HADZAS – EL TRIUNFO DE VIVIR SIN REGLAS

No cultivan la tierra, no crían ganado y viven sin reglas ni calendarios. Llevan una existencia de cazadores-recolectores que apenas ha cambiado en 10.000 años. ¿Qué saben ellos que nosotros hemos olvidado?, se preguntaba hace poco desde las páginas de una gran revista internacional. Se acaba de cumplir el primer aniversario de la histórica victoria territorial de los hadzas en Tanzania. En octubre de 2011 el Gobierno de este país dio un paso sin precedentes reconociendo los derechos territoriales de una tribu minoritaria. Con este reportaje, GEA PHOTOWORDS inicia una serie en colaboración con la ong SURVIVAL sobre la tribus más amenazadas del planeta.

 

FOTO ©  Jean du Plessis – Wayo Africa

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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La tierra ancestral de los hadzas –unos 2.500 kilómetros cuadrados- se encuentra al borde de las llanuras del Serengeti, a la sombra del cráter del Ngorongoro, en el noroeste de Tanzania. Es una amplia llanura que abarca las aguas saladas y someras del lago Eyasi y está protegida por los baluartes rocosos del Gran Rift Valley. Probablemente hayan vivido allí durante milenios. Según las pruebas genéticas, pueden representar una de las raíces principales del árbol genealógico de la humanidad, que se remontaría más de 100.000 años en el tiempo.

De hecho, hablan una lengua de chasquidos que no guarda relación con ninguna otra de la Tierra. No llevan cuentas ni ma­­nejan horas, días, semanas ni meses. Su idioma carece de numerales más allá del tres o el cuatro.Tienen una relación tan especial con su entorno, que utilizan el canto de un ave africana para guiarse hasta las colmenas en los baobabs y sus flechas están terminadas con plumas de gallinas de Guinea. Lo que parecen ofrecer los hadza, y de ahí el gran interés que despiertan en los antropólogos, es la posibilidad de vislumbrar cómo se vivía antes del nacimiento de la agricultura, hace 10.000 años.

Los hadza no practican la guerra. Sus grupos de población nunca han llegado a ser tan densos como para verse amenazados por un brote infeccioso. Que se sepa, jamás han sufrido una hambruna. Por el contrario, hay evidencias de que en tiempos de cosechas perdidas fueron a vivir con ellos los miembros de un grupo de agricultores. Los hadza siguen hoy una dieta más estable y variada que la mayoría de los ciudadanos del mundo. Disfrutan de mucho tiempo de ocio. Los antropólogos han calculado que «trabajan» (buscan alimento activamente) de cuatro a seis horas al día. Y durante milenios apenas han dejado huella en el paisaje.

Hasta la década de los cincuenta todos los hadzas sobrevivían gracias a la caza y la recolección. Cazaban cebras, jirafas y búfalos en la tierra densamente cubierta de acacias de su hogar en Yaeda Chini. Compartían su hogar con rinocerontes, leones, elefantes y grandes manadas de animales de la sabana.

Sin embargo, el número de grandes mamíferos ha decrecido enormemente por lo que en la actualidad los hadzas cazan principalmente madoquas o dik-dik (unos antílopes de pequeño tamaño), monos, cerdos salvajes, jabalíes e impalas, con algún eland y kudu de forma ocasional.

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Clavos convertidos en puntas de flecha. Se cubren con veneno de las matas de rosas del desierto.

FOTO ©  Joanna Eede

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SIN TIERRA

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Durante los últimos 50 años, sin embargo, la tribu ha perdido más del 90% de su tierra. Desde entonces, el Gobierno tanzano les ha intentado “sedentarizar” en repetidas ocasiones. Tanzania es una nación con vocación de futuro, deseosa de incorporarse a la marcha de la economía global. Ser unos cazadores de babuinos no es la imagen que desean proyectar muchos dirigentes del país. Un ministro ha calificado a los hadza de atrasados. El propio presidente ha afirmado que los hadza «deben ser transformados». El gobierno quiere escolarizarlos, alojarlos en viviendas y colocarlos en empleos como es debido.

