objetivo es el de celebrar y dar a conocer los valores y las diversas manifestaciones de la cultura tibetana, en peligro de desaparición desde que la población china han superado a la población local en el país de las nieves eternas.

Desde 1998, el Día Mundial de Tíbet, ha crecido enormemente y se ha convertido en una de las más importantes fechas del calendario tibetano.

Mientras tanto aquí en España, el Comité de Apoyo al Tíbet (CAT) como querellantes principales luchan una batalla pacifica sin cuartel para mantener vivas las dos querellas históricas contra el Gobierno Chino por genocidio, crímenes contra la humanidad, tortura y terrorismo de estado cometidos en el Tíbet. Estas querellas fueron admitidas a trámite en Enero del 2006 y Agosto del 2008. Recientemente el Gobierno y el PP pactaron el cambio de una de nuestras leyes mas prestigiosas y admiradas en todo el mundo para limitar la aplicación de la Justicia Universal en el mundo o mejor deberíamos decir en China, Estados Unidos e Israel.

Una de las querellas, la segunda, fue cerrada recientemente por el Juez Santiago Pedraz apoyándose en que la nueva ley le impedía seguir adelante con el caso. Sin embargo no se hizo eco de las 50 páginas de alegaciones del CAT sugiriendo razones y mecanismos legales y éticos que no supusieran el cierre del caso, que está bastante avanzado, y dejar a todas la victimas en la cuneta. La razón mas obvia eran plantear una “Cuestión de Inconstitucionalidad” ante la disyuntiva de cerrar un caso poniendo en riesgo la Tutela Efectiva de las Víctimas por un cambio de ley que sin embargo va en contra de la obligación legal del Estado Español a perseguir los crímenes universales que se derivan de los convenios ratificados por España como son el del Genocidio, Contra la Tortura y Estatuto de Roma, etc. Una ley nacional basada en compromisos legales internacionales avalados por la Constitución no puede ser cambiada para limitar esos mismos compromisos, y mucho menos con flagrantes motivaciones económicas y políticas.

La primera querella por genocidio y demás crímenes mencionados mas arriba, sigue en pie y los querellantes que incluyen también la Fundación Casa del Tíbet y la acusación particular de Thubten Wangchen (Tibetano con nacionalidad española) están pidiendo al juez nuevas comparecencias de víctimas y testigos clave para la conclusión del sumario.

El propio Dalai Lama lo expresó recientemente el pasado mes de Junio en Tokio: “En cuanto a lo que concierne a nuestra lucha, es una cuestión de justicia” (ver enlace). El año pasado lo expresó de manera todavía más clara en conferencia de prensa hablando de la importancia de la investigación de las muertes tras la represión brutal del Gobierno Chino antes de los Juegos Olímpicos de Beijing, habló una vez mas de la verdad y la obligación de rendir cuentas antes esos sucesos.


©  FOTOS:  ANGEL LÓPEZ SOTO, MIEMBRO DE GEA PHOTOWORDS

Ver también El exilio del Tíbet en fotografías (revista GEO online)

y Tíbet, un largo exilio

TIBET, L I B E R T A D  E N  E L  E X I L I O

Por Gerardo Olivares,  , miembro de  GEA PHOTOWORDS

Llevaban persiguiendo el sueño de convertirse en el centro del mundo –aunque solo fuera por tres semanas- desde los tiempos de la Revolución Cultural. China sentía la imperiosa necesidad de mostrar a Occidente que son capaces de hacer mucho más que inundar el planeta de falsificaciones y de fruslerías. Ese esperado día llegó en un caluroso mes de agosto, concretamente el 08/08/08, una fecha que no es en absoluto casual, estaba fijada por sus dirigentes desde hacía ocho años  -el ocho es el número de la suerte para los chinos- cuando el COI designó al gigante asiático para que organizara los juegos olímpicos del 2008.

Con la espectacular y fastuosa ceremonia de inauguración dirigida por el gran cineasta Zhang Yimou, China nos deslumbró como solo ellos lo saben hacer; con desmesura. Fue un regalo para los sentidos; un derroche de imaginación; un prodigio de talento y de perfección como nunca antes se había visto en una ceremonia de inauguración de unos JJ.OO. Las imágenes tantas veces emitidas por los informativos de medio mundo donde grupos de tibetanos en el exilio intentaban boicotear el paso de la antorcha olímpica en su camino hacia Beijing,  quedaban eclipsadas ante tan fabuloso espectáculo. China había conseguido su anhelado sueño; asombrar al mundo.

