ESCLAVITUD CHINA `MADE IN ITALY´

Un mes después del incendio en una fábrica textil en Prato (Italia) todo sigue igual. La muerte de siete inmigrantes chinos no ha cambiado las condiciones de esclavitud de estos 50.000 trabajadores en la `chinatown´ toscana. Trabajan 16 horas al día cobrando un euro la hora y durmiendo en cobertizos. GEA PHOTOWORDS habla con los afectados que denuncian sus infrahumanas condiciones de trabajo.

 

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 Foto ©  Lucas de la Cal

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Por Lucas de la Cal para GEA PHOTOWORDS

 

La tragedia de Prato aterra. La moda “Made in Italy” se ha desteñido de rojo. Rojo sangre. Rojo fuego. En la nave industrial Macrolotto de Prato, a 25 kilómetros de Florencia, en el número 63 de la calle Toscana todo continúa en silencio. Quemado. Hoy, ha escasos metros de la fábrica textil donde se produjo un incendio el pasado mes de diciembre causando la muerte de siete trabajadores chinos y revelando su situación de esclavitud, se ha celebrado un ritual budista. El funeral de Wenqiu Dong, una de las víctimas. Durante la ceremonia, que duró veinte minutos, los asistentes se colocaron en fila y esperaron su turno para dar un último adiós dejando una flor blanca junto al ataúd.

Prato, una ciudad de 185.000 habitantes, fue conocida en otro tiempo como la Manchester toscana por sus fábricas de tejidos de la orgullosa calidad “Made in Italy”. Pero a día de hoy, todo el país la mira extrañada porque cuenta con la mayor proporción de chinos en Europa. Una ciudad donde se practica la esclavitud.

Chen Cheng Zhong, es uno de los trabajadores que logró escapar de las llamas ese fatídico domingo 1 de diciembre. El joven, 32 años y complexión robusta, tiene marcas en los brazos y una gran cicatriz en la muñeca derecha. Pero la cicatriz más gorda es la que no se ve. La que está en sus recuerdos. Que nunca sanará y que intenta explicar entre lágrimas. “Empecé a escuchar gritos. Había humo por todas partes. Yo estaba durmiendo en un cobertizo de menos de 80 centímetros. Me levanté corriendo y logré salir. Tuve mucha suerte. Todos los días recuerdo como uno de mis compañeros intento escapar del incendio por la ventana y se lo impidieron las rejas. Minutos después, desde fuera de la fábrica, pude ver sus brazos sin vida colgando de las rejas”.

Siete trabajadores —cinco hombres y dos mujeres— perdieron la vida a causa del estallido de una bombona que calcino toda la fábrica. El primer cuerpo fue encontrado cerca de la entrada, descalzo y en pijama, en un último intento desesperado de escapar de la prisión de fuego. Las otras víctimas fueron rescatadas atrapadas en lo que se conoce como “nichos”, sofás estrechos donde los trabajadores esclavizados duermen después de sus largas jornadas de trabajo.

Como la mayoría de los miles de trabajadores chinos en Prato, Chen no tiene ningún tipo de documentación. Fabrica prendas de moda para toda Europa durante 16 horas al día, siete días a la semana, preferentemente de madrugada, cobrando un euro la hora. “Solo tengo derecho a dormir un rato en los incómodos nichos detrás de las máquinas”, denuncia.

En un pequeño apartamento, cerca del centro histórico de Prato viven con dolor algunos familiares de las víctimas del incendio. Un joven empresario chino nos hace de traductor. Estas personas no hablan italiano, inglés ni mandarín. Se expresan en el lenguaje del campo, de Fujian Zejiang, región al suroeste de China.

 

SIN RESPUESTA.

Jin es la viuda de Jian Zhan, 43 años, padre de dos hijos, que murió en el incendio. “Pasan los días y no nos dicen nada. Esperamos una indemnización y no recibimos respuesta. No hay ni siquiera una fecha para el funeral de mi marido”, dice dolorida la mujer.
Su casa está desnuda. Cómo su corazón. Apenas hay cinco colchones en el suelo y una mesa hecha de cajas de cartón invertido. Cuenta el traductor que los vecinos se quejan de los llantos que se escuchan a altas hora de la madrugada. Pero el dolor no respeta zona horaria y las lágrimas vienen sin previo aviso.

