ENTREVISTA GEA – JERÓNIMO MOLERO

Vivimos en la sociedad de la eterna juventud, la del éxito,  la de la riqueza y la fama, la de lo efímero. Pero lo más efímero de todo ello es, a la vez, lo más silenciado: nuestra propia existencia. La paradoja ha hecho que la muerte en Occidente, sencillamente, no exista. No conforme con ello, el cineasta Jerónimo Molero se embarca en una aventura narrativa a través de la mirada de un grupo de niños, de una mujer que vivirá como si le quedase un año de vida y de un enfermo en fase terminal. Estas experiencias las plasmará en un documental creativo cuyo objetivo es arrojar un poco de luz que nos ayude a morir (y a vivir) mejor.

 

Jero B&N

Jerónimo Molero. 

FOTO  © Verónica Martínez

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 Jerónimo Molero – `El miedo a morir es en realidad miedo a vivir´

 Por Rocío Ovalle para GEA PHOTOWORDS

 

La danza de la vida es un documental en el que la reflexión, la experimentación y la vivencia sobre la muerte se entrelazan con los testimonios de quienes han se han dedicado a acompañar a personas en sus últimos momentos de vida, aunque su autor reconoce que “el guión del documental se escribe hasta el último día” y el proyecto irá moldeándose durante su desarrollo; pero nace también con la vocación de ser una obra creativa en sí misma, un poema visual y sonoro sobre esa sinfonía de la existencia que nos mece en su tempo y nos obliga a mover los pies, las manos y los sueños, a veces a ritmo de adagio y otras más bien presto. Este personalísimo trabajo es el primero como director de Jerónimo Molero, cineasta, 51 años, que ha participado en una treintena de producciones audiovisuales. Para llevarlo a cabo contará con el apoyo de personas individuales a través de una campaña de crowdfunding y ya cuenta con 1.300 € de los 6.900 que necesita para esta fase de la producción.

¿Cuál es el objetivo del documental?

Ser un granito de arena para quien se quiera plantear cómo vive la muerte y la vida. El tema es delicado y no todo el mundo está dispuesto a hablar sobre ello, hay gente a la que le incomoda.

¿Por qué te centras en la mirada del niño?

El niño vive en el presente y no tiene ideas preconcebidas sobre la muerte, por lo que su forma de afrontarla puede ayudar al resto. Tiene una mirada fresca y asume la muerte como algo natural. La idea surgió en el entierro de un tío mío, en el que sus nietos, para sorpresa de todos, recordaron los momentos alegres que habían vivido con su abuelo.

Ya habéis comenzado el rodaje con un grupo de niños de entre 6 y 9 años. ¿Qué ha surgido en estos primeros días?

Los niños harán una función sobre la muerte y para ello trabajamos diferentes herramientas creativas como el clown, la percusión y la danza, siempre desde el juego. Descubrimos que hay una niña, María, que tiene una enfermedad congénita y existe un riesgo de que pueda complicarse. Ella lo lleva de manera muy positiva y algunos de sus compañeros lo saben. Ya empezamos a vislumbrar por dónde irá la representación final. Será un viaje del mundo de la realidad a la imaginación, cada niño con lo que conecta más, y María haciendo magia. La historia de esta niña apareció de repente y creo que tiene mucho sentido para que el proyecto cinematográfico sea atractivo. Mi responsabilidad es estar abierto a lo que pueda acontecer.

 

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Eso es algo que también propicia el crowdfunding porque se comparte el proyecto cuando se está realizando, no cuando ha finalizado.

Sí, de hecho a raíz de ello ha contactado conmigo un guionista con una enfermedad degenerativa que no sabe cuándo va a morir y que se ha ofrecido a participar en la película. Aún tenemos que conocernos y ver cómo encaja, pero en principio me parece buena idea que el propio guionista sea un personaje, como un espejo del espejo.

¿Cómo será la fotografía de la película?

Quiero crear una atmósfera donde prima lo emocional y que haya una visión positiva de la muerte pero sin perder profundidad. A nivel de imagen, esto se plasma en encuadres que evocan la belleza que hay hasta en los escenarios más trágicos; también con contrapuntos entre imágenes duras y melodías tranquilas, por ejemplo. Tanto la imagen como el diseño de sonido estarán muy cuidados y así conseguiremos crear una poesía auditiva y visual.

Haces un documental sobre la muerte pero lo bautizas con la palabra vida. ¿Por qué?

La muerte es parte de la vida. No me interesa hablar de lo que ocurre después de la muerte sino antes, en la existencia, porque ser conscientes de la muerte nos ayuda a vivir una vida genuina y auténtica y menos superficial. Reflexionar sobre ella nos puede ayudar a que nos arriesguemos a ser nosotros mismos, porque el miedo a morir es en realidad miedo a vivir. La prueba está en que los enfermos terminales deciden hacer con sus últimos días lo que hasta entonces no se habían atrevido. Vivimos pensando que tenemos mucho tiempo por delante pero en realidad no sabemos cuándo vamos a morir.

