LA LLUVIA DE GUATEMALA

.

Exhumación de los restos de víctimas del genocidio indígena de la provincia de Quiché en la Fundación de Antropología Forense.

.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

.


Por Nacho Carretero, miembro de GEA PHOTOWORDS

.

‘Allí la vida no vale nada’ es una frase hecha que se suele utilizar cuando se define un lugar dominado por la violencia. No es el caso de Guatemala. En Guatemala la vida sí tiene precio. La policía detuvo el pasado año a varios sicarios por el asesinato de un hombre. Habían cobrado cinco euros cada uno por hacerlo.

Guatemala es uno de los países más violentos de Latinoamérica. Su realidad coincide con los tópicos europeos sobre inseguridad latinoamericana, solo que en su caso no es una exageración. Según datos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala (Inacif), en 2009 tuvieron lugar 6.200 homicidios en una población que no supera los 14 millones de habitantes. Esto supone que, de media, en Guatemala se producen 17 asesinatos al día. Para los amantes de los números: en Guatemala hay una tasa de 44 homicidios por cada cien mil habitantes. En España esta tasa es de 3,3 muertes por los mismos habitantes y la media de la UE es de 1,7. En EEUU llega a 5. Frente a los 44 de Guatemala.

Carlos Castresana, presidente de la Comisión de Investigación contra la Impunidad en Guatemala, dependiente de la ONU, califica la situación del país como “una orgía de violencia”. Castresana revela que Guatemala cuenta con 18.000 policías que trabajan en tres turnos. Esto supone que, para 12 millones de personas, hay disponibles 6.000 policías. En realidad, existen cuatro veces más miembros de seguridad privada que agentes públicos. Una seguridad privada que, como explica Castresana, “en la mayoría de casos no se sabe qué hacen ni de quién dependen, pero están armados”. Las armas: en Guatemala se estima que, a día de hoy, hay 500.000 armas fuera de control. Hasta hace pocos meses no era necesario tener licencia de armas para poseerlas. Además, hay circulantes 50 millones de unidades de munición, más del doble que durante el conflicto civil que vivió el país.

LA IMPUNIDAD

¿Por qué? ¿Por qué Guatemala padece estos números?

La premio Nobel de la Paz y probable candidata a la presidencia de Guatemala en 2012 con su partido Winaq’ (Ser Humano Integral, en lengua quiché) Rigoberta Menchú, explica que Guatemala vive sumida en la pobreza. Sus datos señalan que “dos millones de niños guatemaltecos sufren desnutrición”. Para la escritora y activista política, Guatemala sufre una “crisis humanitaria” y por ello pide la atención de la Comunidad Internacional. En su departamento, Quiché, muchos niños se dedican a limpiar zapatos, vender periódicos o trabajar en el mercado. En las faldas del volcán Pacaya, en el departamento de Escuintla, los niños piden comida a los turistas tirándoles del pantalón y en Ciudad de Guatemala, la capital, a algunos adolescentes les sale antes la pistola que la barba.

¿Sólo el hambre dibuja esta realidad en Guatemala? A juicio de la mayoría de expertos en el país, una de las claves para entender la violencia que desangra Guatemala es la impunidad. Según Naciones Unidas, el 95% de los asesinatos en este país no se investigan. No es que no se resuelvan o no se juzgue al asesino. Directamente, no se inicia una investigación. En el caso de asesinatos de mujeres, este porcentaje se eleva hasta el 98%. Del 2% que se investigan, no todos se resuelven. Esto deja un panorama desalentador mediante el que el hecho de matar, en Guatemala, es fácil y no tiene consecuencias. Si alguien quiere algo, mata, porque sabe que, en un 95% de los casos, no le va a pasar nada. Al menos con la Justicia de su país.

El motivo primero que explica la impunidad en Guatemala es el de la falta de medios: no existen las pruebas científicas, el protocolo no establece que el forense visite el lugar del crimen ni que el policía haga lo propio en la autopsia. Los laboratorios tienen enormes carencias de instrumental y los especialistas algunas lagunas de preparación. Es fácil que el asesino desaparezca sin que se le pueda seguir el rastro. Mayor parece el problema de la corrupción entre los investigadores: sólo en 2009 fueron cesados o despedidos 1.700 policías.

