ENTREVISTA GEA – JAVIER ARCENILLAS

Una historia de aliento y desaliento sobre los niños que son obligados a dejar sus estudios para ponerse a trabajar en duras tareas. Esto es lo que quiere dar a conocer Javier Arcenillas, el fotodocumentalista y miembro de GEA PHOTOWORDS, en su nueva exposición, `La Diáspora Infantil´, en el Paseo de Valdelasfuentes de Alcobendas en Madrid. Diecinueve imágenes en lonas con lo mejor de su trabajo ilustrarán durante seis meses un maravilloso espacio expositivo al aire libre. En esta entrevista nos habla acerca de ello y mucho más.

.

Uno de los niños acogidos por misioneros jesuitas en `Jisu Ashram´.

FOTO ©   Javier Arcenillas

.

Por Lucas de la Cal Martín para GEA PHOTOWORDS

 

Con indumentaria primaveral y la tez bronceada por los rayos de sol que esta avanzada primavera nos regala, Javier Arcenillas, es uno de esos personajes curiosos, divertidos que la profesión nos aporta cada cierto tiempo. Fotógrafo freelance, diplomático y humanista, destaca como uno de los fotodocumentalistas españoles más conocidos y reconocidos internacionalmente.

En estos días, gracias a sus fotografías, podemos disfrutar en el Paseo de Valdelasfuentes de Alcobendas en Madrid, de un maravilloso espacio expositivo al aire libre con la inauguración de “La Diáspora Infantil”. Una exposición que alerta y denuncia la situación de pobreza de niños en países como Pakistán, India, Myanmar o Bangladesh, que tienen que abandonar los libros en edad escolar para colaborar en duras tareas en el campo, y de niñas que son vendidas en matrimonios de conveniencia o prostituidas. Un total de 19 lonas que a lo largo de 300 metros reflejan las vidas paralelas que existen en la infancia.

Caminando junto a Javier por el agradable paseo, admirando sus fotografías, cruzamos un parque donde los niños recién salidos del colegio pasan la tarde jugando con la arena, columpiándose, tirándose por el tobogán…llevando una vida totalmente diferente y mejor que la de los niños que, mirando hacia la otra esquina del paseo, se vislumbran en las fotografías del autor bilbaíno.

Psicólogo por la Universidad Complutense y miembro de Gea Photowords, Javier Arcenillas ejerce el fotodocumentalismo desde hace más de 20 años. Ha ganado diversos premios Internacionales, entre los más destacados están el Premio Ejercito, el Arts Press Award, KODAK, UNICEF, Joung Photographer, European Social Fund Grant, FotoPres, Luis Valtueña de Médicos del Mundo, Premio Doñana, One Vision,  y un largo etc…

En estos últimos años ha realizado ensayos fotográficos sobre Latinoamérica, destacando su reportaje “Sicarios”, donde sitúa frente a su objetivo al verdugo para centrarse en la causa y no en el efecto de esa violencia. Su trabajo con Médicos del Mundo sobre las Ciudades Vertedero en Centroamérica le ha llevado a ser finalista del premio “Ojo de Pez” y su Libro CITY HOPE resume sus cinco años de trabajo. Es colaborador habitual de Fronterad, ESQUIRE, el Grupo GLOBAL y desarrolla funciones de fotógrafo para el Ayuntamiento de Alcobendas. Sus reportajes han sido publicados en los mejores medios de todo el mundo: Time, Der Spiegel, National Geographic, Le Monde, Washington Post, Miami Herald Magazine, e incluso en periódicos coreanos.

 

En palabras del autor, ¿Cómo se puede definir esta exposición?

