ENTREVISTA GEA – ANTONIO PAMPLIEGA

El 19 noviembre de 2012 GEA PHOTOWORDS entrevistaba a Antonio Pampliega. El periodista -secuestrado  junto a  José Manuel López y Ángel Sastre en Siria- nos aportaba su visión sobre el conflicto a su regreso de la ciudad de Alepo. Hoy recordamos esa entrevista. El horror de hace cuatro años es el mismo que hoy vive el pueblo sirio y muchos periodistas que, como Pampliega, experimentan en el ejercicio de su profesión. GEA PHOTOWORDS da la bienvenida a Antonio, José Manuel y Ángel tras su reciente liberación.

 

Antonio Pampliega fotografiado en Jabl Akrad, provincia de Hama

FOTO ©  Ethel Bonet

 

Entrevista a Antonio Pampliega publicada el 19 noviembre de 2012 en GEA PHOTOWORDS  

Por Borja González Andrés para GEA PHOTOWORDS

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“En cinco semanas en Alepo, creo que no he visto tanta sangre y tantos cadáveres en mi vida, y estoy convencido de que no los voy a volver a ver nunca más. Posiblemente nadie vea una cosa así hasta dentro de 20 o 30 años”.

Antonio Pampliega (Madrid, 1982) aún se estremece mientras recuerda las últimas cinco semanas que ha pasado en la segunda ciudad más poblada de Siria, situada al noroeste del país, y una de las que más está sufriendo la encarnizada y desigual lucha entre el ejército de Bashar Al-Assad y las fuerzas rebeldes del Ejército Libre Sirio (ELS). Semanas de bombardeos indiscriminados, zocos en llamas, matanzas de niños y hospitales sin luz. “Como le decía Gervasio Sánchez en una carta a Manu Brabo: para nosotros esto será nuestro Sarajevo”.

Apenas unas pocas decenas de kilómetros separan Alepo de la frontera con Turquía. Pampliega conoce bien la zona desde que en diciembre de 2011 viajara por primera vez al interior de Siria. Entonces, “salvo unas 15 o 20 aldeas en las montañas de Jabal Zawiya”, el resto del país permanecía controlado por Al-Assad y quienes entraban de manera clandestina en Siria –como el propio Pampliega, el periodista de ‘El Mundo’ Javier Espinosa o el fotoperiodista Ricard García Vilanova– tenían que moverse cada pocas horas “de zulo en zulo, de casa en casa, sin poder hablar con nadie para no levantar sospechas entre los posibles partidarios del régimen”.

Sin embargo, en menos de un año y cinco viajes después, lo que comenzó como un movimiento de protestas más o menos pacíficas al calor de las revoluciones en Túnez o Egipto, ha terminado por parecerse más a una guerra fratricida. Uno de los puntos de inflexión llegó a finales de febrero, con el bombardeo inmisericorde de, entre otros, el barrio de Bab Amro, en la ciudad rebelde de Homs, ordenado por Bashar Al-Assad.

“Ese bombardeo hizo que el conflicto se internacionalizara y cambiase totalmente”, señala Pampliega. “Ya no es tanto la lucha onírica del pueblo contra el dictador –aunque los sirios siguen queriendo que se vaya Bashar– porque han venido muchos salafistas, muchos yihadistas desde fuera para luchar por la guerra santa”.

La llegada de combatientes extranjeros, con posibles vínculos con organizaciones extremistas y radicales, ha sido explotada por la propaganda progubernamental, que considera terroristas a todos los que apoyan al ELS.

“Dentro del grupúsculo que es el Free Sirian Army hay yihadistas, por supuesto, pero el núcleo duro son sirios que combaten por su libertad, no son fanáticos religiosos”, defiende Pampliega. “Al principio (los rebeldes) sólo querían gente con experiencia militar en sus filas. Ahora ya no. Ahora te encuentras estudiantes, agricultores, libreros, maestros… gente que está cansada. Porque en Siria tienes dos opciones: o te vas o te quedas. Y si te quedas es a morir o a luchar”

 

Víctimas de una guerra sin horizonte

 

Aunque se luche hasta la muerte, la de Siria no es una guerra normal, no es un conflicto clásico. Ninguna de las dos facciones combatientes controla con efectividad amplias zonas de territorio, y en algunas barriadas de grandes ciudades como Homs, Alepo o la propia Damasco los rebeldes se levantan contra las tropas de Al-Assad y forman frentes de combate que permanecen estáticos durante semanas o incluso meses. Ir una calle más allá o cruzar la puerta del edificio equivocado puede marcar la diferencia entre morir y seguir sobreviviendo en Siria, en una guerra de ratoneras llenas de espías.

“El problema de Alepo y de esta guerra no es que haya o no haya frentes, sino que los que más sufren son quienes están en la retaguardia, porque los bombardeos masivos no son en los frentes; son contra panaderías, hospitales, mercados, escuelas donde están los refugiados…”, asegura Pampliega.

Hasta ahora, los intentos de organismos internacionales como Naciones Unidas o la Liga Árabe por detener la carnicería siria o, al menos, por imponer una tregua que permita la asistencia humanitaria a millones de personas inocentes, han fracasado. Según datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Londres, la guerra ya se ha llevado por delante la vida de más de 30.000 personas y ha obligado a desplazarse a países limítrofes a centenares de miles.