Bajo estas causas se esconde otra más difícil de extirpar y que tiene que ver con la cultura, con la forma de entender la violencia en Guatemala. “Existe una fuerte carga cultural por la que la sociedad guatemalteca considera la violencia intrafamiliar un asunto privado, no un delito. Esta forma de pensar todavía está en muchos funcionarios del Ministerio Público», dice Claudia González, representante del Fiscal General de Guatemala. En el caso de la violencia contra las mujeres existe el añadido de que en Guatemala se respira un machismo exagerado. “En Guatemala todos hemos sido educados en la idea de que la mujer está al servicio del hombre, incluidos jueces y fiscales”, explica el periodista guatemalteco Luis Arévalo.

La hija de Jorge Velázquez, Claudia Isabel, fue asesinada en diciembre de 2005 cuando tenía 15 años. Jorge recibió una llamada al móvil la noche que su hija había ido a una fiesta. Era el novio de ella, diciéndole que estaba hablando con Claudina por teléfono cuando la conversación se cortó entre gritos. Jorge acudió a la comisaría en ese momento, pero le dijeron que no podían hacer nada hasta que pasaran 24 horas. Desesperado, la buscó por su cuenta. Tres horas después de efectuar la denuncia, encontraron a Claudina muerta con un disparo en la frente. Antes, había sido violada. No se inició ningún tipo de investigación. A Jorge le devolvieron en el tanatorio la ropa de Claudina en una bolsa de plástico. “La ropa de una chica violada, una evidencia clave, en una bolsa de plástico”, susurra Jorge para disimular que su voz se ha quebrado. Después, dos hombres tomaron las huellas dactilares del cadáver mientras era velado porque “se les había olvidado hacerlo antes”. Finalmente, el juez dictaminó que Claudina era una prostituta porque llevaba una gargantilla en el momento del asesinato. Cerró el caso sin hallar culpables. “El Ministerio Público –las lágrimas de Jorge ya no se esconden- concluyó que mi hija era una puta y que por tanto merecía morir”.

Rosa Franco, la madre de María Isabel, de 16 años, se enteró del asesinato al reconocer la ropa de su hija en una imagen del informativo, después de ser ignorada por la policía. Licenciada en Derecho, Rosa inició la investigación por su cuenta, ya que la policía “se reía de mí cuando pedía ayuda. Jueces y agentes se burlaban, diciendo que mi hija llevaba falda cuando fue asesinada”. Investigar por su cuenta le costó a Rosa amenazas de muerte. Hoy, no sólo no sabe quién mató a su hija, sino que está intentando salir de Guatemala por miedo a ser asesinada.

Las autoridades se defienden. “Los ciudadanos no colaboran ni proporcionan información. Hay una separación con el Fiscal”, añade Claudia González, la representante del Fiscal General. “Son comunidades muy cerradas, nadie quiere testificar ni hablar cuando se produce un asesinato”, dice la magistrada de la Corte Suprema Beatriz León. Teresa de Jesús Escobar, inspectora de la Policía Nacional Civil y jefa de la Oficina de Derechos Humanos, va más allá. “No se puede hacer nada. Es imposible resolver cosas sin nadie que quiera testificar. Nadie nos hace caso cuando preguntamos o indagamos. Nuestro trabajo es frustrante”. Carlos Castresana resume: “En Guatemala existe un divorcio completo sociedad – Justicia. Aquí nadie confía en la policía. Nadie hace nada porque nadie espera que cambie nada”.

UNA HISTORIA MANCHADA DE SANGRE

“Somos hijos de una violación histórica”, dice Emilio. Es guía turístico. Organiza excursiones a volcanes y mientras asciende por la montaña, jadea sus teorías. Sus puntos de vista sobre la historia de su país son más románticos que científicos: “Hace 400 años llegaron los españoles aquí. Lo primero que hicieron fue violar a las mujeres indígenas. No hubo un mestizaje real, fue una violación colectiva, un abuso, y de ahí nacimos los mestizos guatemaltecos. Somos hijos de una violación histórica y ese resentimiento, ese enfado, aún pervive en nosotros porque, al fin y al cabo, 400 años son siete generaciones. Y eso no es tanto”. Emilio se detiene, se quita la gorra y mirando hacia el cráter del volcán se seca el sudor de la frente. “Esto explica la violencia en Guatemala”, dice. Y sigue caminando.

Además de la falta de medios, la pobreza y la impunidad, la historia de Guatemala es un factor imprescindible para entender por qué el país padece esta espiral de violencia. Guatemala padeció un conflicto civil interminable que comenzó en 1960 y se extendió hasta 1996. La herencia de esta olvidada guerra vive hoy entre los guatemaltecos.

