INGENIEROS INTOCABLES (I)

Las castas más bajas de India han encontrado un hueco para sortear su destino: formación y nuevas tecnologías. Con varios centros al estilo Silicon Valley, India crece, produce y exporta un sinfín de ingenieros al mundo. Y en ese territorio importa el mérito, no el origen. Esta es la historia de éxito de cuatro jóvenes intocables, la prueba del poder de cambio de la educación. Este reportaje se publicó el pasado domingo 8 de abril en EL PAÍS SEMANAL. Su autora, Lola Huete Machado viajó a las ciudades indias de Anantapur, Bangalore y Hyderabad en compañía del fotógrafo Ángel López Soto, nuestro compañero en GEA PHOTOWORDS, para realizarlo.

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El dalit Manjunatha, graduado en estudios tecnológicos. (Click en la imagen para ver slideshow)

FOTO   ©   ANGEL LÓPEZ SOTO, miembro de GEA PHOTOWORDS

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INGENIEROS INTOCABLES `MADE IN INDIA´
Por Lola Huete Machado

 

Nada más poner el pie en la calle desde el aeropuerto de Bangalore (capital del Estado de Karnataka), un cartel de la firma de tecnología IBM indica: “Permítenos hacer del mundo un lugar más pequeño”. Y sí, se ve que se lo han permitido. Porque es enfilar la carretera y toparse con detalles de Occidente que arrasan: coches de lujo, edificios acristalados, logos de firmas internacionales y publicidad inundando el centro de mansiones estilo Beverly Hills…
Occidintoxicación, lo llaman. Todo bien global. Todo, menos el nivel de urbanización (la basura, el pobre estado del asfalto y la falta de aceras), de contaminación (el aire es irrespirable), de edificación (la mayoría de inmuebles necesita primeros auxilios), de ruido (atroz)… Y, destacando, el contraste entre los que tienen y los que no. Un pastel bien amasado de miseria y nuevos ricos, o ricos muy ricos, que aturde. Hace nada, esta era considerada la ciudad de los pensionistas, y ahora pasa por ser la de los millonarios.
Manjunatha Chakari sabe de pobreza. Es dálit –antaño llamados intocables, en esa clasificación milenaria en castas que aún perdura y afecta a unos 200 millones de personas–, está graduado en estudios tecnológicos, lo que llaman B-Tech, tiene 24 años, una carrera incipiente y serias dificultades en este momento para que le permitan que le fotografiemos en el interior de su empresa, NetApp, subcontrata de Wipro, gigante indio de la electrónica con 120.000 empleados en cinco continentes. Y eso que se lo (nos) habían prometido hasta por escrito. Él lo pelea con unos y otros en las tripas de un edificio moderno, con mucho cristal dentro, y mucho espacio, césped y guarda de seguridad fuera, vecino a los de Microsoft o Yahoo. Hasta se ha puesto sus gafas de pasta con motivos de leopardo. Pero nada. Porque nunca nada es como parece en India.
Y menos ahora que anda creciendo, a ritmo lento, pero sostenido, cual tortuga, gracias, entre otros, a su poderío electrónico y programador (es proveedor de servicios externos mundiales, más baratos y en perfecto inglés: gran ventaja frente a China); a su medio millar de universidades, la gran mayoría de Ciencias; o a sus sedes tipo Silicon Valley (en Bangalore, Hyderabad y Dehli).
Solo en esta esquina sur del subcontinente hay 300 escuelas de ingenieros. En la Electronic City de Bangalore se arremolinan cientos de empresas del gremio, mientras fuera crece la clase media: dicen que serán 500 millones en tres lustros, urbanos, angloparlantes, embebidos de cultura de consumo de marcas, provocando un boom de creatividad e innovación, y que el uso de tecnologías permitirá acceder al consumo al segmento de los pobres (de ahí, los coches por 1.500 euros, los móviles por 19…).
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La madre de Manjunatha en su aldea.

