GEA PHOTOWORDS & NATIONAL GEOGRAPHIC

La colaboración entre National Geographic y GEA PHOTOWORDS continúa el próximo viernes 15 de junio con la conferencia-proyección `Brasil Histórico´ en la sede madrileña de National Geographic Store. Javier Moro y Ángel López Soto, ambos miembros de nuestra organización, hablarán de esa parte del gigante suramericano más desconocida. Un viaje por este hermoso país lleno de contrastes, magia e historia.
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FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS
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Javier Moro ganador del Premio Planeta 2011 con `El Imperio Eres Tú´ sobre la vida de Pedro I, convertido en emperador de Brasil a los veintitrés años, nos ambienta en el Brasil histórico en un recorrido por los estados de Minas Gerais y Bahía, acompañado de imágenes de Ángel López Soto.  Los países viven prisioneros de su imagen y muchos ignoran que Brasil es más que fútbol y carnaval. Quien se aventure en las entrañas de este inmenso país con nosotros, descubrirá riquezas y contrastes insospechados, fruto de un intenso abigarramiento cultural, así como del encanto y la magia de otra época.

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National Geographic Store
Gran Vía 74 – Madrid
 viernes, 15 de junio, a las 20.00 horas

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`BRASIL HISTÓRICO´
Por Javier Moro, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

Conocer la ciudad es participar en la vida de un “bloco”, es explorar los rincones donde todavía subsisten rituales como la Capoeira, una arte marcial africana propia de los antiguos esclavos y disfrazada de danza acrobática para engañar a los amos.  Las palmadas y los sonidos del “berimbau”, un instrumento que se parece a una caña de pesca, servían para alertar a los luchadores de que el patrón se acercaba.  Por toda la ciudad, se ven rodas de capoeira, grupos de músicos que cantan y luego luchan al ritmo de los tambores.

Pero el más conocido de los rituales es el Candomblé. Para los africanos de Brasil, el culto del Candomblé es lo mas singular de su existencia ya que, como en Africa, no existe nada que no descanse sobre un concepto religioso, o no tenga la religión como piedra angular.  Son rituales que se viven como fiestas en las que se adora a los santos.  Entre danzas, música y cantos colectivos, los Candomblés rinden culto e invocan la presencia, entre los mortales, de los Orixás, dioses africanos que en Brasil constituyen un amplio y variado panteón.

Se les invoca para librarse de la enfermedad, para comunicar con los muertos, para iniciar a un nuevo miembro o para promover a otro en la jerarquía del Candomblé, o simplemente para entrar en contacto con los dioses, ellos que son el símbolo de la parte buena y sana del ser humano, la parte alienada por las estrecheces de la vida cotidiana y que hay que liberar.  “Todos los brasileños tenemos un pie en el mundo visible y otro en el invisible”, me confesó un amigo bahiano que me ofreció asistir a un candomblé donde iban a iniciar a varios niños entre los cuales se encontraba un sobrino suyo.  La iniciación iba a durar 17 días más. Estaba de suerte, me dijo, porque podría asistir a la ceremonia más representativa, al “bautizo de sangre”.  A los siete años de edad, su sobrino, el pequeño Caito, se disponía gracias a ese ritual a dejar la infancia para entrar en el mundo de los hombres.

Después de media hora de recorrido en taxi por las calles empedradas, tortuosas y apenas iluminadas del centro, llegué a un terreiro, una especie de barracón iluminado de rojo, el color del Dios Xangó, dios del relámpago, de las cascadas y de los meteoritos que iba a ser invocado en la ceremonia de iniciación de Caito.  En el interior, ya había mucha gente sentada en dos filas de sillas.  Media docena de mujeres, las famosas bahianas, vestidas con amplias faldas, blusas blancas y turbantes, bailaban dando vueltas al son de unos tambores que dos negros, sentados al fondo de la habitación, tocaban con frenesí.  Mi presencia no suscitó ninguna curiosidad entre los asistentes, lo que me permitió explorar tranquilamente el terreiro.

En otra habitación estaban rapando la cabeza de Caito, mientras tres niños esperaban su turno. Caito hacía esfuerzos por disimular el dolor de la cuchilla que le estaba dejando el cráneo como un melón.  El barbero era el propio maestro de ceremonias, el “pai de santo”  (padre de santo). Sobre él y sobre la mujer (mae de santo) gravita la autoridad espiritual del grupo, la responsabilidad de la enseñanza y el gobierno de las ceremonias. Cuando las mujeres dejaron de bailar, volví a tomar asiento en la sala principal. Las figuras del altar casero estaban limpias y brillantes: un San Jorge a caballo, una estatuilla de Jesucristo, otra de una Virgen negra, un elefante indio, unas conchas marinas, cinco velas encendidas y unos platos ofrecidos al rey Xangó.

