ESPERANDO LA VACUNA CONTRA LA MALARIA

Cada 40 segundos muere un niño de malaria. Es el problema sanitario más grave que existe y por eso ayer se celebró el Día Mundial contra la Malaria. Y la lucha por encontrar una vacuna se ha convertido en uno de los objetivos prioritarios de las principales multinacionales farmacéuticas. En Manhiça, un pueblecito de Mozambique, el Hospital Clinic de Barcelona y la Fundación Bill y Melinda Gates mantienen un laboratorio donde se investiga a contrareloj sobre ella. Los resultados del equipo dirigido por el español Pedro Alonso son prometedores y se espera que la anunciada vacuna vea la luz antes de que sea demasiado tarde.
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FOTO  ©  Eugeny Gay Marín

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ESPERANDO LA VACUNA CONTRA LA MALARIA
Por Sandra García Ruíz para GEA PHOTOWORDS

 

Con movimientos tranquilos, la algarabía de cientos de pájaros, el olor dulzón del cultivo de caña de azúcar que mece las aguas del imponente río Inkomati, amanece en Manhiça, un pueblo al sureste de Mozambique donde la vida se hermana indiferente con enfermedades como la Malaria o el SIDA. Por sus calles no pasan desapercibidos los árboles, árboles pintados con lazos rojos intentando abrir una puerta en el inconsciente colectivo sobre el riesgo de esta enfermedad tan confrontada con la situación socio-cultural de todo un continente donde entender la magnitud del problema es, para la mayoría, desarraigarse de muchos preceptos tradicionales.

La malaria o paludismo, provocada por los parásitos del género plasmodium y transmitida por las hembras del mosquito anopheles,  es una de las primeras causas de enfermedad en el mundo infectando a unos 500 millones de personas anualmente y provocando 1,2 millones de muertes, el 85% de las cuales, son niños africanos menores de cinco años. A mediados de los años ochenta, el equipo del Dr.Manuel Elquin Patarroyo, del Instituto de Inmunología de Bogotá (Colombia), realizó en Tanzania el primer gran ensayo clínico de una vacuna que ya había sido probada en latinoamérica y de la que obtuvieron resultados esperanzadores pero, para demostrar una total eficacia y para poder ser comercializada, debía probarse en países donde la malaria fuera endémica.

Así pues, un equipo dirigido por el Dr. Pedro Alonso llevó a cabo el ensayo en Tanzania donde se observó una moderada eficacia de la vacuna entre niños de uno a cinco años. Sin embargo, no fue confirmada en otras zonas endémicas ni en niños menores de un año de edad (la población diana específica de este tipo de vacunas) y, finalmente, el desarrollo de la vacuna del Dr. Patarroyo fue paralizado.

 

FOTO  ©  Eugeny Gay Marín

 

En 1996, fue creado en Mozambique el Centro de Investigación de Salud de Manhiça (CISM) como una iniciativa de cooperación entre el Ministerio de Salud de Mozambique, la Universidad Eduardo Monlane de medicina de Maputo y un equipo científico del Hospital Clínic de Barcelona.

El Centro nació con una triple vocación: investigar las enfermedades más prevalentes en los países pobres, ayudar en la asistencia clínica de estas enfermedades y garantizar a jóvenes médicos mozambiqueños una adecuada y profesionalizada formación porque, como explicaba Eusebio Macete, su director: “En Mozambique hay muy pocos médicos, el trabajo del día a día puede dar un input al país, que aquí no eres esa gota dentro de un sistema sino que eres muchos cubos de agua. Hay que aprovechar esas manos que nos han tendido porque ésta, sin duda, es una generación histórica.”

El Centro de Salud de Manhiça, un pequeño hospital rural, se encuentra justo enfrente del CISM. Son dos mundos trabajando en equipo.Uno es el hospital. Recorrer sus pasillos es asomarse a un precipicio de donde emerge la miseria y asientan raíces, además de la malaria, enfermedades tan comunes en el continente como el SIDA, la tuberculosis, la diarrea o las infecciones respiratorias que, junto con la malnutrición infantil, agravan la situación social de un pueblo cuya esperanza de vida no supera los cincuenta años de edad; es África envuelta en sus ropas de colores, mujeres envejecidas de eterna juventud y “crianças” que con un reojo penetrante se desmarcan de la cruda realidad.

El otro, un Centro,una pequeña Europa sumergida en laboratorios de alta tecnología, sistemas avanzados de seguimiento demográfico, y centros de datos informatizados que, conjuntamente, funcionan intentando descifrar la estrategia de esos diminutos parásitos que mantienen en tablas la partida entre la vida y la muerte.

Entre personal clínico y de laboratorio, estadísticos, demógrafos y trabajadores de campo se  cimienta un gran equipo de profesionales que, día a día, intentan deshilachar la gran madeja de una enfermedad que planea sobre el círculo vicioso enfermedad-pobreza, y a la que se intenta acorralar entre las paredes de una infraestructura levantada con mucho esfuerzo y tenacidad a lo largo de los últimos 18 años.

Existen más de treinta vacunas antimaláricas en fase de ensayos clínicos, la RTS,S, ensayada por el Hospital Clínic en el CISM, será comercializada en unos tres años a un precio económico, el éxito de esta nueva vacuna es que bloquea las primeras etapas de la infección. A pesar de que las medidas de prevención existentes actualmente para controlar la malaria, son la utilización de mosquiteras impreganadas de insecticida y las campañas de fumigaciones intradomiciliarias.

 

FOTO  ©  Eugeny Gay Marín

La situación actual del continente africano, y en particular de Mozambique, dista aún mucho de acercarse a lo que los ya famosos Objetivos del Milenio (postulados en el año 2000 por más de 150 países firmantes) auguraron para el 2015: disminuir la mortalidad infantil a la mitad y disminuir la carga de enfermedades tan importantes como la malaria o el SIDA.

Sin embargo, con el trabajo de centros de investigación como el CISM junto con la aportación económica de entidades públicas y privadas, y la implicación de los profesionales africanos y de las autoridades locales y nacionales, a largo plazo, estos objetivos podrían dejar de ser una utopía y hacerse cada vez más tangibles.

Una buena causa paraborrar, definitivamente, la primera frase de una historia real: cada cuarenta segundos muere en el mundo un niño por malaria.

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      Sandra García Ruíz estudió Biología en la Universidad Autónoma de Barcelona. Posteriormente, se dedicó a la docencia   durante   siete años y decidió compaginar su vida laboral con su verdadera pasión, la literatura. En el 2011, se licenció en Teoría de la Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona y, actualmente, está finalizando Filología Hispánica. Ha colaborado en la redacción de textos literarios para diversas revistas y en la documentación y redacción de varios proyectos fotográficos.

 

     Eugeny Gay Marín (Barcelona en 1978) es licenciado en Biología y con estudios de Antropología Social y Cultural. En 2003 inicia su trayectoria como fotógrafo centrándose en la fotografía antropológica y de viajes. En estos años ha recorrido más de 30 países realizando varios proyectos. Ha publicado en medios como El País Semanal, Lonely Planet, Altaïr, Integral, La Fotografía, Piel de Foto, Descobrir Cataluña, entre otros. Forma parte Phacto, espacio de acción fotográfica en Barcelona.
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