EL TERCER JINETE – HAITI Y LAS MUJERES (II)

KOFAVIV – Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas, por sus siglas en criollo – es una organización local apoyada por UNHCR. Las integrantes son siempre mujeres víctimas de violencia de sexo. Debido a ello casi ninguna accede a ser entrevistada o a dejar su nombre en caso de realizar alguna declaración. El miedo es la huella más cruel que dejan los perpetradores en sus víctimas. En esta entrega de hoy, sobre `El Tercer Jinete´, seguimos en Haití, tres años después del terremoto, en un reportaje donde recogemos la terrible situación de las mujeres sobre las que se ceba la violencia.

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Una mujer atacada y violada se refugia en un piso franco de UNHCR en un lugar anónimo de Haití.

 FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Es casi mediodía cuando entramos en la safe house, una especie de piso franco secreto en el que se resguardan algunas de las víctimas más recientes. Esta asociación tiene allí un lugar donde dar refugio inmediato a mujeres que han denunciado haber sido atacadas. Muchas otras permanecerán en el anonimato por miedo a las represalias. Es una casa grande, oscura, con tabiques de frágil madera y ventanas enrejadas cubiertas con cortinas. Muebles escasos y sencillos. Sin decoración y con un ambiente denso en todos los sentidos. Algunas chicas se cruzan en mi camino silenciosas.

Entramos en una habitación espartana y tanto las dos acompañantes de KOFAVIV como yo nos sentamos en sillas. La chica número uno lo hace en su cama.

La chica número uno no quiere dar su nombre, está atemorizada. Tiene sólo 20 años. En el terremoto perdió a toda su familia. Vivió en el campamento de Champs de Mars, en el centro de la ciudad,  hasta que no pudo soportarlo más. Allí fue robada y amenazada con armas. “Antes era sirvienta en una casa de bien, pero tras el terremoto la casa se derrumbó y no pude seguir”. Explica la joven.

Continua: “ Al poco de trasladarme al campamento me tuve que prostituir para poder comer. Lo hice en discotecas y también en mi propia carpa. Incluso dejaba que otras chicas utilizaran mi tienda para lo mismo”. Entonces baja la vista y nerviosa añade: “lo peor ocurrió el pasado 24 de abril. Llovía mucho y un hombre me pidió permiso para refugiarse del aguacero en mi tienda. Le dije que no. No confiaba en aquel desconocido. Pero él me empujó con violencia, me golpeó y me violó brutalmente”.

La chica retoma la serenidad. “Escapé, pero a mi regreso a la tienda, acompañada de una amiga, el tipo me lo había destrozado todo y había rajado el plástico de mi carpa. Tuve hemorragias durante 2 meses. Pero después de esto me volví a prostituir. Era eso o morir de hambre. A través de una amiga llegué a KOFAVIV y a este hogar. Ahora ya no necesito prostituirme para conseguir alimentos, ropa o productos para asearme”.

La chica número uno también recibía, en contadas ocasiones,  dinero por sus servicios, aproximadamente 1 euro si el tipo era generoso. Cuando deba dejar su secreto hogar y emprender una nueva vida el UNHCR le facilitará un crédito para que intente montar un pequeño negocio y salir adelante. “ No volveré a la prostitución, seré prudente y tal vez me case y forme una familia”. Concluye con una expresión ausente.

 

ABANDONADAS

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Pero no todas las víctimas tienen la posibilidad o la oportunidad de ser ayudadas.

Decido visitar los campamentos de desplazados, donde se ha implantado el transactional sex. El campamento Croix de Prez luce un gran cruz sobre un promontorio. Tanto el travesaño horizontal como los brazos de cristo se derrumbaron a causa del terremoto.  Ahora la imagen del conjunto es un tanto apocalíptica: la cruz rota, Cristo mutilado y escombros, basura y chabolas a sus pies.

