EL BOSQUE DURMIENTE DE ANGKOR

En las selvas del norte de Camboya se esconde el más increíble testimonio de lo que llegó a ser el imperio Jemer; Angkor, uno de los más fabulosos monumentos arquitectónicos que existen en la tierra. Está considerada como una de las siete maravillas del mundo moderno y su historia se asemeja a la de un Machu Picchu oriental, abandonado tras sus días de gloria y recuperado de la selva por exploradores occidentales. El paso del tiempo no ha borrado  su esplendor.
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FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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ANGKOR - La ciudad del bosque durmiente
Por Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

Sin embargo el origen de Angkor permanece sumergido en el misterio. La construcción es el máximo exponente de la arquitectura del Imperio jemer, cuyos primeros templos se remontan al siglo VI.[ El promotor de este gigantesco monte-templo fue Suryavarman II, (1113 hasta el 1150 d. C), que alcanzó el poder tras asesinar al entonces rey Dharanindravarman, saltando sobre él mientras el monarca paseaba en su elefante, por lo que algunos historiadores opinan que las colosales dimensiones de este templo están motivadas en parte por el deseo de contrarrestar la aparente ilegitimidad de su reinado.

Según cuenta la leyenda, el rey quiso ubicar el templo en un lugar del agrado de los dioses, por lo cual soltó un buey en la llanura y resolvió construir el templo allí donde se tumbase. Sea cierta la leyenda o no, Suryavarman II estableció el templo junto a la antigua ciudad de Yashodharapura[ (que en sánscrito significa “ciudad sagrada”),[ ubicada a escasos kilómetros de la actual ciudad de Siem Riep, y al igual que sus predecesores, dispuso el palacio dentro del recinto amurallado del complejo. Los trabajos en el templo se interrumpieron a la muerte del rey y no fueron continuados, por lo que su construcción duró sólo 37 años.

Los textos del imperio Jemer que se escribieron sobre hojas de palmera y pieles no han podido sobrevivir a las duras condiciones de la jungla. Las únicas referencias que se tienen proceden de los relatos de viajeros chinos e indios y de algunas inscripciones que aun perduran en las piedras. En estas inscripciones se adivinan continuas referencias del culto al agua. La presión demográfica de Angkor obligaba a la recolección de cuatro cosechas de arroz al año.

Un proverbio camboyano dice que “el arroz es el nervio de la guerra”. Para ello, ingenieros del imperio diseñaron un complejo e inmenso sistema de canales, diques y embalses que compensaron las diferencias climáticas y multiplicaron las cosechas, creando un potencial económico que durante cinco siglos fue capaz de mantener y hacer progresar a una población de un millón de habitantes. El milagro fue que aquella organización racional del espacio en torno a los monumentos armonizó perfectamente con las creencias, el simbolismo religioso y el poder político.

Fundada a principios del siglo IX por el rey Jayavarman II, Angkor fue la capital de Camboya hasta el siglo XV. En 1431 es saqueada por los invasores Thai y la ciudad queda sumida durante más de 400 años en las tinieblas del tiempo, de la oscuridad y del olvido. En 1858 el francés Henri Mouhot la descubre al mundo occidental y dos años mas tarde, con la colonización francesa en Indochina, una serie de arqueólogos comienzan a estudiar y reconstruir la ciudad desafiando a la naturaleza e intentando recuperar la obra de los antiguos reyes constructores. Pero la difícil situación política y social de Camboya aceleró su deterioro y Angkor volvió a caer de nuevo en las garras del océano vegetal.

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Las entradas al recinto están vigiladas por los genios del cielo, 27 gigantes de piedra que franquean ambos lados de la calzada que conduce a Angkor Wat, la cumbre del arte Jemer. Equilibrio, armonía, sentido del ritmo, de la proporción y de la perspectiva, Henri Mouhot en el relato de sus Viajes por los reinos de Siam, Camboya y Laos lo describe así: “Mas allá de un ancho espacio desprovisto de toda vegetación, se eleva y extiende una inmensa columnata coronada por cinco torres en forma de flor de loto. Ante el profundo azul del cielo y el intenso verdor de los bosques que sirven de fondo a esta soledad, las líneas de una arquitectura a la vez elegante y majestuosa me parecieron el perfil monumental del gigantesco cementerio en el que reposa toda una raza desaparecida”

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