EN EL CORAZÓN DE LA NACIÓN NAVAJA

Ensombrecido por la grandiosidad de su hermano mayor el Gran cañón del Colorado, Chelly es una pequeña joya de la naturaleza; un remanso de paz y tranquilidad, y en cuyas paredes verticales se guardan celosamente desde hace 2000 años la espiritualidad y el arte de los indios anasazi, los primeros pobladores de Estados Unidos. Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS y reciente premio de la Sociedad Geográfica Española nos lleva de la mano por el corazón de la nación navaja en compañía de nuestro también compañero Alfons Rodríguez.

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El cañón de Chelly.

FOTO  ©   Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS

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EL CAÑÓN DE CHELLY

 

A mediados de agosto el calor del desierto de Arizona es sofocante. Recorremos en nuestro camión la emocionante ruta 25 hacia el sur, hacia la frontera con México. Esta legendaria carretera que nace en Búffalo (Wyoming), y atraviesa de norte a sur buena parte del Far West, muere en la ciudad fronteriza de El Paso, lugar por el que queremos entrar en México. Quiero subrayar lo de emocionante porque parte de su recorrido atraviesa escenarios míticos que todos hemos visto en las películas de indios y vaqueros. Antes de entrar en México queremos desviarnos de la ruta hacia el Oeste, en busca de un pequeño cañón tan desconocido como fascinante. Para quien escribe, es uno de los lugares más increíbles de Norteamérica.

El cañón de Chelly, nombrado en 1970 Monumento Histórico Nacional, forma parte de la gran reserva de los indios navajo, la mayor de Estados Unidos. La reserva está gobernada por los propios indios como si de un estado independiente se tratara, aunque recibe bastantes subvenciones del gobierno federal. Los primeros navajo aparecieron por estos áridos territorios entre los siglos X y XV procedentes del sur de Canadá, y hoy en día constituyen una notable excepción entre los pueblos indígenas americanos, ya que han pasado de 4000 individuos en 1743 a más de 200.000 que hay en la actualidad.

Obtenemos un permiso especial para descender con nuestro camión hacia las profundidades del cañón a través de una pista tan impresionante como espeluznante. La caída desde el camino hacia el fondo del precipicio es vertiginosa y cuando las ruedas rozan el límite del precipicio queremos abrir las puertas y saltar del vehículo. Esta no es la mejor manera de recorrer el cañón, lo suyo es hacerlo caminando o incluso mejor, a caballo. Entonces es cuando puedes disfrutar del silencio y de la espiritualidad que encierran las altísimas paredes de Chelly y admirar los petroglifos y las construcciones de adobe que cuelgan incrustadas a 200 metros de altura. Con 2000 años de antigüedad, son las construcciones más antiguas de los Estados Unidos. Si arriba en la superficie el terreno es árido y monótono, abajo el aire corre fresco gracias a los pequeños huertos que los navajo han ido cultivando en el lecho seco del río desde tiempos inmemoriales. No en vano, el término navajo tiene su origen en el vocablo Navahhu, que significa “campo de cultivo en cauce seco”.

Al caer la tarde es cuando el cañón de Chelly muestra su verdadero esplendor. Hay varios lugares con vistas maravillosas para contemplar los cambios de color que proyecta la roca. El mejor de todos es desde el mirador de Spider Rock, un dedo de piedra de 240 metros de altura que conforme desciende el sol adquiere un rojo tan intenso que parece irreal.

No sé que tendrá este lugar pero cuando me preguntan cual es uno de mis lugares preferidos en Norteamérica, siempre me viene a la memoria el Cañón de Chelly.

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