EDUCACIÓN GITANA

El 80% de los niños gitanos no acaba la enseñancia obligatoria. Un 65% ha repetido al menos un curso. A uno de cada cuatro españoles no les gustaría que sus hijos compartieran pupitre con un niño gitano. Son datos de la Fundación Secretariado Gitano y del barómetro del CIS recogidos en un informe sobre las carencias educativas de este colectivo. Visitamos el centro Henry Dunant, en el distrito madrileño de Latina, que acoge a los menores gitanos desescolarizados de un barrio chabolista. Los niños aprenden aquí lo que significa la alianza entre el respeto y la educación.

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Por Sonia López Tello, para GEA PHOTOWORDS

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Los niños del colegio Henry Dunant entran al centro como un batallón. Su grito de guerra es monosilábico, llevan la sonrisa por escudo y corren hacia dentro como si un ejército enemigo les persiguiera. Su campo de batalla es el pasillo, adornado con papeles transformados en flores a base de tijeretazos. Su enemigo, ninguno. Las únicas personas que rondan la zona son algo más que aliados. Son sus profesoras. El gesto que sigue a los jadeos propios del final de una intensa carrera es el abrazo a sus docentes, cuatro chicas que no superan los 30 años. “¡Buenos días!”, saludan ellas, mientras les levantan por los aires con un gesto más propio de una madre que de una maestra.

Además de la euforia por el comienzo de su jornada escolar, a estos niños les une algo más. Todos son gitanos rumanos y viven en ‘El Gallinero’, el núcleo chabolista más pobre de Madrid, junto a la Cañada Real Galiana. Allí coexisten más de 400 personas, de las que se estima que la mitad son menores. Desde noviembre de 2008, el centro Henry Dunant, en el distrito de Latina, acoge a los menores de este asentamiento que se encuentren desescolarizados. El proyecto cuenta con la financiación de la Comunidad de Madrid y con la gestión de Cruz Roja.

Bajo los techos blancos y las paredes naranjas del Henry Dunant, cuyo nombre hace honor al fundador de Cruz Roja, alrededor de 40 niños aprenden a leer, a hacer cálculos y mejoran su español. Por el pasillo principal corretea Jessica, una niña de mirada despierta y gesto travieso. Presume de camiseta de Hannah Montanah. “¡Es Hannah!”, le dice una de las profesoras, a lo que ella responde con una sonrisa. Le sigue Sara, un poco más mayor que ella. Tiene la tez más morena que Jessica, unos enormes ojos negros y una trenza infinita en el pelo. “¡Quiero fotos, quiero fotos!”, insiste al descubrir una cámara fotográfica y no para hasta encontrarse satisfecha con la pose, bajo la mirada de advertencia de Mayte Alzola, directora del centro, quien recuerda a Sara que es la hora del desayuno.


Galletas y leche para empezar el día

De los más de 40 niños que acuden con regularidad al centro, hoy tan sólo 30 se encuentran comenzando el día en el comedor. “Hay varias familias que están fallando últimamente, por diversas razones. Su forma de vida es totalmente nómada, así que pueden pasar una temporada sin traer a su hijo porque una mujer de la familia va a parir en otra ciudad, porque el padre está en prisión o porque, simplemente, se han marchado de Madrid y se han asentado en otro sitio”, explica Mayte. El desayuno consta de un vaso de leche y cuatro galletas envueltas en un paquete rojo. “¡Aquí, dame!”, piden varios pequeños a la vez. Un ruido ensordecedor formado por gritos, peticiones y bromas llena el comedor. Entre chillidos y correteos, los ojos quietos de una niña que posa su mirada en el infinito. Se llama Virginia y tiene aspecto de muñeca de porcelana. Con unos marcados rizos rubios que llaman poderosamente la atención y una sonrisa que deja al descubierto sus dientes irregulares y separados. La niña se gana a cualquiera que pase por su lado. Las profesoras, al descubrirla aún sin su ración, le sirven leche.