Durante los años de conflicto tuvo lugar el genocidio contra los mayas. El 90% de la población de Guatemala es indígena o mestiza y una cuarta parte son mayas. Ellos no han obtenido un segundo de paz desde la llegada, en 1524, de los españoles. Entonces sufrieron el primer genocidio (con un número incalculable de víctimas) para después ser marginados por los colonizadores primero y los criollos después. Cuando Guatemala logró su independencia de España en 1821, continuaron excluidos y sufrieron un nuevo genocidio entre 1981 y 1984 (en el marco del conflicto civil) donde 132.000 mayas fueron asesinados. El 98% de estos asesinatos no han sido esclarecidos y a día de hoy se siguen abriendo fosas comunes para rescatar e identificar esqueletos.

LOS PARAMILITARES

La periodista guatemalteca Karen Ramos, explica que muchas de estas matanzas fueron llevadas a cabo por “facciones de poder, grupos armados y organizados, paralelos al Ejército”. Estos grupos paramilitares dependían del Gobierno o de partidos políticos en la oposición, eran sus brazos armados durante el conflicto. “Deberían haber sido desarmados tras los acuerdos de paz en 1996, pero su desmantelamiento real nunca se produjo”, dice Karen. Sencillamente, su vínculo con los partidos políticos se difuminó, pero todavía existen a día de hoy. Invisibles, escondidos, sin portavoces ni responsables conocidos. Pero existen. “En Guatemala hay decenas de grupos de seguridad privada que nadie sabe exactamente para quién trabajan ni qué hacen, pero que están armados”, añade Carlos Castresana.

Es un tabú conocido por los guatemaltecos que estos grupos, actualmente, son utilizados por algunos partidos como instrumento político-social. La mayoría de fuentes oficiales lo niegan. La mayoría de ciudadanos, ni lo dudan: “Partidos como el FRG, dirigido por el opositor Efraim Ríos -presidente de Guatemala durante el genocidio contra los mayas- tienen en estos grupos una herramienta. Si quieren atacar al Gobierno pueden alentarlos a delinquir o a crear alarma social y después los políticos opositores atacan al Gobierno”, explica un periodista guatemalteco que trabaja para la Embajada. No son pocos los que creen que detrás de los últimos asesinatos de chóferes de autobuses urbanos en la capital (casi 40 en lo que va de año) están algunos políticos opositores, que hablaron de desmantelar el Parlamento cuando se producían los asesinatos. Nadie tiene pruebas fehacientes, pero las teorías están en boca de todos y cada uno de los guatemaltecos.

El Estado no se libra. Lejos de luchar contra estos grupos, también está siendo parte colaboradora en esta violencia. Se amontonan los casos de corrupción en fiscales, diputados, ministros, cargos policiales… “Es como si todos los partidos políticos, en el Gobierno o en la oposición, necesitaran su brazo armado para lograr algunos propósitos”, concluye Karen.

LAS MARAS

Las maras aportan su porción al pastel violento del país. Son pandillas de jóvenes y no tan jóvenes hijos de barrios olvidados. Se originaron en EEUU con inmigrantes centroamericanos que se agrupaban ante lo extraño. El fenómeno se trasladó después a los países de origen. Las dos más conocidas son la Pandilla 18 y la Mara Salvatrucha y ambas tienen un fondo casi religioso, espiritual, de pertenencia a la mara, mediante rituales y tatuajes simbólicos. Las maras dominan zonas (distritos) enteras de la capital estableciendo un auténtico contra-estado en ellas. Donde mandan las maras, pocos acuden a la policía. Como la mafia, la mara ‘protege’ al vecindario y le soluciona los problemas. A cambio, comerciantes, taxistas o conductores de autobús deben pagar un impuesto a la mara. Si hay alguna actuación criminal por parte de la mara, nadie abrirá la boca, ya que es la mara quien imparte justicia, hace y deshace a su antojo: los distritos controlados por las maras son ajenos a las instituciones.