Hay personas que afirman que la muerte es la parte más importante de la vida. ¿Lo crees tú?

La muerte te confronta con lo que has hecho en tu vida. Haces un recuento, sacas tus conclusiones y no puedes engañarte. Desde ese punto de vista, sí creo que la muerte es el momento más importante.

Memento mori, le decía en la Antigua Roma el siervo al general que regresaba de una victoria para recordarle que era mortal y no un dios. ¿Hoy nos creemos inmortales?

Estoy convencido. Protegernos del sufrimiento es creernos inmortales. La muerte es algo lejano que parece que nunca nos toca y nos consolamos diciéndonos a nosotros mismos que son cosas que pasan a otros. Pero ser mortales no es un drama si sabemos realmente lo que queremos y si somos inteligentemente egoístas: si estamos bien con nosotros mismos, nuestra forma de relacionarnos con los demás será mucho mejor.

 

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Escena del documental La danza de la vida.

FOTO  ©  Miguel Fernández-Valdés Castillo

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Actuamos como los niños chicos que se tapan los ojos y se figuran que nadie los ve. ¿Significa esto que la sociedad está en su infancia más temprana, que aún no hemos madurado lo suficiente?

No creo que sea una cuestión de madurez sino una circunstancia histórica. Al sistema le interesa que funcionemos así, al igual que le interesa fomentar la competitividad antes que la cooperación. Por un lado, recibimos una educación diseñada para moldearnos; por otro, es también una responsabilidad individual admitir o no las normas de un sistema contradictorio. Ahora vivimos momentos de cambio. Por ejemplo, en las escuelas libres se acentúa el valor de la educación emocional, que creo que es mucho más básica que otras asignaturas. Si aprendemos a relacionarnos con nuestro cuerpo y con nosotros mismos, la muerte estará más integrada en la vida.

También en el siglo XVII, la pintura de Vanitas recordaba la fugacidad de la vida. Eran bodegones de naturaleza muerta, en los que aparecían alimentos en descomposición y calaveras humanas. ¿Hay algo que ejerza esa función recordatoria hoy en día?

Hoy en día no, e incluso las tradiciones que hablan de la muerte, como Halloween, se desvirtúan y se vuelven más superficiales. En Occidente tenemos un problema con la pérdida y con el duelo, que hay que hacerlo, pero quizá hay que replantearlo con una ritualización adecuada.

¿Ha ido creciendo el tabú?

Sí, hay un ocultamiento progresivo. Sin ir más lejos, hoy en día a los niños ya no se les lleva al cementerio. Yo mismo descubrí hace años una colección de fotos de niños muertos retratados como si estuvieran vivos y el primer impacto fue un escalofrío. Sin embargo, hay que trasladarse a esa época y a esa cultura para entender que la fotografía no estaba tan extendida y que así tenían un recuerdo de los pequeños.

El desarrollo y el aumento de la esperanza de vida también han tenido mucho que ver en ello, ¿no es cierto?

Sí, porque en países con menor esperanza de vida la muerte es más habitual, está más presente y la asumen mejor.

¿Cómo afrontamos la muerte en Occidente?

En general hay una incapacidad para relacionarnos con ella, no sabemos cómo tratar a alguien que se está muriendo. Los especialistas que llevan años estudiando los procesos psicológicos que se producen durante las últimas fases de la vida observan que hay una tendencia a que quienes fenecen se vean como una carga y sus familiares traten de quitar importancia a lo que está sucediendo.

¿Cómo podemos aprender a morir mejor?

Acompañar significa estar, con calidad de presencia. Las personas que van a morir están mucho en la escucha: es importante que se escuche lo que él o ella siente. Aunque tú no le digas a la persona que se está muriendo, esto es algo que la persona sabe, lo intuye de alguna manera. También es importantísima la gestión del dolor: gran parte del miedo a morir nace del miedo al dolor físico y al proceso mental que desencadena, porque cuando nos duele algo se generan pensamientos negativos.

¿Qué has aprendido tras varios años reflexionando sobre este tema?

Que la muerte nos habla de amor. Los filtros desaparecen, ya no pensamos en el dinero de la jubilación y descubrimos que lo que más nos llena es el amor: el amor a uno mismo y el amor a quienes nos rodean.

 

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Rocío Ovalle es periodista y comunicadora especializada en temas sociales. Ha sido coordinadora del departamento de comunicación en la India en la Fundación Vicente Ferrer y ha elaborado campañas para ONGS e iniciativas sociales y culturales. Actualmente trabaja como freelance para varios medios.

 

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