EN EL CAMINO (I)

Hay quienes migran porque en Centroamérica la mitad de la población vive bajo la línea de la pobreza. Hay quienes migran para reencontrarse con sus familiares en el norte. Pero hay también quienes, como los hermanos Alfaro, más que migrar, huyen. De repente, en su pequeño mundo en El Salvador empezaron a caer cadáveres. Cada vez más cerca. Luego, una amenaza.  Este es el viaje, en CUATRO entregas, de Auner, Pitbull y el Chele, unos migrantes que  nunca anhelaron Estados Unidos.

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Cinco días de camino donde algunos son asaltados y asesinados. Sur de México.

FOTO ©  Toni Arnau

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Por Oscar Martínez para GEA PHOTOWORDS

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—Huyo porque tengo miedo de que me maten —dice Auner, cabizbajo.

La primera vez que se lo pregunté me  dijo que migraba porque quería probar suerte. Lo expresó con  aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal.  Cuando  uno huye, desconfía, y entonces miente. Es ahora que estamos  solos,  apartados de sus hermanos que juegan cartas en un albergue para  migrantes del sur de México, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios, cuando él acepta que su verbo es  huir,  no migrar.

—¿Volverías? —pregunto.

—No, nunca —Sigue con los ojos  clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o a mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá  atrás, en su mundo, solo queda un agujero repleto de miedo. Aquí y  ahora, solo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de  reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo él y sus  hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía con paciencia a sus hermanos. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver a empezar. Como a él le gusta repetir: “Para atrás, solo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue de Ixtepec, en el estado de Oaxaca. Se une al Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda junto a los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán la huida. La pregunta es si seguir en el  tren como polizones o ir en buses por los pueblos indígenas de la sierra con la esperanza de no encontrarse con retenes policiales.

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Un centroamericano detenido por la policía fronteriza en el sur de México.

FOTO ©  Toni Arnau

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COYOTES

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El viaje por la sierra los llevaría a  atravesar lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por  los migrantes. Es una ruta alterna utilizada sobre todo por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más darles una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a  encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico.  Aferrarse en medio de la oscuridad a las parrillas circulares del  techo y aguantar así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas, en Veracruz. Luego tendrían que tumbarse en el suelo, en las  afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren. Dormir      con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Porque Medias Aguas es base de Los Zetas.

Los Zetas son un grupo formado en 1999  por el narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén, preso desde 2003 en Estados Unidos. El fundador del poderoso Cártel del Golfo creó Los      Zetas con algunos militares de élite —algunos incluso pasaron por la Escuela de las Américas— que desertaron para formar este grupo que ahora se considera un cártel con independencia y que desde 2007  agregó a sus actividades el secuestro masivo de indocumentados, por los que pide rescate a sus familiares. “El grupo de sicarios más peligroso y organizado de México”, se les llama en un informe de la División Antinarcóticos de Estados Unidos divulgado en enero de 2009.

La respuesta a la pregunta que se hacen los hermanos Alfaro podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo de desplazarse por la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos  muchachos      que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa novolver  a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que subirse al tren, que a tantos ha despedazado.

Hoy mismo me enteré de que José perdió la vida bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por La Arrocera, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un “rebane” limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos quinientos kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es      intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana, y eso mata.

José cayó en uno de los tambaleos, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me  lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su panadería cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor, y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta  noche qué hacer. Tienen que decidir con tino; si no, podrían encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

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Un pandillero de la Mara 18 en una provincia del norte de El Salvador.

FOTO ©  Toni Arnau

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 EL PRIMER CADÁVER

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—¡Hey, hijueputa! —escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 mm. Pensó que lo apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los disparos le atravesaron la cara y la espalda a su amigo Juan Carlos Rojas, un pandillero. Unos pedazos de sesos le mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para ir con Juan Carlos a conquistar      chicas en una sala de maquinitas del centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago, esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quien lo detenga. Se vuelve un animal: un pitbull.

Echó un vistazo hacia atrás y, entre  el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó iba rezagado, jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 mm cargada. El      hombre, un viejo borracho de unos cincuenta años, retomaba la huida y se volteaba para apuntar a Pitbull, y decirle entre exhalaciones:

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: un joven en medio de una escena de un crimen es un  pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho.

—¿De qué mara sos? —le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo —le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la dieciocho como tu amigo al que mataron, ¿veá? —continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73 000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su pandilla, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? —le refutó Pitbull al agente, que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector, que había recogido testimonios de la gente de alrededor.

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega —respondió Pitbull que, con sus 17 años (18 ahora que huye), siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, lo espabilara.

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Violencia doméstica, motivo por el que muchas madres deciden escapar de sus casas y migrar a EEUU.

FOTO ©  Toni Arnau

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Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del asesino de su amigo. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su   mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la  patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese— contaría después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro, en sus caras:

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está frente a la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez: albañil, agricultor, carpintero, fontanero. “Todólogo”. Johny. Pitbull.

—Tienes que tener alguna idea —le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pido permiso para hablar con sus hermanos. Acepta. Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe nada. Si fuera un personaje de ficción, seguro que la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a ponerles nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad, y Pitbull es solo un joven de 18 años del país más violento de América, acostumbrado a la muerte.

Qué más da si ni los reportes policiales abundan en detalles. Cuando mataron a Juan Carlos —enero o febrero, no lo recuerda a cabalidad— otros nueve jóvenes de entre 18 y 25 años fueron asesinados en Chalchuapa. Pero Pitbull ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, “No identificado”, cualquiera de estos podría ser el nombre real de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

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Oscar Martínez, salvadoreño, es el periodista que más ha profundizado en el tema de la migración indocumentada a través de México. Ha escrito en El País (España), CIPEr (Chile), Gatopardo, Día Siete y Proceso (México). Fue corresponsal en México de El Faro, autor del libro de crónicas “Los migrantes que no importan” (Icaria). En 2008 fue galardonado, con el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez (México) y es Premio de Periodismo y Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador (2009). Recibió el Premio Internacional de Periodismo La Huella de la Trata.

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Toni Arnau, miembro fundador de RUIDO Photo. Ha publicado, entre otros, en Proceso (México), CIPEr (Chile), XL Semanal (España) y en los diarios El Periódico de Cataluña o Milenio (México). Sus fotografías han sido expuestas en España, Francia, Italia y Centroamérica. Premiado por la Secretaria de Joventut de la Generalitat de Catalunya, la Universidad Centroamericana de El Salvador, por la Unión Europea y el Instituto Nacional de la Juventud de España (INJUVE). Es coordinador de la revista digital de fotografía documental 7.7. Publicó recientemente en GEA PHOTOWORDS un reportaje sobre la degradación del Paraná y lo que esto significa para las personas que viven de ese río.

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