EL CASTILLO QUE HITLER NUNCA HABITÓ

Se dice que es el Palacio Imperial más moderno de Europa, el último construido por un rey o un emperador. El castillo de Zamek, en Poznan, norte de Polonia, estaba llamado a ser una de las joyas arquitectónicas del viejo continente. Hasta que llegó la II Guerra Mundial y Hitler se encaprichó de él. Lo quiso convetir en un símbolo del nuevo “Imperio alemán” y encargó que lo reformaran haciendo una reproducción de su despacho en Berlín para trasladarse allí una vez acabase el conflicto. La obra la hicieron prisioneros condenados a trabajos forzados. Pero el führer  nunca llegó a habitarlo. Hoy, el despacho desde donde su lugarteniente de Hitler dirigió la limpieza étnica de Polonia alberga una exposición de juguetes.

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El castillo de Zamek.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Ángel Bermejo para GEA PHOTOWORDS

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Pobre Polonia. Siempre en medio de todos los conflictos y de todos los problemas. En estas tierras, independientes sólo de vez en cuando, se han desarrollado algunos capítulos de casi todos los dramas de los últimos 200 años: guerras, particiones, ocupaciones, holocaustos, expulsiones…

La polaca Poznan, a medio camino entre Berlín y Varsovia, ha padecido casi todas estas terribles experiencias. Algunas de ellas se reflejan de modo sutil en diferentes edificios de la ciudad. Un ejemplo de varias ocupaciones lo encontramos en el Castillo Imperial. El mismo que durante la Segunda Guerra Mundial se preparó como base de operaciones de Hitler para controlar desde allí todo el frente oriental. Pero el que Hitler nunca ocupó.

Se dice que este castillo es el palacio imperial más moderno de Europa, el último construido por un rey o un emperador. Éste fue el káiser Guillermo II (1859-1941), que reinó entre 1888 y 1918. A principios del siglo XX, la región de Posen -el nombre alemán de Poznan, el corazón histórico de Wielkopolska, la “Gran Polonia”- era el extremo oriental del imperio alemán, y había que dejar bien patente la presencia germánica. Para ello, nada mejor que derribar las antiguas murallas y crear un nuevo centro de la ciudad, más imponente, más moderno. Más germánico.

El urbanista Joseph Stübenn ideó un conjunto que incluía, entre otros edificios, un teatro de la Ópera, un palacio de Correos y una iglesia protestante. El castillo-palacio fue construido por el arquitecto Franz Schwechten en un estilo neorrománico y las obras duraron cinco años, desde 1905 a 1910. Pero entonces se les ocurrió que los emperadores necesitaban una capilla privada, y esta nueva obra duró tres años más.

El emperador asistió a la inauguración definitiva en agosto de 1913, y debió de sentarse en el gran trono imperial, de mármol y apoyado sobre elefantes. Al salir al patio de las Rosas se deleitaría con la contemplación de la copia de la fuente de los Leones de la Alhambra. No debió de fijarse en que uno de los leones le saca la lengua, pequeña venganza del escultor. En general, debió de estar encantado: en una de las fachadas, uno de los sillares está tallado con un relieve que representa una escena de Caperucita Roja. ¿El cuento preferido del nieto pequeño del emperador? No, el cuento preferido del emperador.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, la región de Poznan se desgajó de Alemania para formar parte de Polonia. En esa época el castillo se utilizó como residencia del presidente de la Segunda República Polaca.

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Hoy, el despacho de Hitler alberga una exposición de juguetes.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Y llegamos a la Segunda Guerra Mundial. Alemania invadió Polonia en 1939 y Poznan volvió a ocupar un lugar estratégico en los planes de los alemanes. El mismo Hitler decidió que el castillo se convirtiera en el elemento representativo del nuevo orden y en el centro de la estructura nazi en el oeste polaco. Arthur Greiser fue nombrado gobernador militar de la provincia de la Gran Polonia y se ocupó de transformar todo el interior del castillo para adecuarlo al gusto nazi y a las necesidades técnicas del momento. Todo debía estar al gusto de Hitler, porque estas dependencias del castillo serían las oficinas que usaría el führer cuando viniera a Poznan. El encargo recayó en el arquitecto Franz Böhmer y gran parte de los obreros que realizaron la obra eran trabajadores forzosos.

Lo primero que se terminó fueron las propias oficinas de Greiser. Más complicado fue transformar la capilla privada de Guillermo II en el despacho personal de Hitler, un inmenso salón con un gran ventanal. La idea era reproducir, en la medida de lo posible, el propio despacho de Hitler en Berlín, para que cuando el führer llegara pudiera trabajar con las mismas facilidades. Lo que, hasta donde se sabe, nunca llegó a ocurrir.

El castillo resultó muy dañado durante la Segunda Guerra Mundial, pero fue reconstruido con gran celeridad.

Ahora, al entrar, sorprende el cambio de estilo entre el exterior, neorrománico, y el interior, todo trazado según el diseño nacionalsocialista, esa especie de art decó frío y de toques neoclasicistas. Sorprende más todavía el cambio en el uso de las instalaciones. Ahora el castillo es un centro cultural en el que se desarrollan todo tipo de exposiciones, conciertos, obras de teatro, coloquios, etc. También hay un museo sobre las protestas de los trabajadores de 1956.

Lo mejor es el cambio de aires. En el que hubiera podido ser el despacho personal de Hitler puede haber una exposición de juguetes. Y en el despacho de Greiser, grupos de niños pequeñas realizan actividades en un ambiente bullicioso y despreocupado. Risas infantiles para ventilar el despacho desde donde el lugarteniente de Hitler dirigió la limpieza étnica en Polonia.

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Ángel Martínez Bermejo es periodista y viajero y lleva 30 años dando vueltas por el mundo. Además de sus reportajes en prensa escrita y radio mantiene un blog de viajes: Drymartinez.

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