Hace unos días, en frente del consulado chino en Florencia, 13 familiares de las victimas del incendio de Prato colgaron una pancarta negra con siete fotografías donde se podía leer en chino e italiano: “En el nombre de estas muertes”. Después encendieron siete velas rojas en señal de protesta. Se sientan en un taburete de plástico, cada uno con un cuadro con la imagen de una madre, un hermano, un esposo, un padre… los que han perdido. Quieren hacer justicia. Lan, por ejemplo, habla de una llamada telefónica a Su Qifu, de 44 años, su marido, calcinado por las llamas. “Hablé con él alrededor de las 6 de la mañana del 1 de diciembre. Me dijo que me quería mucho. Tenía el teléfono en la mano cuando el fuego le alcanzó”, recuerda la mujer.
Los familiares, tres mujeres y diez hombres, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, quieren que la empresaria dueña del taller textil donde se produjo el incendio les indemnice por la falta de seguridad y las condiciones infrahumanas del establecimiento. Sin embargo, según fuentes policiales, aunque la mujer ya ha sido identificada por ahora está desaparecida sin dar rastro. “Estamos solos. No tenemos nada ¿Nos ayudas?”, repiten una y otra vez a las puertas del consulado.

 

INMIGRANTES SIN PAPELES

De los casi 200.000 habitantes que tiene Prato, se estima que entre 20.000 y 50.000 son inmigrantes chinos (la mitad en estado irregular). Una inmigración masiva (el 90% del total) que comenzó hace 20 años y que, poco a poco, ha pasado a tener sus fábricas, sus tiendas y su barrio, siempre bajo el ojo crítico que les acusa de fraude fiscal y de pésimas condiciones laborales. Más allá de esto se sitúan las cantidades que las autoridades estiman que se mueven en esta ciudad toscana: cada día, 1.800.000 euros son transferidos desde Prato hasta China. Una cifra importante para la ciudad toscana.

Allá por 1995, las primeras fábricas textiles chinas dejaron Florencia y se establecieron en el polígono Macrolotto. Ahora son 4.000 las empresas de moda en las que trabajan, legalmente, unos 16.000 ciudadanos chinos. El número real, admitido por el alcalde, Roberto Cenni, puede triplicar esa cifra. El problema, explica Cenni, “es que este suceso solo viene a poner de relieve algo que ya sabíamos y que algunos habíamos denunciado sin éxito: aquí viven, entre nosotros, miles de esclavos. Los traen sin documentación, sin preparación, les dan una limosna y algo con lo que llenar apenas su estómago”.

Roberto Cenni dijo que se pidió reiteradas veces a la embajada China una colaboración en el tema de indocumentados de su país. “Estamos sufriendo la ilegalidad y queremos más colaboración del gobierno chino para que puedan cambiar y llegar a tener una buena oportunidad en el territorio. Si no se transforma en una situación muy difícil”.

Marco es un vecino del Polígono industrial. Lleva 30 años con su negocio de carpintería y conoce muy bien la situación de los ciudadanos chinos que trabajan en estos talleres textiles. “Están en situación irregular, siendo explotados laboralmente y confinados en esos lugares en régimen de esclavitud. Estas personas viven y trabajan en lugares inseguros e insalubres, aislados y privados de libertad. Apenas salen alguna vez para fumarse un cigarrillo en la puerta. Siempre están tristes y cabizbajos. Nunca les he visto reír”, afirma.

Los residentes de Prato llaman a los vecindarios chinos San Pechino o San Beijing. Cuando llegaron los primeros chinos con sus maletas llenas de dinero en efectivo, y arrendaron sus fábricas, los italianos se rieron de ellos. Pero ahora su número se ha cuadruplicado y son dueños de un cuarto del negocio textil de la ciudad, donde fabrican moda “Made in Italy” a precios “Made in China”. Los periódicos abundan en artículos de opinión sobre la “invasión amarilla”, el dumping competitivo y la mafia china.

La desgracia ha ocurrido en Italia, pero podía haber tenido lugar en España. En municipios como Carabanchel (Madrid), Carrús (Elche), o las localidades catalanas de Badalona y Mataró, se concentra un elevado número de negocios chinos en los que trabajan miles de ciudadanos en esas condiciones. La mayor parte de las veces estas personas llegan engañadas a sus destinos, en el marco de operaciones de tráfico y trata de personas procedentes de China, para ser explotadas laboralmente y obligadas a vivir y trabajar en condiciones infrahumanas.

 

Lucas de la Cal Martín es colaborador de GEA PHOTOWORDS y del periódico El Mundo. Es diplomado en Educación Sexual y Prevención de ITS (Infecciones de transmisión sexual)

 

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