La algarabía de los tambores, los olores a especias y a flores, los vestidos, la música y el calor tropical, todo contribuía a crear una atmósfera de fuera de este mundo, un ambiente de hechizo tropical. De pronto, por encima del ruido de los tambores, se oyó el berrido de un carnero. El animal hizo su aparición por la puerta principal acompañado del pae de santo y de los niños, rapados y con incisiones en la cabeza. El hombre acercó un manojo de hojas verdes de cazajeira (una anacardiácea) al hocico del animal y luego las pasó levemente por la cabeza de los niños. Después se las acercó a la boca del carnero, que empezó a masticarlas. Acto seguido, el maestro de ceremonias le metió una piedra en la garganta y lo degolló, como si nada.

El animal dejó este mundo con un estertor apenas audible porque los tambores redoblaban con un ritmo cada vez mas endiablado. El calor, el olor a sangre y el espectáculo me hacían sentir como si hubiera bebido media botella de alcohol.  ¿Como se sentían los niños?  Caito se mantenía impasible mientras derramaban la sangre del carnero sobre su cráneo pelado. Luego le colocaron la cabeza del animal en el recipiente que sostenía sobre sus rodillas y le pegaron plumas de las aves sacrificadas por todo su cuerpo.  ensé que allí terminaba la ceremonia, pero no.  Quedaba la prueba de fuego: chupar un poco de sangre de los cuerpos de los animales decapitados.

 

`ACTUACIONES´

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Cuando presentaron ante Caito el cuello del gallo, lo mordió con tal fuerza que arrancó un pedazo y lentamente lo fue masticando, medio en trance. Ya no había expresión infantil en su rostro; actuaba como un hombre. Luego, en el lugar exacto donde le fueron hechas unas incisiones en el cráneo le hicieron un pequeño círculo con ciertas hojas impregnadas de sangre de los animales sacrificados, y al que pegaron unas plumas de gallina.  Lo llaman Oxú  y es la prueba ineluctable de su iniciación. A partir de ese momento, el pequeño Caito y los demás niños iban a ser llamado Adoxú, “los que han usado un oxú”.  Las marcas dejadas en sus cuerpos serán el recordatorio de que, a partir de ese momento, forman parte del mundo de los adultos. Así como han bebido leche cuando eran niños, ahora han bebido sangre de carnero.

Y para celebrarlo, las mujeres volvieron a bailar desenfrenadamente.  Pronto entraron en trance, una tras otra, poseídas cada una por uno de los dioses del panteón afro-brasileño. Una de ellas, curiosamente la que parecía mas serena y tranquila, se dobló hacia atrás hasta que su cabeza tocó el suelo. Su cuerpo arqueado empezó entonces a temblar, como sacudido por una descarga de 10.000 voltios. Tornó los ojos en blanco y soltó una espumilla por la boca mientras lanzaba un ronco estertor. Otras bailaban a su alrededor, sacudidas a su vez por el mismo tembleque sobrenatural; giraban en direcciones opuestas hasta que por fin la chica del cuerpo arqueado se estiró como abatida por un rayo.  Gimiendo y llorando, siguió dando vueltas sobre el suelo, hablando un idioma que solo ella entendía, y las demás entonaron una canción al unísono.  De repente me pregunté si se pondría límite a esta fiebre ritual.  Por un momento se me pasó por la cabeza que podían hacer con hombres y  mujeres lo que habían hecho al pobre carnero.

Me entraron unas ganas irresistibles de salir a tomar el aire.  Fuera del terreiro todo seguía igual: la noche envolvía en su quietud la ciudad de Bahia. Al cabo de unos minutos regresé al interior. El ambiente se había calmado completamente. Todo eran sonrisas, había un ambiente de comunión, como una bonanza que se hubiera instalado después de la tormenta. Las mujeres me decían que se sentían santificadas, purificadas.  Los hombres casi no hablaban; unos continuaban bailando, otros seguían cantando en un tono bajo, porque sin música es como sino hubiera vida, decían. El joven Caito estaba relajado; la expresión de su mirada era de una total serenidad, como si toda su vida hubiera sido testigo de este tipo de celebración. Es como si la visita de los dioses hubiera barrido por un momento el carácter de los hombres. El corazón del Brasil eterno seguía latiendo bajo la noche estrellada de Bahia.

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