FOTO   ©   ANGEL LÓPEZ SOTO, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Y todo es, por momentos, una alucinación: la de una India estratificada que se balancea entre el medievo y la ciencia ficción. Siendo el segundo país más poblado de la Tierra, con más de mil millones de habitantes, 300 viven en condiciones paupérrimas; la brecha de género no decae: la mitad de las mujeres no sabe leer ni escribir; el infanticidio no cesa; los matrimonios concertados, tampoco; el trabajo infantil y el absentismo escolar son una lacra; la renta per capita en 2011 fue de 770 euros, puesto número 143º del mundo. El contraste entre lo rural, 680.000 aldeas (dos tercios de población), y lo urbano es un abismo. Eso sí, todo siempre bajo los auspicios de dioses como Shiva, Brahma, Krishna o Vishnu, tan presentes como los pósteres de actores de Bollywood/Tollywood/Kollywood o No Wood (Calcuta), tipo Shahid Kapoor o Kareena Kapoor.
India bendita.
Hasta los secretos de la escala de mando aquí se escapan a nuestro concepto. Porque no es tal, sino una soga que se dobla y va girando de uno a otro a través de castas, religión, formación y poder. Imposible desligarla y llegar a quien toma la decisión. Esperamos en vano, pues, junto a Manjunatha, un permiso que no llega, como lo hare-mos luego en la sede de IBM, en Whitefield. Donde, además, los guardas dirán (¿evidencia de que el mundo es, en verdad, más estrecho?) que hasta las fotos ¡desde la calle de su fachada están prohibidas! El fantasma del espionaje arrasa en el sector, al parecer, “puesto que Bangalore no está sola”, sonríe Manjunatha luego, ya relajado, mientras habla de los suyos, de su formación, de novias y planes. La sombra de Hyderabad, la capital del Estado cercano de Andhra Pradesh, es alargada desde que Microsoft decidió instalar en ella su centro de desarrollo de software. Además, Hyderabad luce más metropolitana, parece más ciudad…“Aquí hay mucho futuro”, nos dirá otro ingeniero, Shatru Naik, ya treintañero; él lo sabe bien, pues allí estudió; allí habita y se ha hecho grande, tiene casa y familia acomodada junto a su esposa, jueza, y allí ha dirigido y reflotado más de una empresa (Versant Technology) o dirige hoy la red social de música, Muzigle, mientras sueña con crear una propia para formar a ingenieros.
Y por allí anda como pez en el agua con su moto sorteando peatones, todoterrenos, ricksaws y atascos planetarios.
Pero seguimos en Bangalore. Y la paciencia occidental (como la capacidad de sorpresa) tiene aquí, se ve, mucho campo para su desarrollo. Y no solo ella. Chandrasekhara Naidu, indio enjuto, cultísimo, hombre tranquilo, mueve la cabeza decepcionado: “Las castas son nuestro verdadero problema”, dice él, que es miembro de una superior, la de los propietarios. “Algún día usaré ese valor y me haré primer ministro para solucionar todo esto y más”, bromea. Siempre sonriente, él es el director del sector de educación en la Fundación Vicente Ferrer (FVF) y es quien nos ha traído hasta aquí para seguir los pasos de estos jóvenes ingenieros que nacieron dálits, tribales o lo que llaman backward castes (BC), los grupos más deprimidos, en los que solo un 12% (dálits) o un 5% (tribales) tiene estudios superiores. Para ver con nuestros propios ojos cómo la educación es un motor de cambio ya imparable. Lo es. Y lo vemos.
Como vemos también el poder que tiene la iniciativa de una sola persona irradiada con el apoyo de otros muchos.

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Subhashini Vadathe, de 22 años, de la casta tribal, ingeniera de la empresa de software Virtusa.

FOTO   ©   ANGEL LÓPEZ SOTO, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Educar a las castas más desfavorecidas y favorecer su disolución, ese fue siempre el objetivo de la FVF desde que en 1969 el exjesuita hincó el diente en los pueblos a dos aspectos: aumentar la asistencia a la educación primaria y reducir el abandono escolar de los marginados a través de escuelas de refuerzo, planes de nutrición y desarrollo.
“El acceso a la educación primaria de los dálits en Anantapur ha pasado del 10% entonces al 99% hoy”, contaba hace nada su hijo Moncho en la conferencia de TEDX en Bilbao. Luego empezaron a involucrar a las comunidades en la gestión de la educación de sus hijos, mediante el pago propio a los maestros. Y ahora corre la tercera fase: el apoyo de niños seguidos por la FVF que llegan a la etapa universitaria en los 3.000 pueblos en los que están presentes. Se encargan de ellos, los becan, los siguen de cerca.
Pero, de momento, para paliar el asunto fotográfico, acompañamos a Manjunatha hasta la sede mastodóntica de Wipro (y ahí está la imagen, abriendo este reportaje), mientras siguen desfilando ante nuestros ojos las particularidades de este país atípico que asumió la democracia sin contar con la clase media; que crece sin pasar por una revolución industrial al uso; que tiene su fuerte en el sector servicios, un escenario político volátil de 24 partidos, y donde la libertad de expresión y la idea de Estado y de lo público tienen un considerable peso junto con la tradición, la religión, la idolatría (hay cientos de gurús, el más famoso, Sai Baba, fallecido en 2011) que lo inundan todo. “¿Ves a esos vestidos de negro?”, nos dirá la traductora de la FVF, Sheeba Baddi, en el trayecto por autopista, nueva, hacia Hyderabad. “Son seguidores de Ayyappan, dios nacido de dos hombres, ayunan para que se les perdonen los pecados”. Sheeba lo ve y lo sabe todo de su tierra, lo ofrece con ironía muy suya, y en cinco idiomas, hasta en catalán y con expresiones. “¿La diosa del conocimiento? La Sarasvati, esposa de Brahma, una mujer, ya ves”.
En este crecimiento último, India, además, no está sola, sino bien apoyada por Estados Unidos… Su emergencia como potencia equilibra el mundo frente a China, dicen los expertos en geopolítica. Pero en esto, quizá, Manjunatha tampoco piensa ahora, mientras cuenta que vive con su hermana, se ocupa “del scripting del lenguaje perl”, prefiere India a EE UU (el 25% de las iniciativas empresariales en Silicon Valley es de indios no residentes) y mira el cielo gris pintado a brochazos por la contaminación (el deterioro climático es gran reto) mientras viajamos en el metro aéreo de Bangalore, recién inaugurado, donde, para variar, también te persiguen los polis en cuanto ven cámaras. Luego nos detendremos en centros comerciales con árboles de plástico donde las parejas se retratan entusiasmadas. O en otros de más alta gama, el exclusivo UB City, con vistas espectaculares, club muy british en la azotea, marcas de moda vuittonianas y terrazas donde sentarse a comer es gastar de golpe el sueldo mensual de un campesino (30 euros al mes).

 

LA SEGUNDA PARTE DE ESTE ARTÍCULO SE PUBLICARÁ EL 16 DE ABRIL

Para ver una amplia selección de fotos de este reportaje haz click en este enlace

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Lola Huete Machado es Licenciada en Psicología en Madrid y Master de Periodismo UAM/EL PAIS en 1992, entra a formar parte del periódico un año después. Trabaja en desde 2003.

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