EL PATIO TRASERO DEL PARAÍSO

En Brasil, al norte de Salvador de Bahía, donde se encuentran algunas de las playas más bonitas del mundo, la presión urbanística está empezando a afectar al medio ambiente del litoral atlántico. Se construyen hoteles, viviendas, carreteras; los metros de asfalto ganan terreno a los cocoteros mientras se busca agua potable para mantener a los miles de turistas que llegan durante todo el año. Varias empresas españolas participan en este desarrollo turístico y hay quién se pregunta, viendo el resultado en nuestras propias costas, si ese es el modelo a seguir para el pujante país americano.

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Costa atlántica al norte de Salvador de Bahia.

FOTO ©  ALS

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Por Pablo Jiménez Arandia para GEA PHOTOWORDS

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En el imaginario del turista español o europeo Brasil ocupa un lugar estelar. Pocos lugares en el mundo ofrecen un marco mejor para disfrutar del turismo de sol y playa. A miles de kilómetros, lugares paradisíacos, en los que el sol brilla prácticamente los 365 días del año, con interminables franjas de arena coronadas por hileras de cocoteros que se balancean bajo ese ritmo pausado que parece impregnarlo todo. Un paraíso tropical al alcance de un vuelo de nueve horas: Madrid – Salvador de Bahia.

En el norte del estado de Bahia se extiende una larguísima línea de costa y un extenso territorio antiguamente ocupado por el latifundio más grande de toda América Latina, el de la casa García d’Avila. Hasta hace apenas dos décadas, lo que hoy se conoce como la Costa dos Coqueiros, eran kilómetros y kilómetros de preciosa costa virgen apartada y casi incomunicada de la frenética actividad de la capital del estado, Salvador. La prolongación de la carretera que atravesaba parte del litoral, una vía que fue bautizada como la Linha Verde, se convirtió entonces en una puerta de entrada para el desarrollo de la región: millones de reais en inversiones inmobiliarias y la llegada de miles de turistas, tanto nacionales como extranjeros. Progreso y turismo, dos conceptos complejos llenos de matices y no siempre relacionados.

Entre los inversores extranjeros en estos últimos años han destacado los de origen portugués y español: la cadena Iberostar cuenta con dos complejos hoteleros en la localidad de Praia do Forte, uno de los núcleos turísticos de la zona, y el grupo Fiesta es dueño de un resort de similares características en Imbassaí, un maravilloso pueblito en el que la desembocadura del río del mismo nombre transcurre de forma paralela al mar, creando una estrecha lengua de arena que funciona como barrera natural. Estos hoteles y resorts, junto a las urbanizaciones de lujo y las viviendas de segunda residencia han cambiado de manera radical la vida de la región. Lugares tranquilos, hasta hace no demasiado tiempo habitados únicamente por comunidades con una larga tradición, han visto como la modernidad y el desarrollo modificaban en apenas unas décadas no sólo los paisajes que ocupaban, sino también su manera de entender y de ganarse la vida.

LA FACTURA ECOLÓGICA


En Guarajuba, situada a unos 60 kilómetros al norte de Salvador, la construcción de un conjunto de casas de veraneo ha provocado que las lagunas naturales, claves para el ecosistema de la zona, hayan ido desapareciendo en favor de las playas artificiales que se han construido dentro de las urbanizaciones de lujo. En Sauípe, un poco más al norte, los vertidos del inmenso complejo hotelero Costa do Sauípe y la construcción irregular de más de doscientas casas han destruido prácticamente el manglar de la localidad, la mayor fuente de riqueza para las comunidades nativas. En la zona de Camaçari, muy cercana al área metropolitana de la capital, se ha convertido en costumbre el uso de la arena de las dunas para la construcción de nuevos edificios.

A pesar de la existencia en todo el litoral norte de Bahia de varias APA (Área de Protección Ambiental), con restricciones para la edificación en parcelas ecológicamente sensibles, éstos son solo algunos de los ejemplos que ilustran los crímenes ambientales que se han venido cometiendo en los últimos años en la zona. Esta degradación medioambiental supone, además de una gravísima amenaza contra la flora y la fauna autóctona, la destrucción de un ecosistema que durante siglos ha servido no solo como hábitat para las comunidades locales sino también como indispensable fuente de riqueza para su subsistencia, a través de la pesca o el marisqueo.

Es evidente que la llegada de inversores brasileños y extranjeros supone una inyección de capital y de puestos de trabajo para la zona. ¿Pero a qué precio? Además, ¿los habitantes locales realmente se benefician de este desarrollo? ¿Consiguen trabajo en los enormes resorts lujosamente preparados para los turistas? En definitiva, ¿mejoran las condiciones de vida de estas personas?

