EN PRIMERA LÍNEA – ÉRIKA REIJA

Egipto, Libia, Israel o Ucrania han sido algunos de los destinos de la periodista y politóloga Érika Reija en los últimos años. Conversamos con ella en la sexta entrega de la serie En Primera Línea sobre mujeres periodistas españolas que trabajan en zonas de conflicto armado. La situación actual del periodismo internacional y los retos informativos a los que se ha tenido que enfrentar a lo largo de su carrera serán algunos de los temas abordados.

 

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Érika Reija.

 FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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EN PRIMERA LÍNEA – Érika Reija

Por María Álvaro Navarro para GEA PHOTOWORDS

 

“Los conflictos son situaciones en las que está en juego tu vida y la gente saca su esencia. Te encuentras con atrocidades, pero también con personas maravillosas que incluso están dispuestas a ayudar a un periodista que aparece por allí y al que no conocen de nada” asegura la periodista lucense Érika Reija que trabaja en el área de información internacional de Televisión Española desde 2004. Ha informado como enviada especial de la caída de Mubarak en Egipto, de la guerra de Libia o del conflicto separatista en el este de Ucrania.

 

En 2011 decías que Egipto había sido tu mayor reto informativo. ¿A qué retos profesionales te has enfrentado desde ese momento?

Después de Egipto estuve trabajando en Libia -tanto en Bengasi como en Trípoli-, desde Jerusalén cubrí las dos ofensivas de Israel contra Gaza y el año pasado estuve en Ucrania. Lo último ha sido el documental que hemos hecho por los diez años del tsunami en Indonesia. Queríamos reflejar en el documental cómo esa catástrofe natural sirvió para poner fin a un conflicto en Banda Aceh que duró 30 años, una guerra entre los separatistas del GAM y el gobierno indonesio. Paradójicamente, gracias a la catástrofe natural, las dos partes entendieron que era imposible seguir matándose porque había miles de cadáveres en las calles y que había que sentarse a negociar y lograr la paz.

 

¿Cuál de los conflictos en los que has trabajado crees que te ha marcado más?

Cada viaje, incluso cuando no son conflictos, siempre te deja algo especial por la gente que conoces y las historias que vives. Quizás fue la revolución egipcia que aunque no fuera un conflicto sí fue una situación muy caótica. Fue mi primera experiencia en una cobertura tan intensa y me marcó especialmente. Indudablemente no era una guerra, pero murieron unas 800 personas las mismas prácticamente que durante cuarenta años de terrorismo de ETA.

 

¿Has pensado alguna vez que te gustaría haberte quedado en el lugar donde has ido a cubrir un conflicto porque creías que había mucho más que contar y no has podido hacerlo?

Yo creo que siempre. Los viajes son caros y más para una televisión, ya que somos un equipo de periodista, cámara y ayudante y se tienen muy en cuenta los costes del viaje. Prácticamente los viajes que salen son de una semana, y en una ese tiempo no puedes llegar al fondo de la realidad. Si es incluso difícil entenderlo cuando estas más tiempo, pues imagínate en una semana o diez días; es realmente muy complicado. Yo creo que todos los periodistas intentamos seguir conectados con esa realidad, formarnos, seguir manteniendo los contactos que hacemos, pero indudablemente no es suficiente y habría que estar más tiempo.

 

¿Se olvidan los medios de comunicación del postconflicto?

Desgraciadamente, estamos en un panorama mediático en el que cada vez es más así. Los medios deciden mandarte donde está todo el mundo y después no les interesa tanto ir a otros lugares más olvidados. Es muy fácil ir al principio cuando estalla un conflicto, pero luego hay que pelearse mucho para conseguir volver. Pasa por ejemplo en Ucrania que interesó mucho al principio, pero el conflicto sigue ahí y es cada vez más devastador y parece que a nadie le importa porque prácticamente no hay ahora mismo periodistas cubriéndolo.

 

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Érika Reija.

 FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

El pasado verano narraste el día a día  de la denominada por Israel como Operación Margen Protector. ¿Cómo fue contarlo desde Jerusalén?

Creo que no tiene nada que ver estar bajo los bombardeos en Gaza, como estaba mi compañera Yolanda Álvarez, que estar en mi posición en Jerusalén. Yo me ocupaba de la parte más política y diplomática. Es una función que a mí me gusta menos porque no estás tan en contacto con la realidad de las personas, pero es la que me tocó cubrir en este caso y lo intenté hacer con la mayor honestidad y la mayor responsabilidad. Hay que dar siempre las dos caras de un conflicto.

 

¿Cuál recuerdas como la situación más complicada que has tenido que vivir?