En la actualidad, solo entre 300 y 400 hadzas –la tercera parte de su población- son todavía cazadores-recolectores que obtienen la mayor parte de su comida de su entorno. El resto vive en comunidades asentadas y complementan los alimentos que compran en las tiendas con productos silvestres.

“En algunas zonas, los hadzas viven en la pobreza en la tierra que les fue usurpada por sus vecinos agricultores, en una situación de extrema discriminación”, asegura el antropólogo James Woodburn, que ha trabajado con los hadzas durante décadas.“Llevan milenios viviendo en sus tierras, pero desde hace años se los trata como lo más bajo de la sociedad”, añade por su parte el director de Survival Stephen Corry.

Los agricultores, pastores y propietarios de rebaños de ganado han empujado a los hadzas hasta los límites de su territorio. “Puesto que no plantamos cultivos ni tenemos ganado, la mayoría de la gente, y también los líderes del Gobierno, consideran que nuestras tierras están vacías e inutilizadas”, se lamenta un hombre hadza.

La principal razón de que los hadza hayan podido mantener su estilo de vida durante tanto tiempo es que su territorio nativo nunca ha sido un lugar atractivo. El suelo es salino; el agua dulce escasea; los bichos pueden llegar a ser insoportables. Por lo que se ve, en decenas de miles de años nadie más ha querido vivir aquí. Por eso nadie los ha molestado. En los últimos tiempos, sin embargo, las crecientes presiones poblacionales han llevado consigo una rápida afluencia de nuevos residentes hasta el territorio hadza. El hecho de que la presencia de esta etnia sea tan benigna para con la tierra en cierto modo los ha perjudicado: los extranjeros ven en ella una región desierta y desaprovechada, un lugar que pide a gritos ser desarrollado. Los hadza, pacíficos por naturaleza, siempre han preferido desplazarse a combatir. Pero ahora ya no tienen adónde replegarse.

Sus arbustos de bayas han sido destruidos para dejar paso a los cultivos, sus bosques arrasados para obtener carbón vegetal y sus pozos usados para regar enormes campos de cebollas. Ahora se conforman con cultivar boniatos en las orillas saladas del lago Eyasi.

Durante los últimos cinco años, sin embargo, la creciente conciencia mundial sobre su situación ha conducido a algunos éxitos significativos para la tribu.

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Un joven hadza se come un panal segundos después de que haya sido extraído de la colmena.

FOTO ©  Joanna Eede

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TRIUNFO

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Los hadzas se enfrentaron a la expulsión en 2007 cuando una empresa extranjera de safaris logró una licencia del Gobierno de Tanzania para una gran concesión de caza. La empresa se vio obligada a abandonar el proyecto tras una campaña internacional liderada por los propios hadzas y una coalición de ONG locales e internacionales.

Más recientemente, en octubre de 2011, una comunidad hadza de 700 personas obtuvo títulos de propiedad territorial sobre más de 20.000 hectáreas. Fue un momento histórico: la primera vez que el Gobierno tanzano había reconocido formalmente los derechos territoriales de una tribu minoritaria.

“A lo largo de las últimas décadas los hadzas han visto cómo su tierra se erosionaba. Pero ahora algunos de ellos poseen sus títulos de propiedad, lo que les permitirá seguir subsistiendo exitosamente, al igual que lo han hecho durante miles de años”, recuerda Stephen Corry.

Lo paradójico es que los hadzas acumulan muy pocas posesiones materiales. Frecuentemente distribuyen todo lo que tienen, ya que compartir es fundamental para su ética.“Como hadza, si tienes más posesiones personales, como arcos, flechas o pipas de piedra, de las que tienes necesidad para tu uso inmediato, deberías compartirlas”, explica James Woodburn. “Para ellos, compartir no es un acto de generosidad. Es una obligación moral el dar lo que tienes sin esperar nada a cambio”.

La pregunta es, ¿serán capaces de defender su mayor posesión una tribu que está acostumbrada a no poseer nada? Quizá la revista tenga razón: ellos aprendieron, en el principio de los tiempos, algo que nosotros ya hemos olvidado…

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Para más información entrar en la web de Survival: www.survival.es

 

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