LAS INVERSIONES AUMENTAN EL PIB PERO NO DISTRIBUYEN SOCIALMENTE”


La construcción de los nuevos complejos turísticos y hoteles se nutre en un primer momento de la mano de obra local. Es más, son muchos los brasileños de regiones cercanas que llegan hasta esta zona en busca del trabajo temporal que ofrecen estas inversiones millonarias. El problema surge cuando los edificios están acabados y los turistas empiezan a llegar. Entonces, la falta de cualificación en el sector turístico y administrativo de la población local impide que éstos ocupen los puestos de trabajo permanentes que generan los hoteles y los resorts, que son absorbidos en su mayoría por brasileños del sur, provenientes de los estados más ricos y con una población más formada.

Y esto inevitablemente genera exclusión. “Las grandes inversiones aumentan el PIB de la región, pero en el fondo no distribuyen”, asegura Ismael José de Oliveira, empresario local. Si antes las comunidades locales se ganaban la vida a través de la pesca, la artesanía local o el turismo a pequeña escala -por suerte, las pousadasresorts-, hoy la cultura de los hoteles all inclusive se extiende cada vez más, convirtiéndose en el motor fundamental y casi único que mueve la economía de la zona. Desaparecen las alternativas económicas para la población local y, consiguientemente, surgen bolsas de pobreza en los márgenes del desarrollo.

“La Linha Verde es un divisor natural de la exclusión social”, afirma Paulo Roberto de Souza, administrador de la reserva natural de las Dunas de Santo Antônio. De un lado, las inversiones millonarias y los turistas que disfrutan de la arena y del sol radiante que les ofrecen las playas bahianas; del otro, los moradores originarios y los recién llegados ocupan poblados improvisados, alejados de la costa, y carentes de un servicio de abastecimiento de agua o de un sistema de recogida de basura. Además, la revalorización del suelo que ha supuesto la llegada de los inversores les impide hacerse con un terreno que les permita vivir allí donde el desarrollo avanza imparable.

La ley bahiana establece una serie de contrapartidas económicas y de condicionantes medioambientales y sociales para aquellas empresas que quieran invertir en la región, con el objetivo de combatir estos problemas. Este es el caso de la española Iberostar, que, según Márcio Tavares, responsable de Medio Ambiente del complejo hotelero de Praia do Forte, “cuenta con programas de capacitación profesional, educación ambiental y fomento de la cultura y la tradición locales”, destinados a las comunidades próximas a sus hoteles

Sin embargo y a pesar de alabar estos programas, para algunos periodistas y estudiosos del desarrollo en esta zona de Brasil, estas estrategias son solo parches ante la evidente marginalización y exclusión social que sufre la población local. Además reclaman que este tipo de programas deben ser puestos en marcha por parte del Estado y no por empresas privadas, para que tengan una continuidad y resultados realmente efectivos sobre la población.

UNA ALTERNATIVA AL DESARROLLO DEPREDADOR


Los expertos y las asociaciones vecinales que luchan por los derechos de las comunidades locales, ponen el acento en la importancia de que todos los inversores conozcan de primera mano la realidad del lugar en el que van a trabajar. Que sepan a dónde llegan, las características medioambientales y sociales del lugar y que actúen en consecuencia, con el fin de que los beneficiarios de este desarrollo no sean solo los empresarios y trabajadores foráneos.

“Hay que buscar un modelo de desarrollo económico para el litoral norte con el objetivo fundamental de la conservación ambiental y la mejora de la calidad de vida de las comunidades locales”, asegura Paulo Novaes, gerente de la APA Litoral Norte. Para tal fin, reclaman como esencial la labor de la administración pública, en su papel de regulador y mediador entre los agentes sociales.

Un diálogo en el que tiene que intervenir, como elemento fundamental, la población local. Aquellos que no han tenido voz en las decisiones que en un par de décadas han cambiado sus vidas y la de su entorno. Exigen que se acabe con la visión asistencialista a través de la que ha funcionado gran parte del país desde la época colonial. Eso sí, para que dicho cambio pueda producirse, tal y como advierte Beraldo Boaventura, empresario de la zona, “las comunidades deben construir modos alternativos de reaccionar a un nuevo mundo, sin perder su identidad”.

A través del diálogo, pero también de las oportunidades y de la formación de las comunidades de un estado que a pesar de ser ya el quinto PIB del país, continua estando en el furgón de cola de las regiones brasileñas con peores indicadores sociales –ocupa el decimonoveno puesto en el Índice de Desarrollo Humano-. Como dice Amaíse Tavares, comerciante de Massarandupió, “Nosotros no estamos en contra del desarrollo, todo el mundo tiene derecho al progreso, ahora bien, éste tiene que ser sostenible”.

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Pablo Jiménez Arandia es un joven periodista gallego que actualmente reside en Barcelona. Apasionado de los viajes y del Sur, recientemente ha completado sus estudios en Salvador de Bahia, Brasil.

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