EL FIN DE LA COPA MÁS CARA DE LA HISTORIA

La Copa del Mundo acabó y Brasil observa soñoliento los resquicios de un mes en el que gran parte del país quedó paralizado por la fiebre del fútbol. El Mundial finalmente se celebró y ahora llegan los primeros análisis del resultado del macroevento. Unos análisis que pueden ser concluyentes para un mes de octubre en el probablemente los movimientos sociales quieran proclamar de nuevo su especial reivindicación ante unas elecciones generales poco tranquilas.

 

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 FOTO  ©  Nuria López Torres, miembro de GEA PHOTOWORDS

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El fin de la Copa más cara de la historia

Por Ana de Gracia para GEA PHOTOWORDS

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La noche en Brasil llama a la puerta bien temprano debido al invierno en un día donde todo parece estar permitido. Rio de Janeiro es un auténtico hervidero de gente que llega de todos los puntos del mundo. La final de la Copa del Mundo ha sido la excusa para el impresionante maremágnum de turistas que han conseguido su billete para visitar el país del fútbol en su gran día.

Esa misma mañana la estación de autobuses se convertía en uno de los puntos clave para la llegada de la ansiosa oleada de argentinos que no dudaron ni dos veces en recorrer gran parte de Sudamérica para poder testimoniar su final en un país en el cual desde tiempos inmemorables reinó la rivalidad futbolística entre ambas naciones. Al grito de cánticos burlescos entonados por la mayoría de los aficionados de la selección argentina se respira un clima donde la festividad parece mezclarse con el desconcierto y la decepción de los anfitriones ante la inminente derrota brasileña en el Mundial.

Un impresionante despliegue policial se extiende por los puntos estratégicos de la ciudad carioca formando una especie de corona de protección. Sin embargo, al finalizar el partido con una paciente victoria alemana ya comienzan las primeras confrontaciones violentas entre los seguidores más sensibles y consternados por el resultado.

Ajena a todo ello Catarina recorre las nocturnas calles de Rio donde la fiesta y la samba se suceden cada velada al compás del embriagador sabor de las caipiriñas. Catarina es una mujer que ronda los 75 años de edad. Cada fin de semana sale a uno de los barrios más emblemáticos de la cultura festiva carioca, Lapa, para mezclarse entre sus gentes recogiendo las latas vacías de cerveza del suelo. En su espalda lleva un viejo saco enorme de tela en el cual deposita su recolecta. Con una mirada vivaz y llena de energía explica cómo es su día a día. “Recojo las latas del suelo durante toda la noche y después las llevo al depósito de chatarra por la mañana.” Explica mientras mete la mano en el cubo de basura en busca de su objetivo. “Me suelen dar dos reales (0,67 céntimos de euro) por cada kilo de latas que llevo” afirma guiñando un ojo para despedirse y continuar con su faena.

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Núrial López Torres

FOTO  ©  Nuria López Torres, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Catarina es un ejemplo más del porcentaje de brasileños que han tratado de “sacar tajada” a la Copa del Mundo de manera personal ante la falta de servicios y mejoría de las políticas públicas prometidas para el evento mundial por parte de las autoridades del país. Unos metros más adelante se encuentran Raine y Lucas. Dos hermanos de quince años que se dedican a preparar y vender caipiriñas todas las noches de fiesta en el barrio de Lapa. Sus beneficios son mucho más abultados que los de Catarina teniendo en cuenta la destacada diferencia de edad. Una paradoja que se repite cada día en un país donde incluso dentro de la propia carencia existen favoritismos. Su sueldo en este Mundial ha sido de 300 reales (100 euros) por noche de fiesta que, dadas las circunstancias y tal y como afirma Raine con una inocente sonrisa, han sido todos los días en los que se ha disputado un partido de la Copa.

Brasil fue presentado como sede del Mundial en octubre del año 2007. Desde entonces, opiniones contradictorias sobre la conveniencia de la celebración o no de la Copa del Mundo más cara de la historia ha dividido al país en dos bandos bien diferenciados.

El salto para alcanzar la preciada modernización de un país emergente junto con el atractivo de la inversión económica que puede llegar a suponer un macroevento como el Mundial de Fútbol han sido las principales premisas que han permitido abanderar la causa a favor de la celebración del torneo. La internacionalización de un país que en estos momentos busca su hueco entre las grandes potencias se ha convertido en la ilustre excusa de un evento que ha terminado por afectar a todos y cuyo máximo ejemplo se ha manifestado con la exaltación del espíritu nacional brasileño.