Es una exposición de denuncia, en la que se mezclan el fotoperiodismo y la fotografía humanitaria. Es muy bonito que en un sitio como este, al lado de un parque, la gente tenga consciencia de que estas cosas ocurren. La Diáspora infantil nos lleva a la reflexión porque es un proyecto que denuncia una situación injusta que se sigue dando en muchos países del mundo. Cada fotografía es una historia de aliento y desaliento sobre los niños que son obligados a dejar sus estudios para ponerse a trabajar con solo 12 años. Es duro, pero la gente tiene que empezar a educarse en cosas inteligentes.

 

La infancia siempre toca mucho más la moral y la vena sensible de la gente…

Desde luego. El adulto está más acostumbrado a cometer errores, no es consciente de ello. El problema es que los errores de los adultos repercuten en los niños. En esta exposición intento mostrar a la gente esos fallos de los mayores que obligan a unos niños que deberían estar estudiando o jugando al fútbol, y sin embargo están trabajando en condiciones muy duras.

 

¿Crees sinceramente que la gente se da cuenta, mediante tus imágenes, de lo que realmente está pasando en el mundo?

En la mayoría de los casos hacen oídos sordos y miran para otro lado. Básicamente porque vivimos en un mundo muy insolidario. Ahora con la crisis, con todos los problemas que tiene España, la gente no se preocupa de lo que pasa más allá de sus fronteras.

 

¿Te gustaría pensar que tus fotografías de denuncia social pudieran cambiar un poco el mundo?

Como todo buen fotógrafo romántico, me gusta pensar que sí. El problema es que pocas veces he visto que una fotografía cambie la sociedad. Ha ocurrido en alguna ocasión, como la foto de “Muerte de un Miliciano” de Robert Capa o la de Napalm en Vietnam de Nick Puch. Ahora el mundo de la imagen está tan masificado que es muy difícil que una foto tenga la repercusión de antaño.

 

¿Cómo llega un Humanista como tú al mundo de la fotografía?

Hace unos 20 años yo quería hacer cine documental, esa era mi gran meta. Empecé a estudiar en la Escuela de Madrid, sin embargo, me di cuenta que para hacer producciones de cine necesitaba mucho tiempo y dinero. Entonces, descubrí que con la fotografía podía hacer cosas de documentales con muchísimo menos trabajo y más individualizado. Me permitía trabajar de una manera más liberada. Empecé como freelance, publicando en revistas provinciales. Me contrataron en el diario Marca, haciendo partidos de segunda división. Luego, después de estar trapicheando con muchos medios conseguí entrar a trabajar en el Diario 16. Fueron unos años muy buenos, haciendo prensa nacional.

 

En tu opinión, ¿Cuáles son las condiciones necesarias para llegar a ser un buen fotoperiodista internacional?

Hay que tener una apertura de miras importante. El fotoperiodista debe ser solidario, dialogante, saber escuchar y tener un gran sentido de la historia y la geografía. Debería ser una persona culta y tener grandes conocimientos en idiomas para poder comunicarse. Porque la fotografía no solo consiste en el acto fotográfico en sí, sino que conlleva un duro trabajo detrás de apretar un botón. En la parte social, tenemos que ser relaciones públicas para establecer contacto con las personas con las que hablamos.

 

¿Qué foto te gustaría hacer, que aún no hayas realizado?

Me encantaría fotografiar los “happy event”, noticias felices. También siento mucha envidia profesional de aquellos que plasman la naturaleza, y que yo no consigo hacer. Ver cómo crece la vida salvaje y animal, sin elementos artificiales es impresionante.

 

Tus reportajes son duros, ¿Hay alguno que te haya emocionado especialmente?

Si, la primera vez que yo llegué a Calcuta, fui a hacer fotos de los enfermos que estaban en los centros que regentaban las Hermanas de la Caridad. Me quedé sorprendido con la cantidad de voluntarios que iban a ayudar. Prestaban sus vacaciones, su dinero y tiempo en ayudar a los demás, lo que un católico diría: ayudar al prójimo. No soy religioso, pero el valor de esa gente me conmovió. Les cuidaban, les leían, les limpiaban, les daban de comer, era algo maravilloso. Verlo fue una experiencia única, y con gente como esa este mundo sería un lugar mejor, más solidario y bonito.