Andrée-Marie Altagrace es una mujer de mediana edad, seria y cuidada. Me conduce por entre el sinuoso conjunto de chabolas del laberíntico Croix de Prez. Madame Altagrace es agente comunitario de KOFAVIV y se encarga de coordinar las actividades en diferentes campamentos y de localizar víctimas para explicarles como pueden ser ayudadas. “Todas las mujeres y chicas que vamos a visitar en sus tiendas ejercen la prostitución  e intercambian su cuerpo por alimentos u otros artículos de primera necesidad. El problema será que lo admitan”, previene Madame Altagrace. Otra vez la sombra del rechazo. La vergüenza y el miedo.

La mujer no se equivocaba, visitamos mujeres solteras, madres de familia, jóvenes, de edad intermedia, casadas  o divorciadas, hablo con varias de ellas y todas, con timidez, aseguran que no se prostituyen. Una señora de 50 años, Madame Cousnel,  nos recibe en el interior de su diminuta chabola, donde sólo cabe la cama y algunos enseres y ropas colgadas. “Comemos una vez por día, he perdido mucho peso. Todo se perdió cuando mi marido murió  durante el terremoto”, explica la que ya parece una anciana a pesar de su mediana edad. “ Lo poco de dinero o de comida que conseguimos lo trae mi hija de 25 años. Ella se va de casa en la mañana y regresa tarde en la noche. No me explica en que trabaja, pero yo imagino que no lleva buena vida.  No pregunto, pues es de la única forma que tanto ella, como mis nietos y yo podemos comer algo”. La mujer termina de hablar con los labios temblorosos.

Días más tarde, recibo una llamada telefónica de Madame Altagrace. Me asegura que tiene diferentes testimonios que han accedido a hablar conmigo sobre su sórdido intercambio. Regreso al campamento y con total discreción visitamos a Dina Joseph de 28 años y 2 hijos. “Para alimentarlos voy cada día al café –como allí se dice ir a ejercer la prostitución- lo hago desde que nació mi primer hijo”. Después nos acercamos a la carpa de Malene Desir de 24 años. Me recibe abrazando a su hija de 10 años, “me prostituyo para pagar su colegio,  haría lo que fuera por ella”, “el problema es que cada día he de dejar sola a mi hija y eso me aterroriza, ayer un cliente me abofeteó y me mordió”, me dice señalándome una marca en el cuello.

Sterline tiene 24 años y un puñado de ropa. Nada más. Vive a los pies de la mutilada cruz en una tienda de campaña de tres plazas. Sola, sin nadie más en el mundo. La caridad de algunos vecinos y su cuerpo son las fuentes de las que obtiene algo con lo que alimentarse. Gistarde Gorge tiene 28 años y vive en un coche abandonado. Se prostituye en la calle. Le ha entregado sus dos hijos a otra persona. Ella no puede criarlos. Jeanne Joanne ya ha cumplido los 27. Vive de prestado con su hija Cherline de 4 años, fruto de una violación, y su prima Valerie Pierre de 17 años. Tanto ella como su prima se prostituyen. “A veces obtenemos un paquete de espagueti o unas bananas, cuando hay suerte un poco de dinero…”. Mientras hablo con ellas un tipo golpea la puerta con prisas y se enfada cuando le responden que están ocupadas. Me despido con una evidente cara de vergüenza, impotencia y rabia. Pero está claro que las tres deben comer.

 

 KOFAVIV, LA ESPERANZA LOCAL

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KOFAVIV, organización fundada en 2004 por mujeres violadas durante la dictadura militar de principios de los 90,  ha informado que el 65% de la víctimas por violencia sexual son menores, incluso bebés de menos de 2 años. La función de esta organización está basada en dar apoyo a víctimas, sacar de la prostitución a las mujeres, ofrecer cuidados médicos a madres e hijos y capacitar a agentes comunitarios para que actúen y vigilen en los campamentos.

Desde marzo de 2005, la ONG abrió un centro de atención médica donde atender a sus pacientes. También disponen de varios pisos francos secretos para dar cobijo y atender a las víctimas más afectadas y recientes. Reciben cierto apoyo de organizaciones humanitarias extranjeras pero nunca es suficiente.

 

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