GEA PHOTOWORDS & NATIONAL GEOGRAPHIC

Fruto de la colaboración entre National Geographic y GEA PHOTOWORDS, hoy, viernes 18 de mayo iniciamos una serie de conferencias-proyecciones en la sede madrileña de National Geographic Store (Gran Vía 74, 20 horas) para hablar del Amazonas.  Juan Carlos de la Cal, miembro de nuestra asociación, y Ricardo Awanach, hombre-medicina de la tribu de los Shuar de Ecuador, nos hablarán de la insostenible situación que se está viviendo en la selva amazónica de este país a consecuencia de la extracción incontrolada del petróleo. Durante la charla se proyectará un documental de producción propia y el acto concluirá con una «bendición indígena», realizada por el propio Ricardo, para todos los presentes en honor a la Madre Tierra.

 

 

                                                                                                                                                  Foto  ©   José F. Ferrer

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Decir Oriente en Ecuador es referirse a su mitad amazónica que, como en el cuento, viene a ser un reino lejano, mítico, algo así como el «país de nunca-jamás» de la nación andina. Una tierra que los periódicos sólo relacionan con el petróleo y la madera ilegal, donde habitan los pueblos desnudos y campa a sus anchas el narcotráfico. 153.598 kilómetros cuadrados que componen las seis provincias (Orellana, Napo, Pastaza, Sucumbios, Morona Santiago y Zamora Chinchipe) que, para la inmensa mayoría de la población, resultan intrascendentes por más que representen la primera fuente de divisas del Estado. Aunque sólo la disfrute una minoría…

Es en Oriente donde, desde hace ocho años, tiene lugar el mayor juicio ecológico delplaneta: el que los pobladores de la región de Coca siguen contra la compañía petrolífera norteamericana Texaco, causante de tremendos desastres medioambientales en la región amazónica donde operó durante cuatro lustros. Una batalla que comenzó hace 14 años en Estados Unidos y que, desde hace 8, por decisión de los magistrados estadounidenses, se libra en el propio territorio de los damnificados.

En nuestros viajes a la Amazonia nunca habíamos visto selva tan desguazada. Porque, mientras en otros lugares la mata simplemente ya no existe, aquí se mantiene presente, delgada y desvirgada una vez y otra por el intrincado laberinto de tubos, pozos de petróleo, estaciones de bombeo, y depósitos en los que se guarda el crudo para ser enviado por un oleoducto hasta la costa del Pacífico, a 600 kilómetros de aquí. Un Mad Max amazónico, Apocalipsis Now a gran escala. A ambos lados de la Vía los colonos ocupan una faja de 8 a 16 kms de profundidad. Allí viven y enferman de contaminación.

Las enormes llamas de los mecheros que queman el gas, compañero fiel del petróleo, asoman entre los árboles como apariciones. Son de un amarillo fuerte y arden con brío azotadas por el viento andino que bate estos días la región. La humedad ambiente impide cualquier riesgo de incendio. Es un contraste brutal, intimidador. Impresiona acostumbrarse a conducir entre ésos tubos omnipresentes en las carreteras abiertas por las empresas petroleras, formando parte del
paisaje, borrón asumido o mal menor de todo lo que está pasando por debajo.

 

Por la «Vía Auca»

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Para acceder a esta carretera hay que cruzar el río Napo por un puente metálico construido con desechos y materiales sobrantes de los pozos petrolíferos. Este nombre de resonancias romanas se traduce literalmente como «Camino Salvaje» en lengua quíchua, el idioma común de la región. Quien así bautizó lo hizo pensando en los feroces Aucas, hoy Huaoranis, quienes a su vez lo denominan “Camino de los Cohuori” o comegente», que es la manera de nombrar a los que vinieron a acabar con su añejo mundo. A la población de raíz quíchua instalada por generaciones en la selva se les dice naporunas, gentes del Napo.