Los colegios ordinarios, el objetivo final

El ruido de los gritos se queda aparcado durante un par de horas en el comedor para dejar paso a la paz que se respira en el aula 3. Allí unas pinturas y unas muñecas desnudas y con las articulaciones desencajadas sirven de juguetes. Nueve niños realizan en la mesa central la tarea del día. “Lo fundamental aquí no es transmitir contenidos, como en un colegio ordinario, sino que trabajen el idioma, la lectura, algo de números y también hábitos y rutinas como la higiene o la aceptación de normas”, explica Mayte. Los niños que pasan por el Henry Dunant no lo hacen para quedarse. El objetivo final es la integración en colegios ordinarios de la villa de Vallecas. El primer curso, 22 niños pasaron a centros ordinarios. El segundo año fueron 25. “Cuando los proponemos para la escolarización ordinaria es porque han adquirido unos mínimos”, explica Mayte, quien reconoce que a veces en los centros de destino tienen algunas dificultades de integración. “Lo intentamos, pero este centro no es una receta mágica”, reconoce.

Tampoco hay una receta mágica para convencer a las familias de la importancia de la educación de sus hijos. Casi todas lo aceptan a la primera, algunas muestran algo de resistencia y un pequeño porcentaje se cierra en banda. “Tenemos un equipo de mediadores sociales que acuden al asentamiento a realizar la labor de concienciación y tenemos localizadas a dos familias que no están dispuestas a traer a sus hijos. No sabemos los motivos. Quizá por miedo. Algunos pueden pensar que si su hijo viene aquí acabará en un centro de menores, algo que no va a ocurrir”, cuenta Mayte.

Las profesoras anuncian a plena voz que la hora del recreo ha llegado. Por tercera vez en la mañana, los niños pasan al baño para lavarse las manos. Óscar se queda rezagado. Arrastra un pantalón de pana marrón y se agarra a su chaqueta de chándal desabrochada. La culpa de su llanto la tiene un balón. “¿Dónde has dejado la pelota?”, le pregunta Mayte. Su gesto cambia de golpe y se dirige al aula, de donde vuelve con una pelota pequeña y azul que, al parecer, ha borrado sus lágrimas. Entonces, se une al resto de niños, que juegan al “paracaídas”, un juego que consiste en mantear un objeto, en este caso un balón, con una enorme tela de colores vivos. Pero el trozo de tejido sirve también como hogar improvisado. Al grito de “¡Todos dentro de casa!”, los niños se agachan y se meten bajo la tela.


De mayor quiero ser…”

Cientos de niños gitanos de toda España han pensado en el último mes lo que querían ser de mayores. La Fundación del Secretariado Gitano y su campaña, “De mayor quiero ser…”, han sido los responsables de estas reflexiones. Con una furgoneta y unos carteles donde los niños pueden posar junto a la profesión que elijan, recorren casi todos los barrios de España que tengan parte de su población gitana. La responsable de comunicación de la FSG, Lucía Petisco, asegura que “la acogida ha sido excelente, porque además de imprimir para los niños las fotos con la profesión que eligen, hay actividades para las familias, como meriendas”. A través de esta iniciativa, pretenden sensibilizar a las familias y a los propios niños sobre la importancia de la escolarización, además de reducir la cifra de abandono escolar, que se encuentra ahora en un 80% entre los niños de etnia gitana en la etapa de la Educación Secundaria.

Eva, la primera niña que participó en esta campaña, quería ser médico. “Tenemos un recuerdo muy bonito de aquello. Eva fue emblemática porque fue la primera de muchos más en abrir sus inquietudes”, recuerda Lucía. “Lo importante es que los niños se conviertan en referentes dentro de sus familias. Muchos de los que terminan la secundaria son los primeros en tenerla de la familia y también llegan los primeros universitarios. Lo importante es que haya un referente del que tirar”, insiste Lucía.

Jessica, Sara, Virginia, Óscar y otros niños del Henry Dunant se han convertido en esos referentes dentro de su entorno, un ámbito que no han elegido pero contra el que han decidido luchar con un arma infalible en cualquier batalla: la educación. Ellos y sus familias saben que no perderán ningún combate si disponen de esa férrea defensa. Ahora el balón se posa también en el tejado de otros actores de este mismo conflicto: el resto de la sociedad. En sus manos está la posibilidad de concluir la lucha con una de las mejores alianzas que existen: el respeto y la educación.


Sonia López Tello es licenciada en Periodismo con diploma en Comunicación Política por la Universidad de Navarra, ha sido redactora en las emisoras de radio Onda Cero y Cadena SER. Actualmente ejerce su labor profesional en Antena 3.

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