EL REINO DEL MILLÓN DE ELEFANTES (y II)

La ciudad de Luang Prabang es como un pequeño Manhattan, pero con hombres santos vestidos de amarillo paseando por sus avenidas y con la mayor concentración del mundo de monasterios budistas. Javier Moro, miembro de GEA PHOTOWORDS, gran conocedor de Asia y reciente Premio Planeta, nos acerca a este rincón de Laos, calificado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en la segunda entrega sobre uno de los países más exóticos del mundo.

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Pha That Luang, en Vientiane.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Javier Moro, miembro de GEA PHOTOWORDS

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El día en Luang Prabang empieza con la ceremonia ritual del takbaat.  A las seis de la mañana, grupos de monjes, colocados por estricto orden de edad, los mayores al principio y los más jóvenes al final, desfilan por las calles de la ciudad con sus escudillas en la mano.  Indiferentes a las miradas curiosas de los visitantes, recogen la comida que los fieles, sentados en la acera, les distribuyen con parsimonia.  Sólo se oye el roce de los piés en el suelo y el sempiterno cantar de los gallos. Huele a humedad y a humo.

Para conocer Luang Prabang, lo mejor es deambular sin rumbo por sus calles.  Esta ciudad, sin ser agitada, es una ciudad viva.  Hecha a escala humana, es el paraiso del paseante.  Conviene perderse por el mercado, lleno de puestos que venden flores y pescados del río, seguir por las callejuelas bordeadas de hibiscus y buganvillas, pararse a beber leche fresca de coco o un Lao coffee, considerado por los entendidos como uno de los mejores cafés del mundo. Más tarde, se puede disfrutar de una Lao Beer (la única marca de cerveza) o de unos tragos de Lao-lao, alcohol de arroz similar al sake japonés.

Detenerse, sobre todo, en el soberbio Palacio Real, de unas proporciones exquisitas y que contiene colecciones únicas de arte laosiano, no dejar de ver la capilla real que alberga una copia del Pra Bang, el buda de oro que da nombre a la ciudad.  Asistir a la fiesta de ordenación de algún monje, hecho bastante frecuente en los monasterios.  Mientras en la penumbra del santuario los monjes recitan salmos para dar la bienvenida a los novicios, los familiares aportan sus ofrendas: comida, billetes de dinero, flores… y se sientan en la veranda.  Vestidos con sus ropas mas elegantes, ataviados con bufandas de seda y oro, estan encantados de compartir sus tradiciones con los extranjeros.

Pasear y fundirse en la vida cotidiana de la gente, ese es un privilegio que ofrece Luang Prabang.  Caminar hasta llegar a la extremidad de la península, un paseo que el escritor inglés Norman Lewis describió así : «…Es como un pequeño Manhattan, pero un Manhattan con hombres santos vestidos de amarillo paseando por sus avenidas, con chuchos ladrando y ciclocarritos decorados con guirnaldas de flores que transportan somnolientos franceses de ninguna parte a ningún sitio, y palomas en el cielo.  En la punta, donde debería de estar Wall Street, hay una gran concentración de monasterios.»

El más maravilloso de esos monasterios es el Wat Xien Thong, compuesto por una veintena de edificios de distinto tamaño.  Este monasterio fue el elemento clave para que la Unesco incluyese a Luang Prabang en su lista de lugares protegidos como patrimonio de la humanidad.  En un recinto trufado de arbustos floridos y de palmeras se erigen varios templos con imponentes techumbres, paredes pintadas de rojo y oro e incrustadas con finos mosaicos de cristal.

Construido en 1559, es uno de los pocos edificios que ha sobrevivido a los sucesivos ataques chinos de finales del siglo XIX.  El pabellón que alberga la carroza funeraria real destaca por la riqueza de sus maderas esculpidas y doradas, y por su colección de objetos religiosos.  La «capilla roja» encierra un bellísimo buda de bronce tumbado.  Cada edificio es una joya, y el conjunto es de una armonía y de una belleza que no pueden dejar indiferente al visitante.  Los monjes más jóvenes, deseosos de practicar algunas palabras de inglés, están al acecho de los turistas.  Los mayores atienden sus ocupaciones, ajenos al resto del mundo. Sus cráneos calvos brillan al sol.
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FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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En Laos no es fácil ver la pobreza, y sin embargo se trata de uno de los paises mas pobres del mundo. Aquí, la esperanza de vida de un coche es mayor que la de un hombre. Ochenta y siete por ciento de las aldeas están afectadas de paludismo crónico.  En las provincias del norte, el porcentaje de adicción al opio es el doble que el porcentaje de gente que sabe leer y escribir.

¿Cómo salir adelante, como prosperar sin perder control del pais?  A esta pregunta que se hace el gobierno, los planificadores le han encontrado respuesta: el Mekong.  El río que forma la columna vertebral del pais se ha convertido en el blanco de los burócratas de Vientiane. De momento están construyendo la presa de Nam Theun, que ocupa unos 420 km2 y cuya inversión supera los 1.000 millones de euros, la mayor en la historia de Laos.  El 95% de la producción de electricidad que genere se exportará a Tailandia.

El impacto de la presa es innegable, pues reducirá sustancialmente la pesca en una amplia zona, aumentará la contaminación y muchas personas verán su forma de vida amenazada pues su única fuente de proteínas diarias la constituye precisamente el pescado del río. También, la frondosa selva que la circunda se verá seriamente dañada así como su fauna.

Los ribereños de Laos y de Vietnam sacan 1,3 millones de toneladas de pescado al año del Mekong, cifra cuatro veces superior a la pesca del caladero del mar del Norte.  «El pescado es nuestra vida» –dice un aldeano que vive del cultivo de su huerto y de sus redes de pesca–. «No quiero imaginar lo que sería de nosotros si el pescado empezase a escasear.»  Lo dice porque ya ha empezado a faltan. Dos de las especies mas conocidas del Mekong, el delfín Irrawady y el bagre gigante han desaparecido prácticamente de sus aguas, a causa de las presas chinas construidas río arriba.  Pero la mayor amenaza proviene, sin embargo, de China. ¿Qué pasará cuando el gigante asiático construya las 15 presas que tiene previstas para 2030? Cuatro de ellas están acabando de ser construidas y se han iniciado las obras de otras tantas. El gran río está amenazado, y los hombres que viven de él tambien.

Al regresar de nuestra última excursión a las grutas de Pak Ou, a dos horas de barca río arriba, se nos vuelve a aparecer Luang Prabang en todo su esplendor.  Nos paramos en la orilla opuesta, donde unos campesinos labran los huertos que se estiran hacia el borde del agua.  Algunos monjes se bañan discretamente, sus túnicas azafrán puestas a secar sobre la arena.  Más lejos, unas mujeres se lavan el pelo.  Todavía mas allá, unos hombres se meten lentamente en el agua oscura.  Un sentimiento de paz invade el río.  Los últimos rayos de sol refulgen en lo alto de la pagoda del monte Phusi.  Los techos de los monasterios parecen alas de pájaros a punto de emprender vuelo. Tenemos la sensación de que el tiempo corre por su cuenta, ajeno a nosotros.  Dulzura, quietud y armonia… Laos es un antídoto perfecto contra el ajetreo y los sinsabores de la vida moderna.  ¿Pero por cuanto tiempo todavía?

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