EL TERCER JINETE (I)

Casi mil millones de personas padecen malnutrición o hambre en nuestro planeta. África se lleva una de las peores partes. Y no es porque no haya suficientes alimentos o espacio para producirlos. Las causas las hemos oído hasta la saciedad: pésimo reparto de los recursos, especulación con los precios de los alimentos básicos, guerras, cambio climático… Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS, ha iniciado un trabajo sobre Mujer, Hambre y Malnutrición en el mundo donde analizará y fotografiará sobre el terreno todas estas causas, consecuencias y posibles soluciones. El primer escenario de esta labor periodística ha sido, precisamente, África. En tres entregas, a golpe de reportaje, repasamos las consecuencias del paso del temido Tercer Jinete del Apocalipsis, el jinete negro del Hambre, por el continente más antiguo.

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Sarah Zouleiman y su madre Kubra en estado avanzado de desnutrición. Hospital de Nokou, Tchad.

FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Alfons Rodríguez

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“Enjoy your meal, sir”. -Disfrute de su comida, señor…- me dice la auxiliar de vuelo con una sonrisa entrenada en la cara, al servirme la cena mientras mi vuelo se acerca al corazón del continente más hambriento del planeta. Una contrariedad concreta y localizada a 11 kilómetros de altura en la atmósfera, que refleja lo que ocurre demasiado a menudo a nivel del suelo. Más chocante todavía a la luz del estudio que estoy acabando de ojear…

Es el informe más reciente de Oxfam, emitido a raíz del inicio de su campaña mundial contra el hambre denominada CRECE, en el que analiza y arroja datos preocupantes sobre la situación. Según la FAO cada año nacen 17 millones de niños con un peso inferior al normal en el mundo. Y en lo que se refiere a la mujer las cifras son más que alarmantes. Las que, de niñas, han sufrido malnutrición tienen el 40% más de posibilidades de dar a luz a bebes que mueran antes de los 5 años. Las propias madres con malnutrición tienen mucha más probabilidad de morir durante el parto. Cada año fallecen 111.000 embarazadas por malnutrición. Otro dato que da que pensar es que las mujeres gastan más dinero de sus ingresos en comida para la familia que los hombres y eso siendo ingresos inferiores.

Gran parte del peso del problema recae sobre espaldas femeninas. La mitad de los agricultores del mundo son mujeres. Y África no escapa a ese porcentaje con casi el 60% del total de la explotación agrícola en manos de ellas; principalmente en las regiones subsaharianas. El 90 % del tiempo empleado en preparar alimentos (en algunas zonas el 100%) pertenece a las mujeres.

Abakar Mahamat es el director de Intermon Oxfam en Chad. Este chadiano de 55 años conoce bien la triste situación de su país. Una de las peores del continente. Entrevistado en su despacho de N’ Djamena  confirma los datos de las organizaciones internacionales: “Las mujeres y los niños son siempre el sector más afectado por las crisis alimentarias. El hombre, habitualmente, emigra para buscarse la vida y aportar ingresos a la familia y la madre queda sola, al cargo del hogar y los hijos. Las familias son abandonadas a su suerte durante largos periodos, en muchos casos debido a la desidia del padre”. En la franja del Sahel, alrededor de un 20% de las mujeres se encuentran en una situación de extrema gravedad  por no poder atender las necesidades alimenticias propias y de sus hijos, que según la media es de entre 4 y 5 vástagos. “Esta absoluta vulnerabilidad y el intento de disminuirla es una de nuestras principales luchas”, aclara Mahamat.


IMPOTENCIA EN EL CHAD


Para actuar con efectividad hay que someterse a las tradiciones y costumbres sociales del pueblo chadiano. Es una cuestión de respeto y de sentido común ante una sociedad cerrada que se mantiene arraigada a su pasado con fuerza. Las palabras de Abakar Mahamat suenan crueles, pero son sinceras cuando afirma: “Para una madre que ve morir a sus hijos de hambre, el sentimiento principal no es la fatalidad por la muerte en si, sino más bien la desesperación por la pérdida absoluta de dignidad y la impotencia por no poder hacer nada. Eso es realmente lo duro”. Para él la solución no reside tanto en la repartición equitativa de recursos entre hombres y mujeres como en dar más educación y derechos a ellas de los que tienen en la actualidad. “En crear igualdad de oportunidades para las mujeres,  que se desarrollen y progresen como ellos”, añade.

