EN PRIMERA LÍNEA – CARMEN RENGEL

En la cuarta entrega de la serie En Primera Línea sobre mujeres periodistas españolas que trabajan en zonas de conflicto armado hablamos con Carmen Rengel, periodista que vive en Jerusalén desde hace cuatro años. Su sobrina le pregunta si algún día contará la paz definitiva entre israelíes y palestinos en un conflicto que dura ya más de sesenta años. Carmen le responde que no cree que la cuente ni ella que tiene 14 años. `Los ciudadanos dicen que quieren esa paz, pero los gobiernos que sustentan no mueven ficha´ señala. 

 

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Carmen Rengel en Jerusalén.

Foto ©  Mikel Marín

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EN PRIMERA LÍNEA – CARMEN RENGEL

Por María Álvaro Navarro para GEA PHOTOWORDS

 

`Aquí cada día aprendes algo nuevo que obliga a replantearte verdades que crees asentadas´

 

Carmen Rengel se instaló en Jerusalén en 2010. El ERE que se presentó en el Correo de Andalucía donde trabajaba fue el empujón para que decidiera coger las maletas e instalarse definitivamente en Israel, país al que había viajado con anterioridad en estancias cortas. En estos cuatro años en los que ha conocido de cerca el conflicto palestino-israelí tiene la certeza de que los matices de grises son infinitos y la simplificación de los hechos es un verdadero peligro.

 

¿Qué te han aportado tanto profesional como personalmente estos cuatro años en Jerusalén?

He aprendido a pelear las historias, cuando antes tenía relativamente fácil un espacio, un escaparate. A seleccionar en la medida de lo posible un enfoque y no retocarlo si un medio no lo quiere, porque puedo ir a otro que quizá lo acepte. A valorar la estabilidad que tuve y no creo que tenga más. Sobre todo esta tierra te aporta prudencia, la certeza de que los grises son infinitos y la simplificación, la falta de contraste o el anquilosamiento (el quedarnos con un simple comunicado y ya) son peligrosos y lastran la información. He aprendido a escuchar mejor al diferente, porque aquí la de fuera soy yo, a intentar comprender. Eso es un tesoro.

¿Cómo crees que ha afectado un conflicto tan largo tanto a la población israelí como a la palestina? ¿Qué sentimientos o sensaciones has podido percibir en el día a día de la población?

Esta tierra está demasiado castigada ya. El conflicto lo abarca todo, no hay realidad por frívola que sea que no lleve su marca. Todo lo contamina. La gente trata de vivir con este desquiciante status quo, que claramente es más llevadero para los israelíes que para los palestinos. Creen que la paz no es posible a corto plazo, porque la descomposición es excesiva. Individualmente, los ciudadanos dicen que quieren esa paz, pero los gobiernos que sustentan no mueven ficha. La población se ha polarizado. La ultraderecha gana terreno en Israel mientras en Palestina el apoyo a Hamás avanza porque, al menos, dicen que le mantiene el pulso al enemigo. La sensación es de hartazgo. De cansancio infinito. Lo peor es que se detecta una falta de entendimiento y de conocimiento de otro alarmante. Es la cosificación, la generalización. Pocos ven al de enfrente como a otro humano.

 

¿Cómo era tu día a día en Jerusalén durante los casi dos meses que duró la denominada por Israel como “ofensiva Margen Protector”?

Han sido 51 días duros, aunque nada en comparación con lo que han vivido los colegas que han estado dentro de Gaza. Ya desde el 12 de junio, cuando fueron secuestrados los tres chicos judíos, comenzaron unas semanas de locura, sin descanso, con jornadas de 15 horas. Primero su búsqueda, luego el asesinato de Mohamed, el joven palestino, con los disturbios que generó, y luego Gaza. El cansancio ha pesado mucho. Combiné la cobertura de las protestas o las alertas en Jerusalén con constantes viajes al sur de Israel, a la zona donde caían los cohetes de las milicias. Ashkelon, Ashdod, los kibbutzim. Para lo personal había poco margen. Si sonaban las sirenas, ibas al refugio como los demás. Sin histerias.

¿En que ha podido cambiar tu visión del conflicto en estos cuatro años en el que lo has vivido en primera persona?

Por mucho que leas de esta zona, sólo se comprende (y a medias) sobre el terreno. Así que estar aquí me ha limado muchos prejuicios. Me ha hecho ser más cauta, porque cada día aprendes algo nuevo que te obliga a replantearte verdades que crees asentadas. Mi visión del conflicto se ha hecho más pesimista, o más realista, como quieras verlo. Desde fuera es muy sencillo decir que se haga una cosa u otra para lograr la paz. Todo es mucho más delicado y aprendes a ver los matices.

En una entrevista decías que lo más rico de un reportero de guerra, un periodista en general, son los testimonios, la gente que conoces. ¿Cuál ha sido esa persona o personas del conflicto Palestino-Israelí que más han quedado en tu memoria?

Son muchísimas. Me quedaría con Ronza, una niña palestina del campo de refugiados de Askar, en Nablus, cuya historia dimos en Periodismo Humano. Se estaba quedando ciega e Israel no le daba permiso para operarse en su territorio. La Comunidad Palestina de Cataluña vio el reportaje y la llevó a Barcelona a operarse. Ya puede ver los dibujos animados sin problema. Ella casi no puede hablar, porque tiene serios problemas psiquiátricos desde que vio morir a su padre en un ataque militar, pero sus manos, sus abrazos, sus dibujos… Un ejemplo de las miles de personas, palestinas e israelíes, que no voy a olvidar.