Recuerdo un momento que viví en la guerra de Libia. Hicimos amistad con un enfermero que nos acompañaba como fixer a veces, pero que también trabajaba en los hospitales de Bengashi. Un día me llamo llorando pidiéndonos que fuéramos al hospital. Allí no paraban de llegar cuerpos completamente carbonizados y los médicos no sabían qué hacer, porque realmente no se podía hacer nada con esas personas. Veías a los médicos y al personal sanitario corriendo sin saber cómo enfrentarse a eso. Al final, los cadáveres se acumulaban en la morgue; los médicos se abrazaban y rompían a llorar. Era el principio de la guerra en Libia y era la primera vez que veían algo así tan tremendo. Me impactó mucho esa impotencia y el ver a los medios llorando sin saber cómo manejar esa situación.

 

¿Qué te permite como mujer ser periodista en el mundo árabe?

Te permite hablar con una mujer de sus problemas con más facilidad. Por ejemplo, dos años después de cubrir la revolución en Egipto volví para centrarme en la situación que vivían allí las mujeres. En el segundo aniversario de la revolución en Egipto violaron, con datos de Amnistía Internacional y testimonios recogidos, a 25 mujeres en la Plaza Tahrir. Realmente les habían hecho atrocidades. Muchas de ellas lograron denunciarlo.

Pudimos entrevistar a Samira Ibrahim que fue víctima de las pruebas de virginidad del ejército durante las protestas en la plaza Tahrir. Esta mujer lo denunció y logró que dejaran de practicarse estas pruebas que fueron escándalo internacional. Desgraciadamente, para ella tuvo un coste personal alto porque me contaba que su novio la había dejado y que la habían echado del trabajo. Pero es una mujer generosa ya que gracias a ella otras mujeres no tendrán que pasar por esa situación.

 

¿Crees que sigue pesando el género al valorar el trabajo de periodistas internacionales o de periodistas que trabajan en zonas de conflicto?

Yo quiero pensar que no, que no es un condicionante. Sí que te encuentras todavía con algún jefe machista que te dice que para un conflicto mejor un hombre porque se quedan más tranquilos. Contra esto tenemos que seguir peleando porque el riesgo tiene que asumirlo cada uno personalmente, que no decidan por ti, que ya estamos en el siglo XXI.

 

Hace unos meses retuiteaste esta frase en relación con el tema del ébola en España: “El dolor y el sufrimiento como espectáculo cuando se produce cerca de nosotros y pisoteado y olvidado cuando se produce lejos” ¿Por qué ocurre esto?

Nos miramos mucho el ombligo cuando hay un problema en España, pero cuando ocurre fuera de nuestras fronteras parece que no lo vemos o nos cuesta verlo. Es una batalla diaria que tenemos en las redacciones porque los periodistas solemos ver cuándo una noticia es importante y tenemos que contarlo. Pero, muchas veces, los editores o los responsables del telediario te dicen que eso no interesa a la gente por ser una realidad muy alejada. Nosotros tenemos que intentar explicarles que no es así y que sí que hay interés. De hecho, el ébola fue un caso que desde la sección de internacional del telediario llevábamos meses peleándonos para meter crónicas de lo que estaba pasando y lo íbamos haciendo, pero con cuentagotas. Luego vimos cómo nos acabo afectando. Aunque no hubiera habido este caso en España debería afectarnos igualmente, como seres humanos, el sufrimiento que pasa a tantos kilómetros de aquí.

 

¿Cuántas lecciones nos quedan por aprender de todas las guerras que hemos vivido?

Pues la mayor lección sería decir no a la guerra. Recuerdo en Ucrania, en Slaviansk, a una familia que había sufrido los bombardeos y con los que pudimos hablar. Lo que hicieron estas personas al día siguiente de los ataques fue algo que me pareció muy bonito y simbólico. Ellos cogieron pintura roja y en un indicador que había a la entrada del pueblo pintaron la frase “No a la guerra”. Nos explicaban que se sentían rehenes de un juego político que no habían empezado y que solo querían era vivir en paz, porque esas cuestiones políticas les interesaban más bien poco.

En Libia también me impactó mucho ver como al principio de la guerra había muchos jóvenes con grandes ideales y cuando te los encontrabas después de la guerra se habían deshumanizado completamente. Veías en su mirada que eran otra persona porque muchos de ellos habían matado a gente. Quedaba poco de aquellos jóvenes idealistas que había conocido hacía unos meses. Deberíamos aprender que de las guerras no suele salir nada bueno.

 

María Álvaro Navarro – Periodista valenciana afincada en Madrid dedicada a la comunicación de temas sociales. Máster en Comunicación, Cambio Social y Desarrollo. Ha trabajado en el equipo de Comunicación de Cruz Roja Española y en Greenpeace España. 

 

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