Kanem es una de las regiones de Chad y del continente más afectadas por la desnutrición y donde la crisis alimenticia parece haberse enquistado con desalentadoras perspectivas de futuro. En esta remota región del Lago Chad en el área de Nokou, solamente interviene Médicos Sin Fronteras. Su principal batalla se libra contra la desnutrición severa en madres y sus bebes. El hospital de Nokou sirve de epicentro en un distrito sanitario atendido por esta ONG, que alcanza una vasta región en la que se emplazan, entre arenas y acacias, hasta 10 puestos ambulantes de atención primaria. La región es un vasto desierto azotado por unas condiciones climatológicas extremas.

Hasta esos puntos de asistencia acuden, cada vez que toca según un calendario fijado, madres con sus bebes desnutridos y enfermos. Caminan horas en condiciones extremas para que los trabajadores humanitarios atiendan a sus  hijos, los inspeccionen y registren los datos en sus fichas, a fin de controlar de cerca su frágil estado nutricional. “Parece una tarea imposible”, afirma Moussa Maina, de 37 años y enfermero, personal local de MSF en esta misión. “Cada martes venimos a Molobou – uno de los improvisados ambulatorios- temprano y ya hay 30 o 40 madres con sus bebés esperando. Cada semana hay casos nuevos de niños desnutridos”.

Fonie Bechi es una de esas madres. Tiene 30 años y tres hijos. Uno de ellos, Abdulah Mohamed de 5 años, sufre una severa anemia. Para llegar a Molobou han tenido que venir los 4 en burro desde Gozkorou, a unas 3 horas de camino. Son nómadas de la etnia medema. “Mi marido se quedó en la aldea, al cuidado de las cabras, de las que obtenemos una leche muy pobre en nutrientes ya que los pastos con que se alimentan están muy secos”, declara Fonie con cara de hastío y cansancio.

Por el reducido cobertizo de adobe pasa un niño tras otro. Se les mide el brazo para determinar su grado de desnutrición, se les pesa y se inspeccionan sus ojos y nivel de hidratación. Se registran los datos y se les suministra un sobre de Plumpy Nut, un preparado hipercalórico que los ayuda a salir adelante unos días. Todos parecen la misma criatura. Apenas se diferencian niños de niñas. Cuerpecillos frágiles como el cristal, ojos vidriosos, llantos y expresiones de miedo y confusión. Fuera, una tormenta de arena recuerda lo implacable que puede ser la naturaleza con el ser humano.

En estas zonas del continente casi todas las familias se alimentan cuando pueden y de forma similar. Una madre emplea unos 4  kilos de harina de maíz al día –cuando hay suerte- en alimentar a su prole, unos 5 ó 6 miembros. Eso son unos 2 Kouros, la medida local, que cuestan unos 1.400 CFAS, unos 2 euros. Un precio excesivo para las familias chadianas. El país ocupa el puesto 171 de 175 en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, con un 80% de índice de pobreza.

Además, dichos precios podrían aumentar en un 50% en la próxima década por la especulación y hasta un 180% si contemplamos los efectos del cambio climático. Según la FAO una mujer canadiense gasta como mucho el 15% de sus ingresos en alimentos. En los hogares más pobres de África ese porcentaje puede subir hasta el 75%. Este factor provoca el malestar social, las revueltas y la violencia. Todo parece estar sórdidamente relacionado.

En el Hospital de Nokou,  Dan Züllich, de 31 años, es el único médico del centro, gestionado por MSF. Sostiene en sus manos al pequeño Mohamed Moussa de 6 meses, ante la rendida mirada de su madre Kedhela, de 25 años. ”La madre se quedó sin leche materna y tuvieron que viajar desde Koulighi, a 80 km. Hace 10 días que están ingresados y que luchamos por salvar la vida del pequeño”, explica el  doctor, en un más que aceptable español.

Otra docena de casos muy similares ocupan la misma sala del hospital. “Hasta aquí llegan un goteo continuo de pacientes de corta edad. Siempre con sus madres. Los padres parecen desentenderse de forma inexplicable”, añade con cierta indignación. Este es otro de los frentes de la ONG aquí: concienciar a los padres de que pueden salvar a sus bebes si se esfuerzan en acudir al hospital. “Se trabaja en condiciones muy difíciles y contra  conceptos muy diferentes social y culturalmente, pero no por eso vamos a desistir. Vine a MSF  para hacer algo con sentido en la vida, ayudar a estas mujeres y a sus hijos es para mi como devolver todo lo bueno que me ha dado la vida. Es pagar mi deuda…”.

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(La serie de estos reportajes está siendo publicada en la revista YO DONA de EL MUNDO)

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