EL TERCER JINETE – HAITÍ Y EL HAMBRE (y III)

Aparte de aquella terrible catástrofe humanitaria de hace tres años y de los brotes de cólera que azotaron a la población con posterioridad, Haití tiene otros problemas que no se pueden obviar. La pobreza de la tierra, la extinción de sus bosques, el atraso endémico, la emigración… El 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y las dos terceras partes de la población activa no tiene trabajo.  Sólo el papel de las ONG alivian un poco la situación. Hoy, tres años después del terremoto, volveríamos a hablar de esperanza si los países desarrollados se pusieran de acuerdo para ayudar a Haití.

Mujer y bebé desnutridos en un Centro de Atención de ACH en Puerto Príncipe.

 FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

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Por Alfons Rodríguez, para GEA PHOTOWORDS.

 

En Marzo 2011 era elegido Presidente un popular cantante, Michel Martelly. Seis meses después este nominó al nuevo Primer Ministro Garry Conill, cuyas primeras declaraciones en público fueron “trabajo, trabajo, trabajo” refiriéndose a su máxima prioridad en cuestiones de Estado.

Según la Agencia Central de Inteligencia –CIA-  la tasa de desempleo del país es del 41% en la actualidad y más de las 2/3 partes de los haitianos en edad de trabajar no tienen empleo. Según la misma fuente el 80% de la población vive bajo el umbral de pobreza y el 54% lo hace en la mayor de las miserias. Los miles de millones de dólares en donaciones extranjeras no son suficientes para levantar este país. Es necesario que su Estado se afiance y la economía crezca por si sola.

Aproximadamente la mitad de la población vive en zonas rurales, y este es otro frente que hay que defender. En este caso el papel de la mujer vuelve a ser decisivo.

La organización Oxfam lleva a cabo una serie de proyectos de apoyo a pequeñas cooperativas agrícolas en la región de Artibonite, en el interior de la isla. Según Amélie Gauthier – Advocacy & Communiction Manager de Oxfam en Haití – uno de los problemas agrícolas del país radica en que durante las décadas de los 80 y los 90 EE.UU comenzó a exportar arroz  destinado al consumo haitiano con precios muy bajos. Esto motivó que los pequeños productores locales no pudieran competir, cambiando de oficio o incluso abandonando el país – la diáspora haitiana es de más de 1.700.000 emigrantes sólo en EE.UU y la República Dominicana- en busca de una oportunidad en el extranjero.

El hecho de que toda una generación haya perdido los conocimientos para cultivar la tierra ha provocado que en buena medida la agricultura haya sido descartada por muchos como medio de subsistencia. En los últimos años, el aumento de los precios de los cereales a nivel mundial  ha inducido a que los potenciales consumidores haitianos no puedan comprar el arroz importado. La solución pasa porque vuelvan a cultivarlo ellos mismos.

En la Cooperativa de mujeres del municipio de Dessalines – COFESAD- las integrantes han puesto en macha un proyecto de cultivo de arroz y hortalizas en el que contratan a hombres para que hagan el trabajo duro.

Olane  y Marie Anie Destin son dos hermanas de 38 y 36 años respectivamente, miembros activos de esta cooperativa formada por 210 mujeres. Bajo un implacable sol comentan: “Para nosotras era un trabajo muy duro labrar la tierra, así que decidimos contratar a hombres desempleados. Las mujeres hacemos una parte y ellos otra. Nosotras poseemos la tierra o la tenemos  alquilada, pero en  los dos casos la explotación es cosa nuestra”. Otra de las integrantes, Melanisse Eime, añade: “Los beneficios van a parar a nuestras familias, sobre todo a la educación de nuestros hijos y otra parte a invertir en la cooperativa, semillas, herramientas, créditos, etc.” Las tres protestan acerca de que este año, con el cambio de gobierno, no han llegado las ayudas estatales en forma de fertilizantes como de costumbre y son productos caros.

Pero los problemas de  la agricultura no acaban aquí. Tradicionalmente la población siempre ha sido muy pobre, este factor ha hecho que desde hace siglos los Haitianos hayan talado sus bosques para fabricar carbón, el más barato de los combustibles para cocinar y calentarse. La total deforestación del país – sólo queda un 2% de bosques – ha provocado una alta erosión y escasez de agua para regar. Además  debido al cambio climático las fuertes tormentas tropicales son más devastadoras en un territorio poco protegido por árboles y raíces. Este proceso destructivo no cabe duda de que también ha contribuido en buen medida a acrecentar los problemas de seguridad alimenticia.

