EL TERCER JINETE (y III)

En esta última entrega sobre Mujer, hambre y malnutrición en África, Alfons Rodríguez nos explica la situación que padecen las madres en el más reciente de los países del mundo, Sudán del Sur, y en la castigada República Democrática de Congo, donde las violaciones se han sistematizado. Y una última advertencia: en 10 años, la situación de hambruna en el continente podría duplicarse como consecuencia del cambio climático y la especulación sobre la tierra y alimentos que provoca.

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Las piernas de Mohamed Moussa de 6 meses. Desnutrición severa. Hospital de Nokouas, Tchad.

FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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UN CONTINENTE EN GUERRA

Por Alfons Rodríguez

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Otro de los problemas de África: la guerra y sus nefastas consecuencias. Los ejemplos de Sudán del Sur y de R. D. Del Congo reflejan esta terrible realidad con claridad. En la norteña región de los Kivus, en la R. D. Del Congo, la guerra es una realidad que ya forma parte de la normalidad rutinaria de la región. Docenas de miles de desplazados se hacinan en campamentos debido al conflicto. Por la misma causa, miles de mujeres – el porcentaje más elevado del mundo- son atacadas con violencia sexual de forma sistemática. Los campos no pueden ser cultivados por falta de recursos y por miedo.

Las enfermedades por la falta de higiene y por la malnutrición hacen que este país ostente cifras records en cuanto a mortalidad infantil pues ostenta un porcentaje aterrador: 76% en marzo de 2011. La tierra perfecta para que el caballo negro del Tercer Jinete paste a sus anchas. Los abundantes recursos naturales de la región son explotados por unos cuantos desalmados, entre los que se encuentran importantes empresas multinacionales que arman las guerrillas que mantienen encendida la llama de la guerra. En los alrededores de Goma, las organizaciones humanitarias intentan paliar estos efectos devastadores para la población civil, pero no es fácil.

En el campamento de Buhimba se amontonan unas 17.000 personas. Unos pescadores acaban de llegar con su captura del día: unos kilos de pescado del infecto Lago Kivu, una especie conocida localmente como sambasha. Algo que echarse al estómago cuando la harina de las Naciones Unidas se acaba.

Namukara Masambo perdió a su marido, asesinado por tropas rebeldes sin identificar  en Kitchanga. Es pigmea de etnia Mbuti y comparte su cabaña de unos 3m2 con sus 4 hijos. “Lo peor es cuando se reparte la harina y no llega para todos, la gente se pone violenta y los de mi etnia lo tenemos difícil para conseguir nuestra ración. Los pigmeos estamos muy discriminados y más una viuda como yo”, explica Namukara. La situación de los pigmeos es alarmante pues casi la totalidad de este grupo tribal ha tenido que abandonar los bosques y selvas que son su hábitat natural, debido a la guerra. Por tanto no tienen acceso a sus fuentes habituales de alimentación: la caza y la recolección de frutos.

Según el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA), más de 1,5 millones de mujeres y niños menores de 5 años sufren una hambruna severa en la actualidad en este país. Según este organismo, UNICEF y el Ministerio de Salud congoleño, un 15% de la población total padece una malnutrición aguda. Falta de agua potable, alimentos, semillas para cultivar y herramientas son las causas cuyo origen se halla sin duda en la eterna guerra que sufren: más de 5 millones de muertes en los últimos 13 años.


SUDÁN DEL SUR

Sudán del Sur es el país más joven del planeta. El pasado 9 de julio se declaró oficialmente la independencia. El referéndum del pasado mes de enero dejo muy claro que casi el 100% de la población deseaba independizarse de su eterno enemigo: Jartum y el norte. Esta tierra azotada por la guerra (continúan los combates en Abiyei incluso a las puertas de la independencia),  es otro de los pastos en los que, paradójicamente, se alimenta el hambre. Los mercados de la capital, Juba, se encuentran muy mal abastecidos así que se puede imaginar cual es la situación en el medio rural.

Una vez se sale de la capital el panorama pasa de gris a negro. De un aspecto de nación que se abre camino a trompicones, que intenta renacer de entre sus cenizas, con algún atisbo de progreso o de urbe poco organizada, pasamos a algo absolutamente diferente. La inmensa mayoría del país, a excepción de alguna ciudad menor, está salpicada de pequeños pueblos en los que todo son carencias. Aldeas formadas por chozas de adobe y techos de pasto seco. Agrupadas en payams, divisiones administrativas equivalentes a los municipios.  Diminutos núcleos de población basados en las estructuras tribales ancestrales de siempre.

