ECOFEMINISMO – (RE)CONSTRUIR EL MUNDO

“Las cosas han cambiado”. Dentro de la vertiginosa espiral de acontecimientos que vienen agolpándose desde que empezó la actual crisis económica, quizás ésta sea la única sensación clara. “Ya nada va a ser como antes”. A partir de aquí, muchas cosas van a empeorar. O no. La delgada línea roja que separa la “crisis” de la “oportunidad” está cada vez más cerca, y han sido muchas las voces que han aprovechado la circunstancia actual para plantear, con más fuerza si cabe, sus alternativas. Nuevas miradas, nuevas propuestas para un escenario mundial que hoy presenta ciertos síntomas de colapso. El ecofeminismo es una de estas voces, y aprovechamos la conmemoración del Día de la Educación Ambiental (el pasado 26 de Enero) para poner sobre el tapete alguna de sus cartas.


Mujeres valencianas con trajes de fiesta popular en la playa de La Malvarrosa, Valencia.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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EL ECOFEMINISMO, UNA PROPUESTA PARA (RE)CONSTRUIR EL MUNDO
Por ÁLVARO RAMÍREZ CALVO para GEA PHOTOWORDS


Empecemos con una definición: “el ecofeminismo es una filosofía y una práctica feminista que nace de la cercanía de mujeres y naturaleza, y de la convicción de que nuestro sistema se mantiene por medio de la subordinación de las mujeres y de la naturaleza”. Ése es el punto de partida, la realidad que se quiere cambiar. El proyecto que quiere el ecofeminismo es justo el contrario: lograr un sistema social donde mujeres y naturaleza no se vean sometidas a prácticas de dominio. Ambiciosa tarea.

Podría parecer que el ecofeminismo sólo es la suma de dos movimientos ya existentes (ecologismo y feminismo), pero hay quien afirma que en realidad se trata de la proyección al horizonte de la misma mirada. Pensémoslo así: tradicionalmente, las mujeres son las proveedoras de una serie de servicios domésticos básicos que suponen una parte fundamental en la pervivencia de las familias y, por extensión, la sociedad. En un nivel superior, la propia naturaleza es también proveedora de bienes y recursos necesarios para sobrevivir. Por tanto, la madre es naturaleza, y la Naturaleza, Madre.

Por ello, las voces ecofeministas surgieron primero en las zonas índigenas latinoamericanas, donde las mujeres mantienen una estrecha relación con el medio ambiente. Para Brenda Rodríguez, de la Red de Género y Medio Ambiente (México), “las mujeres somos las que debemos estar dedicadas al ámbito doméstico y las responsables de abastecer de agua a la casa. Los hombres, al trabajar fuera, no viven estos problemas. Se debe luchar contra esas desigualdades, dar acceso a las mujeres a la toma de decisiones y trabajar por la defensa de sus derechos”.

Por otra parte, la activista guatemalteca Lorena Cabnal, perteneciente a la Asociación de Mujeres Indígenas de Santa María Xalapán habla de “generar pensamiento feminista crítico desde nuestro territorio cuerpo-tierra”. Esta perspectiva ha cristalizado en movilizaciones concretas. En Kenia, Wangari Maathai, Premio Nobel de la Paz en 2004, fundó el “Movimiento Cinturón Verde”. Esta organización es responsable de plantar, desde 1977, más de 45 millones de árboles en un país deforestado y muy castigado por el cambio climático.

Pero las sociedades más industrializadas son generalmente bastante miopes en este asunto. Y la principal causa de ello es la falta de sensibilización. La tecnología ha invadido nuestras vidas hasta tal punto que lo natural se nos antoja ajeno y extraño. Como diría Marta Pascual, coordinadora de Educación Ecológica y Participación de Ecologistas en Acción, “en nuestro medio urbano la naturaleza está muy escondida. Vivimos entre asfalto, hormigón, cable… en ningún momento pisamos la tierra”.

En España, la responsabilidad principal surge de unas instituciones contrarias a dar el paso definitivo para el cambio ecosocial. Por parte del Gobierno sólo ha habido referencias imprecisas, como las que hizo el presidente Rodríguez Zapatero al hablar del “millón de empleos verdes”. O propuestas que todavía tienen un largo camino por delante, como la Ley Orgánica de Igualdad. Aunque esta ley promueve en su Artículo 5 la equiparación laboral entre hombre y mujer, la brecha salarial se mantiene entre el 17 y el 22%, según datos del antiguo Ministerio de Igualdad. Pero también las relaciones interpersonales, empapadas de tradiciones patriarcales, tienen mucho que cambiar, por ejemplo a través del reparto de las tareas domésticas.

Precisamente la unión entre vida doméstica y medio ambiente es íntima, incluso en el urbanita y tecnificado mundo occidental. Como afirma Marta Pascual, en el hogar se promueve un mantenimiento de la supervivencia basado en el autoconsumo, el ajuste de necesidades, el ahorro y aprovechamiento, conocimientos globales, el respeto a los ciclos de la vida… en suma, una concepción natural de las cosas. Lo contrario a esto es el mercado: acumulación hasta el crecimiento infinito, competitividad, conocimientos sobre-especializados, visión cortoplacista. Es decir, un planteamiento contrario a la sostenibilidad.

“Las cosas han cambiado”, dicen por ahí. Pero el terreno que trata de revolucionar el ecofeminismo tiene olor a rancio y a viejo. A lo mejor no han cambiado tantas cosas. A lo mejor, después de tanta vuelta, de tanta espiral, de tanta crisis, resulta que las cosas siguen en el mismo sitio. Y, a lo mejor, es el momento ideal para cambiar los muebles de lugar.

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Álvaro Ramírez Calvo, riojano, ha trabajado en televisión, radio, gabinete de prensa y consultoría. Master en Comunicación social, actualmente colabora en diferentes proyectos relacionados con el cambio social y el desarrollo, y prepara una tesis doctoral sobre comunicación y conflicto.

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