 

LAS SEÑORAS DEL ARROZ

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Otro ejemplo de superación y capacidad resolutiva que viene de manos femeninas es el caso de las Madames Sarah. Estas señoras con aspecto de lideresas son intermediarias con una función clave en el comercio de arroz. La palabra criolla Sarah proviene de un ave migratoria que se desplaza constantemente de un lugar a otro, tal y como hacen estas emprendedoras mujeres buscando siempre el mejor arroz y el mejor precio para adquirir primero y vender después en los  principales mercados del país.

Asunción Jacques es una de estas Madame Sarah. “Yo compro el producto,  lo seco,  realizo el transporte hasta el molino para decorticarlo –proceso de extracción de la cáscara fibrosa-, preparo sacos de 100 kilos y los traslado al mercado de Pont Sondé para venderlo al mejor postor”, explica la Sra. Jacques. “Antes lo vendía en Puerto Príncipe, pero la inseguridad y la violencia han hecho que deje de viajar allí”, Añade.

Madame Jacques suele trabajar con el molino de la cooperativa MODEP, emplazado en un  pueblo llamado Petite Riviere.

Como buenas comerciantes, son reacias a desvelar que beneficios obtienen por saco, pero unos cálculos contrastados arrojan una cantidad aproximada de unos 340 Goudes – unos 6€ – por saco de 100 kilos.

El mercado de Pont Sondé es un espectáculo para los sentidos. Hasta 6 variedades de arroz se comercializan en su recinto y el trasiego es frenético. Una vez más son las mujeres las que se ocupa del comercio mientras los hombres se limitan a cargar, transportar y descargar los pesados sacos entre puestos y camiones o viceversa. Visto así: campos de cultivo, mercados bien abastecidos, comercio… no parece que en los límites de Puerto Príncipe pueda haber lugares como el Centro de Salud de Cristo Rey.

Este ambulatorio es uno de los puntos de salud que gestiona Acción Contra el Hambre en la capital. Cada día se atiende a una veintena de niños con desnutrición crónica o aguda, provenientes sobre todo de los campamentos de desplazados.

Edwin Polynice trabaja para ACH como psicólogo, “desde esta organización trabajamos contra la desnutrición en tres fases diferentes: Los tratamientos de choque, el apoyo psicológico a madres y niños y la movilización comunitaria para crear conciencia y control sobre el problema. Muchas familias sienten vergüenza por no poder alimentar a sus hijos y lo toman como un estigma”. Otro de los centros apoyados por ACH es el de Uramel, donde centenares de madres acuden cada día con problemas de salud, sobre todo relacionados con la desnutrición. Es el caso de Loussieme Loreise de 35 años, una mama desnutrida y su hijo de 20 meses en la misma situación y que parece contar con tan solo 6 meses de edad por el peso y la talla que tiene.

Acción Contra el Hambre utiliza también un sistema de cupones, distribuidos entre los más necesitados, mediante los cuales los beneficiarios pueden acudir  a los mercados a adquirir productos de primera necesidad con comerciantes pactados con antelación, como es el caso del Mercado de Salomón, en el centro de la capital.

 

CULTIVOS DE SUBSISTENCIA

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Otro tipo de acción de esta organización es la llevada a cabo en algunos campamentos, donde se han implantado micro-cultivos de subsistencia.  Es el caso de Benoit Arisma de 34 años que vive junto a su mujer y 4 hijos en una chabola de 10m2 en el campamento de Djobel. “Hace 2 meses recibí semillas y brotes de hortalizas y verduras. Por el momento sólo he conseguido espinacas, pero son sabrosas y ayudan en la alimentación, aunque sólo sea una vez al día”, explica Benoit.

Todo parece ser una especie de lucha de David contra Goliat, pero la cuestión de educación es primordial en un problema tan endémico y complejo como es el de la desnutrición y la pobreza.

Cuando uno abandona Haití, no puede evitar pensar en que está dejando a toda aquella gente en manos del destino. Un destino en el que cuesta confiar. El primer pensamiento que llega a la mente es si se está haciendo suficiente y si lo que se hace es lo correcto. Toda aquella red de organizaciones de ayuda humanitaria y de cooperación al desarrollo parecen luchar contra un enemigo demasiado poderoso. Un enemigo invisible provisto de armas terroríficas: olvido, insolidaridad, intereses económicos y la propia paciencia de nuestro planeta, que en casos como el de Haití parece haberse acabado.

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