EL TERCER JINETE (II)

En esta segunda entrega sobre Mujer, hambre y malnutrición en África, Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS, nos cuenta el ejemplo de vida que dan varias mujeres de Chad para mantener a sus familias, sus pueblos y su sociedad. Impertérritas, las mujeres subsaharianas emplean las mismas horas al año en buscar agua que todos los franceses en trabajar. Sin ellas, la existencia de una sociedad como tal sería imposible.

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Celine Narmadji, presidenta de la Asoc. de Mujeres por el Desarrollo y la Cultura de la Paz en Tchad.

FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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`LAS LUCHADORAS IMPERTÉRRITAS´

Por Alfons Rodríguez
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Marie Dimanche Béalbaye tiene 4 hijos y está divorciada. Ostenta un cómodo y reconocido cargo en el Ministerio del Petróleo con sede en N’ Djamena.  Marie es una especie de activista local por cuenta propia que ayuda como puede a otras mujeres de su entorno. Las últimas inundaciones afectaron mucho a su barrio, en el suburbio de Wayla. Cientos de casas de adobe fueron arrasadas por las crecidas del rio Tchari y se tuvieron que levantar una serie de recintos provisionales para los desplazados.

Un ejemplo es el campamento de El Buen Samaritano, donde Marie Dimache ayuda como puede a las madres y familias que más lo necesitan. “He impulsado la creación de un grupo de autodefensa y vigilancia formado por vecinos desplazados, ya que los grupos de oportunistas y violentos roban en las tiendas de campaña, se aprovechan de su vulnerabilidad. Además, la seguridad en nuestras calles hará que vuelvan a circular los moto-taxis. Hoy en día estamos incomunicados en lo que a transporte público se refiere”, explica Marie.

Maneke Celestine de 35 años perdió a su hijo de 8 en la riada del pasado Noviembre de 2010. Hoy malvive en El Buen Samaritano: “Si no llega pronto ayuda del gobierno no sé que comeremos, el agua no es potable y casi me lo han robado todo. Marie Dimanche me ayuda como puede. Más de lo que hace nuestro Gobierno”.

Pequeñas iniciativas como esta son importantes para ayudar de forma local. Otro caso es el de Céline Narmadji, educadora en derechos humanos y presidenta de la AFDCPT (Asociación de Mujeres por el Desarrollo y la Cultura de la Paz al Tchad). A sus 47 años y con su elegante porte lidera a las 46 mujeres que conforman la AFDCPT. Trabajan con medios propios y sin financiación gubernamental, con una aportación por socia de entre 1.000 y 5.000 CFAS dependiendo de los ingresos de cada una. “Las que más trabajamos somos 7 u 8, ya que otras muchas no pueden por su trabajo, por cuidar de sus hijos pequeños o por que el marido no se lo permite”, afirma Céline.

Desde la asociación se ocupan de mediar en conflictos locales por la tierra o el ganado, en casos de violencia doméstica o cuando el peso de la sociedad cae sobre una viuda o una adúltera, circunstancias que todavía hoy provocan rechazo. “También luchamos frecuentemente en casos de derechos de  la mujer sobre la tierra, pues es una sociedad patriarcal y estas apenas son propietarias, ni tan solo de las tierras de sus maridos si estos fallecen”, especifica Celine.

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FORMACIÓN BÁSICA

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Forman a mujeres en cuestiones de salud, planificación familiar, derechos humanos y resolución de conflictos familiares. Céline explica: “Avanzamos muy lentamente, por los escasos recursos y por que la nuestra es una sociedad tribal, anclada en costumbres antiguas y obsoletas. Esto impide el progreso en general y el reconocimiento de la mujer en la sociedad en particular”.

Madame Narmadji asegura que en la sociedad chadiana se da una curiosa contradicción. La mujer no ostenta ningún poder legal pero si una especie de poder virtual latente. En muchos casos son las que incitan la violencia y las luchas de los hombres y las que mantienen ciertas tradiciones crueles como la ablación. “Yo estoy mutilada por deseo de mi madre, que aprovechó una ausencia de  mi padre para realizarme la escisión. Tenía sólo 6 años”, asegura.