Jairo es taxista en Ciudad de Guatemala, la capital. Es delgado, alto, muy moreno. Su exagerada sonrisa blanca parece deslumbrar. Al volante, mirando más al retrovisor que a la carretera, habla de las maras. “Cuidado con los tatuajes. Si tienes en los brazos, escóndelos o pueden confundirte con un marero. Y entonces hay problemas. ¡Uh si hay problemas…!”. Y pone gesto grave. “No vas a ver ningún marero, porque si ves alguno, te matan”. Jairo invade el carril de al lado, maniobra con brusquedad y continúa. “Las maras están en sus territorios: si yo entrase ahí me matarían sólo por no ser del barrio. Lo que no haría nunca si me cruzo con mareros es mirarlos a la cara…”.

Lisa tiene 27 años, es de Ciudad de Guatemala.Trabaja para una organización de derechos para las mujeres. Su camiseta negra, con la frase ‘justicia’ en letras amarillas, rompe con el paisaje urbano. “Soy feminista”, dice. Hace dos años quiso sacarse un dinero trabajando como agente censal. “Por suerte para mí me tocó la zona 1, que no es de las más peligrosas”, cuenta. Sin embargo, Lisa relata cómo en ciertas partes de la zona 1 tuvo que pagar a grupos de chicos para poder pasar. “Estaban en una esquina, me veían y me preguntaban quién era. Les decía que tenía que hacer el censo y me cobraban por continuar. Al final de la tarde ya llevaba el dinero preparado en cada esquina”.

La rivalidad entre las maras es enorme. Tal, que el Estado se ha visto obligado a distribuir a los mareros detenidos en distintas cárceles según la pandilla a la que pertenecen. Así, si un chaval de la Mara Salvatrucha es condenado a prisión, se le envía a un centro donde sólo hay mareros de la Salvatrucha. Si enviaran ahí a uno de la 18 duraría minutos. “A la mayoría de la 18 los mandan al ‘Preventivo de la zona 18’, que es el distrito de esta mara”, dice Jairo, “Es terrible esa cárcel. ¡Uh, terrible! Yo tengo mujer, un hijo, sólo quiero trabajar”. Parece justificarse. El problema de la segregación en las prisiones es que se han convertido en auténticos centros neurálgicos para las maras. Sin pandilleros rivales, los mareros detenidos se encuentran con una ‘oficina’ para coordinar la pandilla. No sólo eso, sino que chicos detenidos por coquetear con la ‘clika’ (pandilla) salen convertidos en auténticos mareros tras su paso por prisión.

LOS PAISAS Y LOS NARCOS

A las maras se le unen los paisas. Los paisas son criminales que actúan en grupos organizados, pero que no se consideran pandilleros. Odian a las maras. Se trata de sicarios, criminales por encargo, atracadores, etcétera. Los paisas también tienen sus prisiones exclusivas. “Un día mandaron a dos mareros de la 18 a una cárcel de paisas: les cortaron la cabeza para demostrar que ellos no eran pandilleros”, dice Álvaro, repartidor de periódicos en la capital. Sus brazos parecen endebles, pero levantan fajos de noticias como si no pesaran.

Muchos de estos mareros y paisas provienen de los asentamientos que inundan la capital. Los asentamientos de Ciudad de Guatemala son lo que en Brasil se conocen como favelas y en España como poblados: barrios marginales de chabolas sin control de ningún tipo. Se calcula que hay casi 170 asentamientos en la capital, que tiene un millón y medio de habitantes. Estos asentamientos viven ajenos al sistema. “¿La policía? No, no. No entran”, dice Álvaro. Habla con temor de “La Limonada, El Incienso, La Esperanza o El Esfuerzo”, algunos de los asentamientos más conflictivos.

En los últimos años, a paramilitares, maras y paisas, se les han unido los narcos. “Alrededor del 70% de la droga que es trasladada a EEUU pasa o se almacena en Guatemala”, explica Castresana. La debilidad del Estado está empujando a muchos cárteles mexicanos a operar en el país vecino, lo que añade un factor más de violencia. “Es lo que les faltaba…”, resopla.

“Mire –dice Emilio, el guía del volcán- yo le puedo vender los volcanes, la ciudad de Antigua, el Tikal o Chichicastenango. Le puedo hablar de los mercados, de la playa y del sol. Pero lo que yo no voy a hacer, es no contarle lo de la violencia”. La niebla baja veloz por la ladera. Emilio sacude la tierra de una de sus botas y mira al cielo. “Lo bueno de Guatemala es que sabes cuándo va a llover porque siempre llueve los mismos días y a las mismas horas”, dice. “Y te puedes proteger”.

.

No comments yet.

Deja una respuesta

Leave your opinion here. Please be nice. Your Email address will be kept private.