Brasil es un país en el cual la cultura del fútbol se erige como uno de sus principales retratos. Así lo afirma Nelson Antoine, fotógrafo para la agencia Associated Press en São Paulo: “Al pueblo brasileño le gusta mucho el fútbol. Forma parte de la cultura y durante el Mundial la población ha tendido a olvidar el gran problema social de Brasil. Por ello el movimiento #NãovaiterCopa no tuvo tanto éxito. Eso unido a la violencia vista en las propias manifestaciones ha contribuido al enflaquecimiento de la protesta social durante el torneo. Es un hecho que se puede constatar también si lo comparamos con los movimientos sociales de junio pasado. La gran diferencia entre esta protesta y la anterior ha sido la proporción de la participación popular. El aumento de la tarifa del transporte público fue un asunto que afectó a todos por igual y por ello todo el mundo salió a la calle.”

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Núrial López Torres

FOTO  ©  Nuria López Torres, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Anderson Barbosa es freelance y se ha dedicado a fotografiar todos los movimientos sociales que se han desarrollado a lo largo de junio del pasado año hasta los actuales que se han llevado a cabo para dar la bienvenida a la FIFA y a su Copa. Para él el país va a continuar igual y si se ha podido atisbar una mejoría en la economía el brasileño opina que la misma será pasajera pues la inversión de las infraestructuras de la Copa no es una inversión de primera necesidad y con ello se han dejado atrás muchos problemas que exigen un cuidado prioritario: “El estadio de Manaos es un ejemplo más del dinero malgastado por parte del gobierno. Se trata de un estadio que cumple las condiciones de calidad exigidas por la FIFA localizado en el medio del Amazonas que no va a servir de nada. Ha sido un gasto que ha obnubilado totalmente otras cuestiones sociales que exigen una preocupación mayor como la educación y la salud”.

Esa mejora en la economía brasileña se ha podido manifestar en aquellos sectores relacionados directamente con el turismo, según la opinión de Barbosa y Antoine. En efecto, son números positivos en los servicios de hostelería ofrecidos durante todo el mes futbolístico para un sector en el que la gran parte de sus intrigantes eran de otros países. Se ha contabilizado un total de 600.000 turistas extranjeros, en números aproximados. Unos datos que no han arrojado mucha luz a la precaria situación social en la que muchos brasileños aún continúan. Tal y como afirma el fotógrafo Antoine: “En la práctica, para la gran población brasileña que más necesita una mejora social la Copa no ha servido de nada. Todo continúa igual”.

Según los datos de la Articulación Nacional de los Comités Populares del Mundial se han ejecutado unos 248.000 desalojos de manera obligada. Son zonas donde la Copa ha sido tan sólo el comienzo de estas nuevas remodelaciones llevadas a cabo para la llamada higienización social con la que se pretende preparar el terreno de la especulación inmobiliaria. Una especulación de la cual empiezan a alimentarse los grandes organismos internacionales y que lleva la marca de oscuras muertes sin esclarecer aún.

Con todo ello, la exclusión social se ha convertido en un problema que apunta bien alto en un país donde “históricamente ha habido injusticia y discriminación social debido a la gran diferencia entre ricos y pobres que existe”, en palabras de Anderson, que trata de explicar la realidad de su país mostrando su abatimiento. Casi dos millones de familias aún no han encontrado una vivienda digna en el país. “Creo que Brasil no estuvo preparado para la celebración del Mundial. No tenía ni infraestructura ni organización. Para recibir las comitivas de las selecciones y el turismo sí. Pero si todo esto lo comparamos con los beneficios obtenidos por la población de cada estado podemos ver dos mundos y dos resultados totalmente diferentes. No quiero ser pesimista pero viendo cómo anda el transcurso de las obras para las Olimpiadas creo que tampoco Brasil estará preparado dentro de dos años. […] En definitivas cuentas, el beneficio económico generado por este macroevento no va a llegar a ninguna parte. Por tanto, podemos hablar de un beneficio económico de un torneo que no proporcionó nada para la población y eso, por ende, es una pérdida.”

Un nuevo escenario se presenta para un país que aún no ha dejado de ser el foco internacional debido a la proximidad de las Olimpiadas y las elecciones. Julio acabó con importantes protestas sociales que amenazan con continuar con las elecciones de octubre y para las cuales la actual presidenta Dilma Rousseff busca su reelección. Una política concreta que responda a las demandas sociales está siendo implorada por un pueblo que hoy por hoy continúa en la lucha y que como Catarina continúa con la suficiente vitalidad y esperanza para el cambio.

Ana de Gracia, es estudiante de Periodismo en la universidad Carlos III de Madrid. Actualmente vive en Sao Paulo, donde ultima sus estudios. Apasionada por el mundo de la corresponsalía, los viajes y los movimientos sociales. Ha trabajado en radio durante tres años en la rama del periodismo cultural en España así como para otros medios de comunicación digitales cultivando el género de la entrevista con personalidades del panorama actual de la cultura y de la política. 

 

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