En cuestiones de malnutrición y lucha contra el hambre es categórica: la mujer trabaja la tierra pero no la posee. El fruto que recoge va en gran medida a cubrir las necesidades del hombre, que aporta poco, en ese aspecto, a la familia. Los graneros donde se almacenan las cosechas se reparten, en muchas ocasiones, de forma injusta o incluso se roba el grano. “Por eso”, asegura Céline, “los graneros deberían ser propiedad de las mujeres que han cultivado su pedazo de tierra”.

En la región sureña de Guera, al Este de la capital chadiana, Oxfam desarrolla proyectos de seguridad alimentaria en pequeñas aldeas del Sahel. Intentan asegurar unos niveles básicos de nutrición e higiene para afianzar la salud. Tres aspectos estrechamente ligados. Una de esas aldeas es Muray. Y una de sus beneficiarias es Sadia Isu de 19 años y de etnia Moubi de religión islámica. Esta joven y sus tres hijos hace 9 meses que no ven al hombre de la familia. Partió a buscar trabajo hace 3 años y apenas ha regresado o han sabido de él en un par de ocasiones. La muchacha trabaja unas 10 horas la día en la explotación de unos propietarios de tierras, a unas 3 horas de distancia de su hogar. La dieta básica de Saida y sus hijos es cada día la misma: mijo, la llamada Boule o bola. Una especie de puré que en ocasiones se adereza con hojas salvajes de sabonier o con una salsa que ellos llaman cricket a base de  insectos molidos. Este patrón se repite en miles de familias y aldeas de la región. Otras familias tienen aún menos suerte.

Es el caso de Sadia Usmail de 55 años, en la aldea de Matar. Sadia alimenta muchas veces a sus 8 hijos con mijo salvaje, el fumio, recolectado entre la maleza como hace miles de años hacían nuestros antepasados. Ella es una de las llamadas termitiers: mujeres que dedican gran parte de la jornada a robarle el grano a las termitas, de sus propios hormigueros. Una práctica surrealista pero cierta como el hambre que pasan en Matar.

En el año 2010, en esta aldea murieron 30 personas por inanición, según explican los lugareños. Una situación que cuesta entender si se tiene presente que la aldea posee un granero más o menos repleto de sacos de mijo y maíz que no les pertenece. El almacén se les alquila a los nómadas trashumantes, que lo utilizan para conservar su grano y suministrarse en las largas rutas de norte a sur por donde conducen el ganado hacia el pasto y el agua según la época del año.

Situaciones que contrastan de forma vergonzosa con los análisis de la FAO y el Instituto Sueco de la Alimentación y la Biotecnología (SIK) que aportan datos escandalosos: cada año, los países ricos arrojan a la basura casi la misma cantidad de alimentos que se consumen en el África subsahariana en el mismo periodo, unos 230 millones de toneladas. Mientras que un europeo o un norteamericano desperdician unos 100 kg de comida al año, un subsahariano apenas tira a la basura ni 10 kg.

Según el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas,  las mujeres del África Subsahariana emplean 40 mil millones de horas al año en buscar agua, que es lo  que dedican, por ejemplo,  todos los franceses a trabajar durante un año. O lo que es lo mismo: caminan el equivalente a ir y venir 16 veces a la Luna  cada día.

En la aldea de Delep, las mujeres luchan con la ayuda de Oxfam contra el cambio climático y contra el aumento de los precios de los alimentos básicos. Un grano de arena de esperanza en un vasto desierto de oscuro porvenir. Pero es el principio de un actitud, de un frente común y firme contra el problema. Las mujeres han excavado profundos pozos de agua y cultivan todo lo que pueden en un territorio azotado por las sequías. La producción de grano se almacena y se distribuye equitativamente entre los habitantes de la aldea. Todo un ejemplo a seguir.

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(Esta serie de reportajes está siendo publicada en la revista YO DONA)

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Próxima entrega: `Un continente en guerra´

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