Esa misma noche, a 3000 km de distancia de Beijing, en una pequeña aldea de la meseta tibetana, una niña de nueve años se preparaba para iniciar un peligroso viaje. Sus padres habían tomado la difícil decisión de enviarla a Dharamsala, en el norte de la India, donde el Dalai Lama vive exiliado desde hace 50 años. Allí, Nima Tenzing tendrá la oportunidad de recibir una buena educación pero para ello deberá atravesar clandestinamente las montañas más altas de la tierra. ¿Que lleva a unos padres a poner en peligro la vida de una hija a la que posiblemente no vuelvan a ver?

Desde que en 1959 el ejército chino invadiera Tibet,  más de cinco millones de tibetanos se han visto obligados a huir buscando refugio en la vecina India. Los tibetanos se han convertido en ciudadanos de tercera categoría dentro de  su propio país y para los jóvenes, la mejor opción de futuro sigue siendo escapar. Desde la invasión china, Lhasa ha sufrido una gran transformación pasando de ser una pequeña ciudad feudal, fabulosa y prohibida, a una ruidosa y contaminada metrópoli de hormigón y cristal que como el resto de las grandes ciudades chinas no ha querido perder el tren del progreso. Especialmente en los últimos veinte años los grandes inversores de la costa oriental china han puesto sus ojos en esta remota región rica en recursos naturales, mano de obra barata y donde el gobierno local ofrece enormes ventajas fiscales y sociales. En Tíbet, los matrimonios chinos pueden tener dos hijos en vez de uno como es obligatorio en el resto del país. Este boom económico junto a las campañas de publicidad llevadas a cabo por las televisiones nacionales para atraer a la gente, han provocado que cada año mas de cincuenta mil chinos emigren a Lhasa. El problema se ha agravado con la construcción de la línea férrea Golmud/Lhasa, que como otros trenes que atravesaron Norte América y África, no son sino la puntilla de un trágico proceso de colonización. Y aunque pocos consiguen la residencia para mantener las estadísticas bajas de cara al exterior, la realidad es que más de la mitad de la población de la ciudad ya es de origen chino, forzando a los tibetanos a convertirse en una minoría dentro de su propio territorio. Para los militares, Tíbet también supone un buen destino donde llegan a ganar hasta cuatro veces más que en el resto del país. Los nuevos asentamientos construidos por el estado no son suficientes para absorber la incipiente inmigración y una de las soluciones ha sido expropiar y dividir las amplias casas tibetanas en apartamentos, obligándoles a convivir con los chinos quienes hacen las funciones de espías. Decenas de ganaderos y agricultores llegan cada día a la ciudad huyendo de la miseria que está invadiendo las zonas rurales. Allí no existen  escuelas ni hospitales porque apenas hay población china. Uno de los efectos más negativos de todo este proceso es que los tibetanos comienzan a dudar de su propia cultura, e incluso en ocasiones hasta se avergüenzan de ella.

El viejo barrio de Barkor es el corazón de la ciudad, una isla tibetana en medio de un océano chino. El único lugar que se ha resistido a la invasión del mundo moderno y donde aun es posible sentir la magia y la atmósfera de lo que en su día fue Lhasa, la ciudad prohibida e inexpugnable, antaño un sueño inalcanzable para muchos occidentales. A las puertas de las casas de té la gente se agolpa para ver la última producción de Bollywood, mientras los nómadas Kampas se apresuran en terminar su última partida de billar antes de regresar de nuevo a los campos helados de la meseta tibetana. En los talleres los niños graban en las piedras el “Om Mani Padme Hum”, “Alabemos a la joya del loto”, el más común de los mantras, las oraciones a Buda.

La madre de Nima termina de preparar un pequeño atillo con algo de ropa y un poco de comida. Nima está sentada en su camastro, no dice nada. Su hermano mayor irrumpe en la habitación, se hace tarde y deben marcharse. Los ojos de su madre se vuelven brillantes, una lágrima  se desliza por su mejilla, probablemente sea la última vez que vea a su hija.

El viento arrecia con fuerza y la noche es especialmente cerrada. A lo lejos, Nima y su hermano, acompañados de un yak, caminan con dificultad. Al doblar una quebrada ambos se detienen y buscan un lugar donde cobijarse. El ronroneo de un motor les devuelve a la realidad. A lo lejos, casi imperceptible, una tenue luz se acerca hacia ellos. Un viejo y destartalado camión les da al encuentro, el conductor apremia a la niña para que suba a la parte trasera. Su hermano apenas tiene tiempo para despedirse. En el remolque, varios pequeños y algunos monjes se apiñan intentando combatir el frío. Nadie habla, en sus rostros se refleja cierta tensión y esa sensación de incertidumbre ante el viaje que les espera. Caminarán de noche para evitar ser localizados por los militares y descansarán durante el día. El momento más peligroso será atravesar el paso de Nangpa Lá, situado a seis mil metros de altitud.

