HAMBRUNA EN NÍGER

Tuaregs en el desierto del Teneré  -  Foto  ©  ANGEL LÓPEZ SOTO, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por CRISTINA SÁNCHEZ para GEA PHOTOWORDS

Existe un lugar en el mundo y, con toda probabilidad y desgraciadamente, no será el único, en el que algunos de sus habitantes acuden, cada día, a colonias de hormigas para hacerse con las semillas que éstas almacenan. Kilómetros caminan las mujeres para conseguir el único alimento que pueden llevarse a la boca. Y es que la desesperación, en Níger, adquiere el rostro de la peor hambruna de su historia. Es la tragedia invisible, silenciada, de 7,3 millones de seres humanos, casi la mitad de su población, con uno de cada cinco niños sufriendo, a día de hoy, malnutrición severa. Ya en el 2005, una fotografía sobre el hambre en esa nación africana ganó el premio World Press Photo. La imagen era desagarradora. Una minúscula mano, esquelética, arrugada, tapaba la boca de su madre. no eran necesarias las palabras. Un instante inmortalizado eternamente que lo decía todo. Ese año, miles de personas murieron en esa castigada zona del planeta por el simple hecho de no poder alimentarse. Nada ha cambiado desde entonces. Pocas lecciones hemos aprendido. Un lustro después, cuerpos famélicos de ancianos, mujeres y niños vagan por el país convertidos en sombras de lo que podrían haber llegado a ser.

Níger ocupa uno de los últimos lugares en el índice de desarrollo humano, según Naciones Unidas. Su tasa de analfabetismo se sitúa en el 86 por ciento y sigue siendo uno de los países más pobres del planeta, pese a ser el tercer exportador mundial de uranio. Francia, antigua metrópoli, y China son las principales concesionarias de la explotación de este mineral, imprescindible para alimentar las centrales nucleares. Un movimiento tuareg, el de los Nigerinos por la Justicia, lucha, desde 2007, por un reparto más equitativo de las rentas del uranio. Porque, actualmente, la agricultura y la ganadería, son el único medio de subsistencia de la mayoría de sus habitantes y, sin riego artificial, todo queda en manos de la meteorología. Sin lluvias, no hay cosecha. Sin cosecha, no hay alimentos. Es lo que ha sucedido este año. Una persistente sequía ha “robado” a los nigerinos su sustento. Ni ellos ni sus animales tienen que comer. Unos y otros apenas pueden mantenerse en pie, debilitados y moribundos.

No existen cifras oficiales sobre las muertes que está causando esta hambruna. Pero sí la alerta de las que puede provocar. Porque incluso el programa mundial de alimentos ha reducido, por falta de fondos, el reparto de ayuda, limitándolo a aquellas familias con niños menores de dos años. Y no sólo la sequía ha diezmado a la población nigerina. Las tardías lluvias han provocado inundaciones que han dejado sin hogar a 70.000 de sus habitantes. Un número creciente está cruzando la frontera hacia Nigeria buscando algo de futuro que ni allí pueden encontrar.

Níger se muere de hambre, hoy mismo, a esta hora, en este minuto, escribiendo estas frases. Y lo más ignominioso es que no es inevitable. Una vulneración de los derechos básicos del ser humano. Un problema de todos. Mientras las centrales nucleares nos proporcionan energía para mantener nuestro estilo de vida, quienes nos facilitan el uranio para alimentarlas, languidecen. Como lo hacen en el este de la República Democrática del Congo, rico en un mineral, el coltán, imprescindible para las nuevas tecnologías. O el petróleo, en Nigeria. La lista es interminable. Y la paradoja, aplastante. Un continente rico en recursos naturales con más de 200 millones de desnutridos. En pleno siglo XXI, en un planeta cada vez más desarrollado, por primera vez el número de hambrientos supera los mil millones en todo el mundo. Un tsunami silencioso que los medios de comunicación parecen ignorar y que a todos nos debería avergonzar.

Cristina Sánchez es periodista especializada en temas sociales en RNE
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