GEA PHOTOWORDS & NATIONAL GEOGRAPHIC

Continúa la colaboración entre National Geographic y GEA PHOTOWORDS en la sede madrileña de National Geographic Store. Gerardo Olivares y Ángel López Soto, miembros de GEA PHOTOWORDS, nos contaron el pasado jueves su experiencia en el desierto del Teneré y las montañas de los Himalayas, donde conviven dos historias paralelas unidas por un punto común, el nomadismo de tuaregs y nepalís cuya forma de supervivencia se ve amenazada por el progreso que invade unas de las regiones más aisladas e inhóspitas del mundo.
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Foto  ©  Ángel López Soto – Imágenes de video  ©  Gerardo Olivares, miembros de GEA PHOTOWORDS

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CARAVANA, MERCADERES DE LA SAL
Por Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS

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La sal es la única roca que consumimos los seres humanos. Su importancia ha sido tal, que por ella se han librado batallas; se han urdido conspiraciones; fue utilizada como moneda de cambio y se abrieron rutas comerciales en los territorios más aislados y salvajes de la tierra.

En la actualidad la sal es un bien común al alcance de todos; bueno de casi todos porque en las regiones más remotas del mundo, la sal es un bien escaso y sin embargo esencial para la supervivencia de sus gentes. Para estos pueblos, la ganadería representa la base de su economía y la sal aporta a sus rebaños el suplemento mineral necesario para subsistir en regiones donde los pastos son pobres y escasos. En el norte de Mongolia, por ejemplo, en la tribu de los nómadas Tsataan –cuya única forma de vida es la cría de renos- cada familia siempre orina en el mismo lugar, un conjunto de rocas donde los animales acuden, cuando regresan a sus corrales al caer la tarde, para chupar sus sales.

Aun hoy, mientras unos vivimos rodeados de la más alta tecnología, hay otros que recorren vastas extensiones de tierra con sus caravanas, haciendo llegar la sal a los rincones más escondidos del planeta y este es su único medio de vida. Los podemos encontrar en los Andes, descendiendo con sus Llamas hacia el Salar de Uyuni; o también entre Eritrea y Djibouti con sus caravanas formadas por miles de camellos, atravesando la depresión del Affar, el lugar mas cálido de la tierra. Pero sin duda alguna las más espectaculares son las de los nómadas tuareg que atraviesan el desierto del Teneré y las de la tribu de los Dolpo-pa, que cada año cruzan los Himalayas con sus Yaks. Yo he tenido la oportunidad de acompañarles para el rodaje de un documental.

Antes de que el hombre blanco viajara por las Rutas Celestes, los tuareg recorrían miles de kilómetros guiados por las estrellas. Durante siglos los tuareg dominaron el comercio y las vías de comunicación, erigiéndose en los amos del desierto y de la sabana. Las caravanas de Tuareg formadas por cientos de camellos transportaban sal, azúcar, dátiles, té, sémola, marfil y esclavos, trazando rutas comerciales a lo largo y ancho del inmenso desierto.

Agadez ha sido tradicionalmente la puerta de entrada hacia el Tenere y punto de partida de las caravanas que atraviesan el desierto hacia las minas de sal de Fachi y Bilma. Es un viaje duro y muy peligroso pero esencial para la supervivencia de las tribus nómadas.

Mi contacto se llamaba Mohamed, uno de los pocos Madugus –guías de las caravanas- que quedan en Agadez. Los Madugu son muy apreciados y respetados porqué conocen el desierto como la palma de su mano. Poseen un sexto sentido para la orientación. Se guían por el sol, por la posición de las dunas y por las sombras que proyectan las orejas de los camellos. Por las noches lo hacen con las estrellas; las Pleyades y Orión. Dicen que para ser un Madugu te han tenido que criar con leche de camella. De su sabiduría y prudencia depende el futuro de muchas familias. Los mas viejos de Agadez aun recuerdan caravanas de mas de diez mil camellos desaparecidas entre las dunas del Tenere y es que cuando sopla el Harmatán, el desierto se convierte en un autentico infierno.

Dos semanas ha tardado Mohamed en preparar la caravana. Con las primeras luces del día partirán hacia el Teneré y luego solo caminarán y caminarán, así durante cuarenta días hasta alcanzar las salinas de Bilma y Fachi. Por el camino se les unirán otras caravanas, buscando la protección mutua. Pero ellos bien saben que hasta que no regresen a Agadez sus vidas estarán expuestas al peligro.

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Anuncio del evento en la página web de National Geographic Store.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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A miles de kilómetros de distancia de Agadez, existe un lugar perdido entre las montañas mas altas de la tierra donde el reloj del tiempo hace siglos que se detuvo. Es un lugar sobrecogedor, formado por profundos valles y aislado del mundo exterior por cumbres que a menudo superan los siete mil metros de altitud. A pesar de su belleza la vida es muy dura, tan dura que solo los Dolpo-pa han sido capaces de sobrevivir. Cada año, con la llegada de la primavera, los Dolpo-pa preparan sus caravanas para viajar hacia el sur, hacia las tierras bajas donde trocarán la sal por grano.

Durante estas semanas los monjes andan muy ocupados, fijando las fechas de salida y rezando para que todas logren superar los pasos de montaña y alcanzar su destino sin contratiempos. A cambio, los nómadas entregan donaciones que suponen los únicos ingresos para los monasterios.

Los Dolpo-pa viven en un país oculto y dependen del comercio para subsistir. Desde generaciones y con la llegada del verano, las caravanas viajan hacia las tierras del sur para cambiar la sal por cebada y arroz, y es que sus campos son tan pobres que las cosechas no dan más que para comer medio año.

Tres días después de la luna llena, la caravana está lista para partir. Viajarán en tres grupos de diez yaks cada uno para evitar que se peleen. Cada grupo está encabezado por un yak guía al que se le adorna con katas -pañuelos de seda blanco- alrededor del cuello y con banderas de oración. Los yaks guías son muy apreciados porque son capaces de detectar el peligro en los pasos de montaña, perciben las avalanchas de nieve antes de que se produzcan, trazan rutas nuevas cuando el sendero se encuentra cortado y distinguen las zonas donde el hielo está duro o blando.

Antes de partir, los monjes hacen una puya -oraciones a Buda- mientras esparcen arroz. Los Dolpo-pa creen en los espíritus del más allá, son muy supersticiosos y para alejar a los malos espíritus.

A media mañana la caravana se pone en marcha, por delante les espera un largo camino lleno de peligros y de incertidumbres. Durante siete semanas viajaran, de sol a sol, hasta alcanzar el lago turquesa. Luego iniciaran el regreso atravesando los valles del oriente, para llegar de nuevo a Saldang a tiempo para no ser sorprendidos por las primeras nevadas del otoño.

Con este viaje, su supervivencia esta asegurada, al menos durante el largo y duro invierno. Luego, con la llegada de la primavera, volverán a repetir el viaje, así es la vida de los Dolpo-pa, una vida siempre en movimiento.

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