Gervasio Sánchez le dijo a Mónica Bernabé, periodista en Afganistán que si quería tener hijos y una vida normal se olvidara de irse como periodista de conflicto a ese país. Te formulo la misma pregunta que a ella ¿Es difícil ser mujer, ser periodista, querer trabajar a nivel internacional y formar una familia?

El consejo de Gervasio es razonable pero, por fortuna, cada vez hay más excepciones. Ahí tenemos a Mónica G. Prieto, por ejemplo, que no ha dejado de estar en zonas de extrema complejidad como Siria y es una madraza. Creo que depende de muchos factores: de tu pareja y su capacidad de entender este oficio y sus derivadas en zonas de conflicto, de apoyarte y tomarte el relevo cuando toca salir ahí fuera; del apoyo de los medios que te garanticen unos derechos y un tiempo; de la propia apuesta de la mujer, que no sea siempre ella la que cede en su oficio para estabilizar la familia. Diría que es complicado, pero no imposible.

¿Tu personalmente, qué dificultades extras has encontrado como mujer periodista que decide trabajar en una zona de conflicto?

Este es el único conflicto que he cubierto y, frente a las dificultades que siempre se resaltan, yo destacaría los beneficios. Las mujeres palestinas, por ejemplo, están vetadas para muchos de nuestros colegas hombres, sobre todo en las zonas más tradicionales, como testigos o entrevistadas. Nosotras tenemos pleno acceso a ellas. Recuerdo un funeral en Gaza, en la ofensiva de 2012, donde pudimos lograr testimonios de una viveza impagable por entrar en la zona de mujeres de un duelo. Para un hombre, aunque sea periodista, está vetado. Nunca me he encontrado problemas para trabajar aquí por ser mujer, si exceptuamos los judíos ultraortodoxos que se han negado a hablarme, al igual que lo ha hecho algún imán radical. Pero eso ya me había pasado en España. Lo más que he tenido que aguantar es que un salafista me obligue a cubrirme la cabeza para entrevistarlo. Son anécdotas frente a las puertas que me ha abierto mi condición de mujer con la mitad de la población.

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¿Cuál ha sido la situación más peligrosa en la que te has encontrado?

Los bombardeos de Gaza en la Operación Pilar Defensivo de 2012, cuando tratabas de apurar la luz del día para buscar historias y te pillaba la noche. De pronto te convertías en un objetivo más, ya ningún distintivo de prensa te salvaba. Eras un gazatí más moviéndose por calles sin luz camino de tu hotel. Tuvimos ataques muy cercanos. Y un incidente con la seguridad privada de una colonia cisjordana. Sacaron nuestro coche de la carretera, a punto de provocar un accidente, nos apuntaron, nos quitaron los pasaportes, nos tuvieron hora y media retenidos en mitad del campo. Pese a todo, esta no es una zona en la que te expongas tanto como suele creerse. No es agradable estar en mitad de un ataque cruzado de piedras, cócteles molotov y balas, pero he visto manifestaciones de Astilleros peores en Sevilla.

Ha pasado el momento en el que el conflicto entre Israel y Palestina abría todos los informativos y las portadas de los periódicos ¿Se olvidará el mundo y los medios de comunicación de este conflicto como lo ha hecho en otras ocasiones?

Es la maldición recurrente, de esta zona nos acordamos cuando hay muerte. Si no, no interesa. En junio pasado hicimos en Gaza el programa Hora 25 de la Ser y lo hablaba con su directora, Àngels Barceló. Yo decía que esto no interesaba si no había sangre. Ella me replicó que no es así, que a la gente le interesa si lo entiende. Justo eso es lo que falta: si hacemos entender a la ciudadanía la gravedad de un conflicto de 66 años, con numerosas ramificaciones, si lo limpiamos del matiz religioso que lo empaña todo, si ponemos a la comunidad internacional ante el espejo, para que asuma su responsabilidad… si la gente sabe todo eso, exigirá un fin. Para eso los medios son esenciales. Pero lo urgente, siempre, supera a lo importante.

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¿Te ha invadido alguna vez un sentimiento de impotencia o frustración de ver que aunque pase el tiempo la situación del conflicto no cambia?

Sí, es un sentimiento bastante habitual. Cuando se da un paso adelante automáticamente pasa algo que obliga a retroceder otros dos. Es desesperante contarlo. Ha sido así durante el último proceso negociador. Puro tedio y el enfado de ver que, en parte, no era más que teatro, sin voluntad real de avanzar. Mi sobrina mayor me pregunta si contaré la paz, pero no creo que la cuente ni ella, que tiene 14 años.

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Supongo que te habrán hecho esta pregunta alguna vez ¿El conflicto Israel-Palestina tiene solución a medio plazo al menos?

Me gustaría decir que sí, pero no lo creo. No sin la voluntad real de la comunidad internacional de hacer cumplir a Israel con las sucesivas resoluciones de la ONU que dejan claro por dónde debe venir esa solución. No si Israel amplía las colonias y agranda los obstáculos para esa solución. No si los palestinos no se plantan y siguen aferrados a una dinámica perversa de ayudas internacionales y leves avances para su gente sin pelear por la plena soberanía.

 

María Álvaro Navarro. Periodista valenciana afincada en Madrid dedicada a la comunicación de temas sociales. Máster en comunicación, cambio social y desarrollo. Ha trabajado en el departamento de comunicación de Cruz Roja Española y en Greenpeace España. También ha trabajado en el programa Medi Ambient de la televisión autonómica valenciana y ha colaborado realizando reportajes con diferentes asociaciones medioambientales.

 

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