GÜNTER GRASS – ISRAEL

Las declaraciones del Premio Nóbel alemán, el escritor Günter Grass, asegurando que `Israel es un peligro para el mundo´ están dando mucho que hablar. El país judío le ha declarado `persona non grata´ y las críticas hacia su presunto antisemitismo le llueven de la misma manera que las alabanzas de los que piensan lo mismo pero nunca se atrevieron a confesarlo en público. El autor de este artículo nos escribe una breve reflexión sobre lo que supone para el equilibrio de la zona este tipo de afirmaciones, con el conflicto contra Irán de fondo.

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Günter Grass

Ilustración ©  GEA PHOTOWORDS

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Por Elias Zaldivar para GEA PHOTOWORDS

 

 

No creo que el autor de “El tambor de hojalata”, Günter Grass, odie a los judíos y a su estado, Israel, al menos en lo que atañe al discurso público. En su fuero interno, vaya uno a saber y, por lo demás, ¿a quién le importa?

El “poema”, una simple tira de orden político, no habría trascendido si Grass no hubiera sostenido que “Israel es un peligro para el mundo” a partir de la suposición de que atacará a la República Islámica de Irán con su presunto arsenal de armas atómicas.  En Israel y en el mundo occidental, con el cual se enfrenta Irán desde hace años, desde la revolución del Ayatola Jomeini (1979) que derrocó al Reza (rey) Pahlevi, se afirma que quién es un peligro para el mundo es, precisamente, el régimen iraní debido a sus planes nucleares.

Es difícil pensar que Grass desconoce las amenazas del presidente iraní Ahmadinejad contra Israel, como cuando, alineado con los palestinos, enfervoriza a las masas diciendo que “hay que borrar a Israel del mapa”.  Por su parte, el estado judío, a pesar de su poderío y su política de “ambiguedad” respecto de si posee o no armas atómicas – “Israel no será el primero en emplearlas en Oriente Medio”, se ha repetido constantemente desde los diferentes gobiernos-,  sólo firmará su adhesión al Tratado de No Proliferación (TNP), es decir, abrirá a la Agencia Internacional de Energía Nuclear su reactor atómico de Dimona, cuando todos los países árabes vecinos reconozcan y hagan las paces con Israel.

Que yo recuerde, jamás un gobierno de Israel (21.000 km2, y en la actualidad con 8 millones de habitantes) amenazó con atacar a otro país. Ese supuesto armamento en su poder – entre otros submarinos nucleares provistos por Alemania – le ha servido desde la década de 1960 como un factor de disuasión militar. Y esto, me animo a decir, “gracias” a la desconfianza visceral que se tiene en el mundo árabe, y no sólo allí, respecto de los judíos en general.

Lo curioso en este episodio de cinco centavos es que Grass, que hubiese podido exhortar y llamar a la cordura y a la paz a israelíes -y también a los iraníes en plena carrera para alcanzar la capacidad de producir armas atómicas-, se olvidó de las amenazas de Ahmadinejad y sus portavoces, todos descendientes de la gran civilización persa, lo que parece mentira.  Sin duda, Grass puede afirmar, y estaría en pleno derecho, si quisiese atacar al actual gobierno israelí y a sus amagos de lanzar un ataque preventivo (no nuclear) contra los centros de experimentación nuclear en Irán. Pero aún así, esto nunca sería “borrar a Irán”, o a su pueblo, del mapa.

Si de Ahmadinejad dependiese, no sólo exterminaría a Israel. Con la bomba atómica entre sus manos podría ejercer la hegemonía entre los árabes vacinos, que no son iraníes, faena en la que tendrá que medirse con Turquía, pero este es otro cantar, todos como hijos del Islam.

Lo de Grass, que no es el primero en asegurar que “Israel es un peligro para el mundo” (lo escuchamos muchas veces ya), hubiese pasado tan inadvertido como el vuelo de una mosca de no ser un escritor que recibió el Nobel y fuma en pipa. Bien puede haber sido un disparo de su excepcional vanidad y engreimiento – según nos atenemos a la descripción que de él hace Sebastian Hammelehle, editor literario del Der Spiegel- , y a creer que está sentado en el ágora de la moral universal (en lo cual tampoco es original ni el único). Y así, en el tren del idiotismo intelectual contemporáneo, el de izquierdas y el de derechas, el ministro israelí del Interior, Eli Ishai – que no leyó “El tambor de hojalata” y ni siquiera sabe quién es Grass- lo declaró “persona non grata” en Israel.

 

Elías Zaldívar (originalmente Elías Scherbakovsky, hijo de un judío de una aldea vecina de Pinsk que huyó a la edad de seis años de Rusia con unos tíos, uno de los cuales se había hecho con un carro de sal, que entonces valía lo que el oro, y les financió la travesía en un vapor a Buenos Aires) nació en Argentina en el año 1936. Desde hace casi medio siglo ejerce el periodismo. En Buenos Aires, como cronista cinematográfico y, desde 1977, con el seudónimo de Elías Zaldívar, como representante de la Agencia EFE en Jerusalén, y como corresponsal de las cadenas de televisión Univisión, CBS y Telemundo.
En 1972, en Jerusalén, publicó un volumen de relatos, El inventor de la mentira real y, en el año 2001, la editorial Milá de Buenos Aires dio a conocer la novela La Monalisa de Jerusalén, premiada en un certamen de la editorial Acervo Cultural de esa ciudad. Tiene en edición la novela El padre de los monos, y dos novelas sin publicar: «Los idealistas de la Patagonia» y «La trapecista ciega» (título provisional). Con excepción del primer título, las otras tres obras transcurren en Jerusalén y en Europa.

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