 

El grueso de tu trabajo fotoperiodístico se concentra en América Latina, donde has podido retratar la crudeza de la violencia desde primera línea. ¿Cómo fue la experiencia con los Sicarios en Guatemala?

Me ayudó un guía que me puso en contacto con unos sicarios que él conocía. Fue muy arriesgado porque ni el propio guía se fiaba de ellos. Quería que me contasen como habían llegado a esa situación, por qué mataban. Entonces descubrí que ellos tenían la necesidad de contarme sus vidas, de esta forma conseguí quedar de nuevo para poder hacerles fotos, grabarles en vídeo y una entrevista. Hablé con ellos todo lo que pude, hasta que se aburrieron de contarme sus historias.

 

¿Cómo es el momento de fotografiar a una persona que sabes que su trabajo es quitar la vida a otras personas?

Pasé miedo. Estaba en tensión permanente, porque esa gente tienen armas y son profesionales de quitar vidas. La primera vez iba con chaleco antibalas, pero al segundo día me di cuenta que era absurdo y que si me quisieran matar lo harían de todas formas. Me respondían que la
gente no les tiene que tener miedo a ellos, sino a quienes les pagan. Estar con ellos era triste, porque ves que la sociedad en la que viven les ha hecho así. Dudo que vuelva a meterme en un sitio cerrado con tantos criminales.

 

¿Por qué tu obra está tan ligada a América Latina?

Me llama mucho la atención por los lazos que nos unen. Culturales, pasionales, viscerales, de lenguaje, religión… cada país tiene una magia muy particular. Soy un auténtico creyente del realismo mágico. Siempre tengo un billete preparado para irme a cualquier país desde México hasta Argentina, es un continente donde siempre quiero volver. Me gustaría vivir allí alguna vez.

 

Y en este momento de crisis, ¿Cómo se ve España desde el objetivo de tu cámara?

España es un país triste y lo estamos haciendo triste. No salimos de la crisis como deberíamos. Estamos demostrando que somos un país bastante egoísta, muy cerrado. Aquí el lastre de la religión, del conservadurismo, del egoísmo puro, no me gusta. No hay política verde, ni política social. Soy crítico con mi país. Nos hace falta más gente inteligente. El problema de España es que la gente inteligente se va fuera.

 

Has trabajado como diplomático dentro del anterior gobierno en el Ministerio de Exteriores con Moratinos, ¿Cómo ves al gobierno actual?

Mal, pero no hay un gobierno que de seguridad. Para que un país vaya bien, tiene que haber tres normas. La primera es que los que gobiernan deberían ser algo altruistas, lo segundo ser consecuentes y si cometen errores, que asuman las consecuencias; lo tercero es que el presidente tiene que ser alguien que esté preparado. Nuestros políticos no están listos para todo lo que nos ha caído encima y ahora se está viendo. Falta un político de raza, falta un Felipe González como había en antaño, alguien con carisma, alguien poderoso, alguien como Olof Palme o Churchill, que nos saque de esta crisis de una manera limpia.

 

Después de todos los premios que has conseguido hasta ahora, ¿qué te queda por hacer?

Lo único que me importa de los premios es la solvencia que me dan para poder seguir trabajando. Conforme más fotos he ido haciendo, el romanticismo se me ha ido perdiendo en la profesión. El publicar, me ha llevado tantas desilusiones con los medios de comunicación que ya no hay ningún medio único con el que me comprometa. Todos al final son puentes para seguir denunciando lo que está pasando en el mundo. Todos son empresas que miran por sus propios intereses. Ya no hay un periodismo único.

 

Lucas de la Cal Martín estudia periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y es colaborador en prácticas de GEA PHOTOWORDS

.

, , ,

No comments yet.

Deja un comentario

Leave your opinion here. Please be nice. Your Email address will be kept private.