Sin embargo, como por desgracia ocurre en muchos otros casos, la perpetuación del conflicto sirio hace que comience a perder interés para los medios internacionales. Sólo grandes matanzas especialmente crueles como la que costó la vida a 20 civiles en una panadería de Alepo, vídeos de rebeldes ajusticiando a soldados del régimen de Al-Assad o el riesgo de que la contienda trascienda la frontera con Líbano parecen tener hueco, últimamente, en los telediarios y portadas de Occidente.

Por eso Pampliega defiende una regla básica de la información en zonas de conflicto: ponerle caras y nombres a la guerra. “Para contar la guerra hay que personalizar mucho. No hablar del hospital Dar al Shifa de Alepo, sino de esa enfermera que ha tenido que operar con la luz de un mechero. O no ir al frente a hablar de los rebeldes o de las katibas (brigadas), sino de la historia de ocho hermanos que combaten juntos contra Bashar”, explica.

“Yo no te cuento la historia, te la cuenta el personaje. Un defecto de los periodistas es que hablamos en primera persona. No se trata de que te lo cuente Antonio Pampliega. No, Antonio Pampliega es el que firma porque es el que ha encontrado la historia pero quien te lo cuenta es María, la enfermera, o Reda, el menor de los ocho hermanos, o Mohammed, que va con sus 200 libras sirias y no puede comprar pan porque es demasiado caro”

 

Batalla ideológica

 

Quizás se caiga en un lugar común al decir que nunca es fácil informar desde un territorio en guerra, sobre todo cuando la de Siria se ha cobrado la vida de veteranos, como la periodista estadounidense Marie Colvin, o de jóvenes talentos, como el fotógrafo francés Rémi Ochlik, ambos fallecidos en febrero en la entonces asediada ciudad de Homs.

Pero en este caso – y también en el de Libia – a los horrores de la guerra se ha sumado una suerte de campaña de ataque y derribo ideológico contra muchos de los periodistas que informan sobre el terreno. Desde posiciones teóricamente progresistas y de izquierdas, algunos les acusan de hacer propaganda de los rebeldes y otros, directamente, de tener relación directa con la OTAN y la CIA.

“¿Que hay vinculaciones con Al Qaeda? Por supuesto. ¿Que los rebeldes son mala gente? Eso te lo aseguro. Pero yo cuento lo que veo y lo cuento sobre el terreno. Pero parece que la izquierda, esa que nos acusa de imperialistas, no ha leído un reportaje que hice para France Press en el que contaba cómo los rebeldes se apropiaban de casas y tiendas o cómo cogieron a un traidor, un espía del régimen, y lo torturaron delante de mí”, cuenta Pampliega con notable malestar.

“Lo más curioso de la guerra de Siria es que la extrema izquierda se ha unido a la extrema derecha en un discurso conjunto. Para ambos bandos los rebeldes son terroristas y además, para la extrema izquierda, están pagados por la OTAN”, explica, ya en tono irónico.

“Lenin y Stalin se levantaron para echar a los zares. Pues esta gente es como si estuvieran defendiendo al zar, porque dicen que detrás de todo está EEUU. Claro que los rebeldes tienen “juguetes” norteamericanos, pero también a Tartús (enclave portuario ruso en la costa de Siria) llegan barcos con material ruso y chino, y no dicen nada”.

 

Periodismo freelance, también en Siria

 

Hace apenas dos años, Antonio Pampliega escribió una carta al diario El País bajo el título ‘Pagar por ir a la guerra’, en la que contaba su experiencia como periodista freelance en zonas en conflicto como Irak, Líbano o, sobre todo, Afganistán (a las que después se sumarían otras como Haití o la propia Siria).

Por esa carta, que ahora vuelve a estar en el candelero, Pampliega recibió entonces muchas críticas, incluso de compañeros de profesión, que le acusaban de “llorón” y “quejica”. Ahora, cuando miles de periodistas españoles han acabado en el paro y después de que decenas de medios de comunicación hayan cerrado o estén muy próximos a hacerlo, aquella misiva parece una profecía cumplida.

Pero Pampliega huye de todo eso: “Ni antes era un quejica ni ahora soy un gurú de esto (…) los medios de comunicación españoles no nos tienen ningún tipo de respeto y es algo de lo que te das cuenta cuando trabajas con medios extranjeros”.

Lo dice quien, durante la guerra de Siria, ha escrito reportajes, ha hecho fotografías y ha grabado vídeos para agencias de noticias transnacionales como France Press o Asocciated Press.

“Por ejemplo, los de France Press, cada vez que les mandaba un texto y una foto me respondían al email con un ‘muchas gracias Antonio, por favor cuídate’. Y es un gesto, un detalle, pero que nunca me había pasado con medios españoles. Eso aquí es impensable. No nos quejamos por vicio. Es que fuera nos valoran y aquí no”.

Con dos excepciones, matiza Pampliega: el diario Público, con el que colaboró hasta la desaparición de su edición impresa, y el diario El País, con el que acordó una serie de reportajes desde Alepo.

“Claro que me gustaría trabajar más en España, con otros medios, pero yo no regalo mi trabajo”, sentencia Pampliega. “Llega un momento en el que la gente que hacemos conflictos estamos hartos porque, además de jugarnos la vida que es una opción personal, perdemos dinero y la gente lo tiene que saber. Yo no me estoy haciendo de oro”.

 

Borja González Andrés ha sido redactor en la Cadena SER, en la agencia Reuters y actualmente desarrolla su labor profesional en el diario Reforma de México.

 

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