El fraile capuchino, Juan Carlos Andueza, nos ilustra acerca de como el progreso puede perturbar algunas costumbres ancestrales de estos pueblos: «Antes los naporunas se acostaban a las 7 u 8 de la tarde y se levantaban antes al amanecer para contar sus sueños. Así, si habían soñado con animales, se iban de caza. Si vieron tormenta, se quedaban en casa. Esos sueños regulaban su día a día y no hacían nada sin consultárselo a su astral. Nosotros teníamos un hermano en la misión que antes de tomar una decisión importante nos pedía que le dejásemos «soñarlo» y que al día siguiente nos contestaba. Y así lo hacía. Pero con la televisión y la radio sus horarios se han alterado y los naporunas ya no sueñan».

Andueza habla al pie de una de las decenas de estaciones de bombeo que existen en la selva que rodea Coca, la Yulebra-1, con 6 pozos y una producción de 3.200 barriles diarios. Hace 10 años, José Guamán, el responsable, dejó la chacra de campesino en su Loja natal y se bajó a la selva para buscarse la vida como petrolero. Y lo consguió. Hoy es el jefe de esta estación, cobra 350 dólares mensuales y tiene a una docena de operarios de Petroecuador a sus órdenes. Al precio actual del barril (70$), de aquí salen todos los días más de 200.000 dólares para el erario de la empresa estatal ecuatoriana. Pero no se queda nada.

En las afueras del recinto encontramos una piscina de desagüe a cielo abierto repleta de crudo. Cuando llueve se desborda y el petróleo se derrama por toda la floresta que la circunda. Parte de ese crudo llegará al río, contaminará el agua y envenenará a todos los que la beban. Es el primer paso de la cadena antibiológica, de contaminación, que existe en Coca. Invirtiendo en tecnología, Petroecuador podría haber evitado todo esto. Pero esta parte de la Amazonía está llena de piscinas así.

Ecuador es el decimoquinto productor mundial de petróleo. Y todo sale del suelo del Oriente. Sin embargo, es habitual que las gasolineras de Coca se queden desabastecidas durante días porque el crudo va directo a una refinería de la costa de Esmeraldas y tarda demasiado en volver. Viendo ese gas ardiendo día y noche en los mecheros, perdido, contaminando el aire, sirviendo de chimenea natural para que los buitres ganen altura con el aire caliente que asciende en remolinos, no se entiende que una bombona de 15 litros se pague en el mercado a no menos de 3 dólares.

«Amo la vida», reza un cartel de Petroecuador colocado en la fachada de otra estación de bombeo. Mientras, la Amazonía ruge con el ruido de las centenares de motobombas instaladas por todos los rincones. Amargo contraste entre el mundo real y el de la propaganda. El tráfico de camiones por las carreteras resuena febril. Hasta hace pocos años eran todas de tierra, pero la perspectiva del negocio ha llevado a las petroleras a  invertir bastante en esta infraestructura fundamental. Millones de toneladas de piedras han sido traídas desde lechos de ríos lejanos para reforzar el firme apisonado por enormes máquinas. Ya hay muchos kilómetros asfaltados.

El 119  marca el fin del asfalto de la Vía Auca, que de momento acaba a las puertas del Parque Nacional del Yasuní, Reserva del Pelistoceno, próximo pedazo del pastel donde meter la cuchara. Yalas retroescavadoras abren huecos en la tierra roja. Los indios lasllaman maki supay, «la mano del diablo», del asombro que les produce ver la ultramóvil pala destrozando su tierra pachamama.

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(Estracto del libro «Viaje al traspasado corazón del mundo: rebuscando ELDORADO» , Editorial Manuscritos, publicado por el autor con la colaboración de GEA PHOTOWORDS  junto a su hermano, Francisco de la Cal, con fotos de José F. Ferrer)

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Petrólero, la selva lo tiene crudo

Lugar: National Geographic Store

Gran Vía 74 – Madrid

Día: viernes, 18 de mayo a las 20.00 horas

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