La principal etnia es la formada por los Dinka, a la que pertenece el propio presidente, Salva Kiir. El vínculo de un dinka con su ganado va más allá de una mera posesión material. Es, sobre todo, el símbolo de su identidad, de su riqueza y de su estatus y reconocimiento social. Los Dinka han basado siempre su economía en las reses, aunque la agricultura y la pesca – en algunas regiones- también son considerables.  En la actualidad, la escasez de alimentos y las sequías han provocado que, sobretodo en el norte y en el oeste, las condiciones de existencia sean comparables a las del paleolítico: cazadores-recolectores. Un claro ejemplo lo tenemos en el estado de Warrap, donde Oxfam implanta sus programas de ayuda humanitaria y desarrollo.

Simón Akot es el líder  de Luonyaker, una pequeña aldea del condado de Gogrial East en Warrap. Su oficina es un luku,  -construcción tradicional de adobe- espaciosa y fresca.  Akot lo tiene claro: “todo está por hacer. Los tiempos no son fáciles, sobre todo aquí en mi región”. Y añade: “las sequías y la falta de alimentos presionan mucho a la población y no es fácil mantener la calma”. Las poblaciones se concentran en los puntos de agua provocando tensiones por el reparto de esta y por los terrenos de pasto. Es el caso de la aldea de Tap a tan sólo 8 km al  Este de Luonyaker. Allí, unas 700 personas se distribuyen como pueden el agua y los estériles terrenos de siembra.

De Tap tuvieron que marcharse los 8 miembros de la familia de Jervis Reech. “Allí era imposible sobrevivir, sin agua y sin comida”, asegura el patriarca de los Reech. Hoy viven en Maial, en un luku que les han construido los aldeanos como ayuda. Jervis trabaja de forma eventual, en los campos de mijo cercanos, “pero sólo en la época de siembra y eso no da para comer todo el año” afirma, taciturno, Jervis . Las mujeres del clan hacen cestería y la venden en el mercado de Maial o de Luonyaker. Todo y así los ingresos apenas dan para cubrir las necesidades básicas. Y este patrón se repite en  miles de familias del estado y del país.

En Dubek, otra remota aldea más al norte, la leche que proporciona el ganado es poco nutritiva por la escasez de pastos frescos. Allí los pastores dinkas se aferran a sus fusiles AK-47 para proteger su ganado del robo de clanes vecinos. La existencia masiva de armas entre la población civil es uno de los legados dejados por las décadas de guerra.

La aldea de Abiyeitih no recibe ningún tipo de ayuda humanitaria. Es uno de esos lugares olvidados. Alouel Yol tiene 28 años pero parece tener 50. “Ahora mismo dos de mis hijos están buscando frutos salvajes para poder comer algo, los otros dos son muy pequeños y apenas puedo alimentarlos ya que no tengo comida apropiada”, sentencia la joven pero desgastada Alouel. Suelen comer un par de frutos salvajes,  denominados tuk, al día. Los  consiguen sus hijos rebuscando entre la maleza.

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Largas caminatas en busca de agua. Guera, Tchad.

FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Entre mayo y agosto se planta el mijo, cuando se tiene. De septiembre a diciembre se cosecha. Aproximadamente desde octubre a marzo las familias se alimentan de sus respectivas cosechas o de lo que pueden comprar de otras. El problema es entre abril y septiembre, entre cosecha y cosecha. Es entonces cuando hay que cazar o recolectar, cuando se pasa hambre.  Cada vez hay menos presas y menos frutos salvajes. Por la explotación continuada y por el cambio climático. La escasez de agua acaba con las cosechas y las inundaciones pudren  las semillas.

Mayen Mayen es el jefe de la aldea dinka de Dubek, tiene 52 años y rodeado de sus 5 mujeres reclama: “Estamos hartos de comer  hojas de los árboles. Nuestro ganado da una leche muy aguada pues los pastos están secos. Necesitamos contenedores de agua para almacenarla en la estación seca y regar. Si pudiéramos plantar verduras estaríamos salvados. La tierra es muy dura y seca, sin herramientas es muy difícil labrarla y cultivarla”.

En un antiguo instituto abandonado de Wau, una ciudad al norte del país, centenares de familias retornadas tras la guerra y la segregación se apiñan en las antiguas aulas. Esperan la prometida ayuda del nuevo Gobierno, ofrecida a cambio del regreso al sur y de votar por la separación. Una situación que se repite en muchas otras zonas del país. Angeline Lineh y Paulina Hamisa pasan ya de los 40 años. Regresaron al sur en diciembre de 2010, esperanzadas por las promesas del GOSS ( Goverment of South Sudan). “Vinimos en los convoyes que dispuso el gobierno, el nuestro tenía 17  grandes camiones. Nos enviaron aquí  sin nuestros enseres, dejándolo todo atrás en el norte. Seguimos esperando nuestras cosas”, atestiguan ambas.

Entre las dos tienen 10 hijos, la media nacional por familia. “No tenemos con que alimentarlos, no van a la escuela. Sólo algunos familiares nos ayudan con algo de comida. Vendimos nuestras propiedades en Jartum, para construir un hogar en el pedazo de tierra que nos ofreció el GOSS. Pero aquí nadie nos informa de la situación y ya han pasado muchos meses. Tenemos hambre y miedo”.