Los monjes son los ciudadanos más oprimidos y sus manifestaciones pacíficas a favor de la libertad religiosa son sistemáticamente atajadas por los militares con una violencia desproporcionada. Una de las revueltas más sangrientas tuvo lugar en enero de 1989, cuando el Panchen Lama apareció muerto seis días después de haber criticado públicamente los errores cometidos por el gobierno chino. El primer ministro Li Peng decretó la ley marcial pero los motines no cesaban y todos los días se producían reivindicaciones de independencia. Los militares las disolvían con fuego real y en tres días hubo centenares de heridos y fueron asesinados más de sesenta manifestantes.    Los prisioneros sufrieron crueles torturas y en cuarenta años de represiones un millón y medio de tibetanos han muerto como consecuencia directa de la invasión. Es difícil encontrar una familia que no haya tenido al menos un miembro encarcelado o asesinado. Un estudio realizado por Amnistía Internacional, demuestra que el 70% de los reclusos han muerto debido a las palizas, el hambre y las duras condiciones de trabajos forzados a  que son sometidos. Desde la invasión, más de 6000 monasterios han sido destruidos.

Dos semanas después de iniciar el viaje, el grupo de Nima está a punto de coronar el Nangpa La. El frío es insoportable y el viento arrecia con fuerza. Al llegar a lo alto del paso, Nima se deja caer al suelo exhausta.  Los dos guías que les acompañan la obligan a seguir, allí arriba la inmovilidad es sinónimo de muerte. Cada uno carga con un niño a sus espaldas, los más pequeños ya no pueden caminar más, en los últimos cinco días solo se han alimentado de nieve y la mayoría lo hace con dificultad porque ya no sienten sus pies. Sus zapatos están destrozados, atan ropas alrededor de ellos, el dolor provocado por el frío es insoportable. Pero si hay algo que temen los guías, aún más que el frío y que las tormentas de nieve, son los militares chinos que vigilan el paso y que no dudan en disparar a todo el que intenta escapar hacia Nepal. Uno de estos asesinatos fue grabado el 30 de septiembre del 2006 por Sergiu Matei, un cámara rumano que formaba parte de una expedición que escalaba una de las cumbres cercanas. En las imágenes colgadas en internet http://www.8000metres.com/chinese-shooting-tibetans se pueden observar como tropas militares de la Policía Armada Popular China abren fuego contra un grupo de 74 tibetanos, la mayoría niños, que intentaban escapar del Tíbet. Los disparos ocasionaron la muerte de una monja de 17 años, Kelsang Namtso y heridas muy graves a Kunsang Namgyal. Tras la persecución, treinta y dos tibetanos fueron detenidos y el resto pudo huir.

Nima y sus compañeros de viaje han tenido más suerte y logran alcanzar territorio nepalí. Poco a poco el paisaje se va transformando. La nieve y el hielo van dejando paso a los bosques de coníferas y a los campos de cebada. Las agrestes e imponentes montañas se han convertido en suaves colinas de un verde intenso. Una sutil y cálida brisa acaricia el valle. El sueño de abrazar a su líder espiritual está un poco más cerca.

A las afueras de Katmandú hay un pequeño edificio con una placa en la que se lee “Centro de Atención a los Refugiados”. Atravesar esa puerta significa conseguir la libertad porqué automáticamente obtienen el estatuto de refugiados políticos. Ya nada ni nadie les podrá devolver a su país. En el patio del pequeño dispensario, las enfermeras limpian y curan las heridas de los recién llegados. Casi todos han sufrido congelaciones en manos y pies. Nima duerme profundamente, sus piernas están vendadas, han tenido que amputarle los diez dedos de los pies. Una enfermera tibetana le seca el sudor de su frente, la mira fijamente, ella también sufrió la misma experiencia.

De Katmandú, los refugiados son transferidos a los diferentes asentamientos tibetanos que se encuentran distribuidos  por el territorio indio. India es sin duda el país que más ayuda a la causa tibetana, y de los 130.000 exiliados repartidos por todo el mundo, cien mil viven en aquel país.

Han pasado dos meses desde que Nima llegó al Centro de Refugiados de Katmandú y las heridas de sus amputaciones están curadas. Viaja en un autobús con otros chicos de su grupo hacia Dharamsala. Sus rostros reflejan la alegría y la emoción de su nuevo destino. Con las caras pegadas al sucio cristal, van descubriendo nuevos paisajes; montañas en cuyas laderas han sido esculpidas multiformes terrazas ocupadas por arrozales. Exuberantes e impenetrables selvas  repletas de pájaros de vivos colores, cascadas y saltos de agua… todo les llama la atención.