Magdalena Abuk, Ayuen Machol, Awaich Door,  Aoluot Bol. Todas son jóvenes madres que ocupan un camastro junto a sus hijos en el remoto hospital de Aweil, al norte del país, coordinado por Médicos sin Fronteras. Todos sufren malnutrición aguda y otras afecciones. Muchas pertenecen a familias de retornados. Más de 12.000 personas malviven en el campamento de  Apada. Todas esperando la evolución de su nuevo país. El problema es hasta cuando podrán resistir sin comida y casi sin agua en las afueras de Aweil. No hay escuela, ni hospital y la estación de lluvias dejará el terreno impracticable y como un caldo de cultivo perfecto para infecciones como el cólera o la malaria.

Ayuen tiene sólo 17 años y su hijito, Abuk Thiel Machol, acaba de cumplir 1 año. Apenas puede alimentar a uno solo y a la pregunta de si piensa tener más hijos responde: - no depende de mi, haré lo que mi marido decida. Si quiere tener más hijos no me puedo negar. La sombra de la carencia de derechos y la discriminación planea sobre el porvenir de Ayuen y su familia.


DESEQUILIBRIO. NEGOCIO Y CLIMA

En menos de 10 años la demanda de ayuda alimentaria se podría duplicar. La principal causa es el escaso apoyo internacional a la agricultura en los países pobres. Sobre todo en África. Según informan los analistas de Oxfam, entre 1983 y 2006, la ayuda al desarrollo del sector agrícola disminuyó en un 77% mientras que la ayuda a los agricultores en países ricos aumentó hasta los 250 mil  millones de dólares – 79 veces más que la ayuda total mundial -. ¿Increíble?, ¿indecente?. Esto provocó que los agricultores de los países subdesarrollados no pudiesen competir en precios ni producción, hundiéndolos  aún más en su propia mísera.

En 2009, el PMA  (Programa de Alimentación Mundial de Naciones Unidas) recibió un ayuda de 3.500 millones de dólares. La ayuda de los países ricos a sus propios agricultores fue de 252.000 millones de dólares. 72 veces más.

Según la FAO, en un estudio realizado en diferentes países subsaharianos, si las mujeres africanas tuvieran unos recursos agrícolas equitativos  podrían aumentar la producción de alimentos hasta en un 30% según los casos.

En 2008, con el inicio de la gran crisis de precios de alimentos básicos, se inició también una encarnizada lucha por la apropiación de terrenos. El 80% de la tierra con la que se especuló y se vendió o compró no ha sido explotada todavía para cultivar. Más del 60% de esas tierras son africanas. Del porcentaje de tierra si utilizada y tras el análisis de algunos países afectados, sólo un 15% de media pertenece a las mujeres.

Otra de las controversias surge de la producción de biocombustibles y de su negocio al alza. Según la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) y una información aparecida en su portal Género y Ambiente, la cantidad de grano utilizada para llenar un tanque de combustible de un vehículo con etano es la misma que necesita una persona para alimentarse un año. Indignante, si pensamos en los 1.000 millones que pasan hambre o están malnutridos.

Los EEUU destinaron en 2010 el 40% de su producción de maíz a la producción de biocombustibles, en vez de alimentar bocas hambrientas y evitar la rápida subida de precios del maíz. Precios que, por otro lado, seguirán subiendo de forma alarmante debido al cambio climático en los próximos años. Olas de calor, heladas, inundaciones o sequías que afectaran muy negativamente a las cosechas de todo el mundo. En países como Sudán los cultivos se podrían reducir hasta en un 50% en las próximas décadas.

Antes del 2050, alerta la organización Women’s Environment Network, y debido al cambio climático, hasta un 20% más de seres humanos tendrán problemas serios para alimentarse.  El 65% de esas personas que pasaran hambre serán africanas. La mayoría, una vez más, mujeres y niños.

Si no se frena la producción de biocombustibles, si no se ayuda a que los pequeños agricultores de adapten al cambio climático, si no se regulan los precios de los alimentos básicos, si la política exterior de las potencias mundiales no dedica más esfuerzo a evitar las guerras, si no se equilibran urgentemente los derechos de hombres y mujeres, si no se entiende que en África la mujer tiene un papel primordial en la familia y la agricultura, si no se aumentan las ayudas al desarrollo en vez de fabricar armas y en definitiva: si no se toma conciencia de la gran carga que prepara el Tercer Jinete y su montura en las próximas décadas, no se puede presagiar  un futuro muy alentador para los africanos. Ni para ellos ni para casi nadie. Lo relativamente positivo de todo esto es que no es una fatalidad irreversible. Estamos a tiempo de frenar esa temida carga.

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Esta serie de reportajes está siendo publicada en la revista YO DONA.

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