Dharamsala se encuentra ubicada a 1.800 metros de altitud, en las primeras estribaciones de la cordillera del Himalaya. Aquí residen más de seis mil exiliados tibetanos que han llegado buscando sus valores arrebatados y que componen un tercio de la población de la ciudad. Ellos se han adaptado perfectamente a su nuevo hogar gracias a una altitud que atenúa las sofocantes temperaturas del llano. Suyos son la mayor parte de los numerosos hoteles, restaurantes, comercios y tiendas de antigüedades. Diferentes religiones y grupos étnicos conviven armónicamente en este reducido espacio donde el budismo es el eje de la existencia cotidiana, como sucedía tradicionalmente en el Tíbet antes de la ocupación china.

A finales de julio el centro de recepción de refugiados está casi al completo. Ahora es la mejor época para cruzar las montañas y en pocas semanas  ya no cabrá ni un alfiler. Una vez que se recuperen comenzaran a ser repartidos  por los diferentes organismos que el gobierno tibetano en el exilio tiene instalados en la ciudad. El 90% de estos refugiados son analfabetos que provienen de pequeñas aldeas o de los territorios nómadas donde no existen escuelas abiertas por los chinos. Solo construyen colegios y hospitales en las ciudades donde hay mayoría china.

Dos días después de dejar Katmandú, Nima y sus compañeros llegan a la “Ciudad de los muchachos tibetanos”, un internado situado a las afueras de Dharamsala  donde viven y estudian 2.400 chicos y chicas con edades comprendidas entre los nueve meses y los veinte años, la mitad de ellos son huérfanos. El colegio se divide en casas unifamiliares donde viven entre treinta y cuarenta alumnos de todas las edades y son supervisados por una monitora que hace las funciones de “madre”. Con ello se pretende crear un ambiente de hogar y de familia  donde los mayores tienen la responsabilidad de cuidar y educar a los más pequeños. Fue fundado en 1960 por un grupo de enfermeras encabezadas por Tsering Dolma, la hermana mayor del Dalai Lama, para dar cobijo y educación a los hijos de los primeros exiliados que se asentaron en la provincia de Himachal Pradesh y que trabajaban para el gobierno indio construyendo carreteras en condiciones muy duras.

En la actualidad once mil niños tibetanos reciben una buena educación en las quince escuelas que tienen repartidas por la India.  Para ellos un nuevo futuro se abre en el horizonte lejos de su país y de sus familias. Pero aquí son felices, saben que el Dalai Lama les protege y viven con la esperanza de que algún día podrán regresar de nuevo al Tíbet.

A una hora de camino de Dharamsala, en las tierras bajas, se encuentra el Centro de Educación de Mayores. Este centro ha sido creado para dar una educación básica a los jóvenes mayores de veinte años. Nada más llegar se les explica la realidad en la que viven los refugiados y las dificultades de encontrar trabajo en la India. Durante tres años aprenderán un oficio y se les tratará  de convencer para que regresen de nuevo al Tíbet  y que desarrollen allí sus conocimientos. Una de las mayores preocupaciones del Dalai Lama es que con el incesante flujo de refugiados va ha llegar un día en que su país se quede vacío de tibetanos. Según datos de International Campaing for Tíbet, cada año huyen hacia Nepal entre 2500 y 3500 tibetanos.

Una fría mañana de invierno, Nima y sus compañeros reciben la noticia que llevan esperando desde que llegaron a Dharamsala, van a ser recibidos por Su Santidad el Dalai Lama. Bajan la cuesta hacia la colina donde se erige su residencia y en una pequeña plaza esperan con el corazón encogido junto a un grupo de monjes. La verja del templo se abrió y el Dios Rey, envuelto en sus ropajes color rojo burdeos y azafrán, caminó hacia el grupo, campechano y sonriente rodeado de sus secretarios y guardaespaldas. Monjes y niños formaron una sola fila, no podían creerlo: estaban cumpliendo el sueño de su vida, que era también el sueño de un país entero. A medida que daba su bendición, el Dalai Lama les colocaba un kata de seda blanca alrededor del cuello. Cuando llego a su altura, Nima se postergó pero el Preciado Protector hizo caso omiso del protocolo, agarró a la niña por el brazo, la levantó y quedó mirándola con sus ojillos pequeños y redondos como cuentas de azabache, como si fuese capaz de adivinar todo el sufrimiento encerrado en aquel cuerpo frágil.

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