LA ANCHA FRONTERA

Muchos menores que abandonan sus hogares en Marruecos, en busca del sueño europeo, se encuentran con su ultima frontera en Melilla. Han abandonado sus casas, sin decirlo, muchas veces sin avisar a sus madres y padres y ahora malviven en la Ciudad Autónoma que se ha convertido en la Frontera Sur de Europa. Este trabajo, realizado por el fotógrafo catalán Sergi Cámara, es uno de los ganadores de la II Edición de REVELA, Premio Internacional de Fotografía a los Titulares de los Derechos Sociales. También fue valorado para el II Premio de Fotografía Documental GEA PHOTOWORDS que concede nuestra organización.

 

FOTO  ©   Sergi Cámara

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 Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Su nombre es Abdel, tiene nueve años y es uno de esos 150 niños de la calle que deambulan por las calles de Melilla sin rumbo fijo. Su historia es muy similar a la de cualquiera de los 1.500 niños según datos de la Fundación Ortega y Gasset que viven en las calles de las principales ciudades españolas. Los técnicos les llaman Menores Inmigrantes No Acompañados, aunque en otros sitios como en Ceuta simplemente les apodan los “mofeta”, porque viven escondidos y siempre huelen mal; en Marruecos son los “chamkar” (esnifadores) por su adicción al pegamento. Hasta ahora este fenómeno parecía muy lejano a nuestra realidad social. Siempre eran los meninos da rua de Brasil, los gamines de Colombia o los chincheta de las Villas Miseria de Santiago de Chile o Buenos Aires. Sin embargo, la crisis económica les ha hecho que la cara más cruel de la infancia ya está instalada en nuestras aceras.

Cada vez que Abdel pasa por la puerta de un colegio o por la verja de un parque se olvida por unos momentos de su situación, y de cuando su padre, en Marruecos, le pegaba. Aquí deja volar la imaginación detrás de una pelota o balanceándose en un columpio. Él sólo juega de noche, cuando esos niños bien vestidos y mejor alimentados están ya en la cama, arropados por mamá y soñando con el cuento que les ha leído papá. A esas horas en el parque sólo hay vagabundos y basura. Pero no le importa. Durante un rato se imaginará que él también va a la escuela, que esos árboles pelados son sus compañeros de juegos y que esa portería imaginaria está esperando a que él meta un gol, como Iniesta, como Messi, como Cristiano…

Nació hace nueve años en Taurit, un pequeño pueblo situado a unos 70 kilómetros de la ciudad española, un lugar árido donde los haya en medio del Marruecos más deprimido y profundo. Sus primeros recuerdos son los juegos con sus cinco hermanos en la pequeña casa de adobe que tenían a las afueras. Su padre trabajaba en el campo cuando podía por un sueldo mísero. Por eso nunca fue al colegio. Todas las mañanas se levantaba al amanecer para acompañar a sus hermanos a vender bolsas de plástico en el zoco hasta la noche, o a coger espárragos o caracoles para venderlos al borde de la carretera que une Oujda con Fez, en el corredor de Taza.

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FOTO  ©   Sergi Cámara

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También recuerda con frecuencia a su madre Famma, siempre ocupada con las tareas de la casa y siempre cariñosa con él. Se entristece cuando cuenta que su padre le pegaba los días que llegaba borracho o deprimido por su mala “baraka” (fortuna). En una ocasión le echó de casa durante una semana. El pequeño dormía en una cuneta y cuando su progenitor no estaba, acercaba unas cajas de madera a la ventana de la habitación de su madre y se subía a ellas para pasar hablando con ella toda la noche. Mamá lloraba. Abdel nunca olvidará sus lágrimas. Todavía la llama en medio de las pesadillas que le acechan en las noches sin luna de la playa donde duerme.

De Taurit recuerda también la admiración que sentía por Karim, un chaval de 16 años sin familia conocida aunque parecía no hacerle falta: siempre llevaba zapatillas nuevas, no tenía que rendir cuentas a nadie, ni había un padre torturador detrás de él. Se ganaba la vida pidiendo o vendiendo a los demás chicos disolvente o hachís. Es cierto que Karim dormía en la calle, pero eso a Abdel le parecía más una ventaja que un inconveniente. A fin de cuentas, él trabajaba todo el día y, a cambio, sólo recibía reprimendas de su padre. Una noche Karim les habló de Oujda, una gran ciudad donde había mucha gente y una feria permanente donde deambulaban gran cantidad de niños venidos de toda la provincia.Y les propuso la aventura de su vida: emigrar como lo hacen los mayores.

A las seis de la mañana de un día cualquiera, Karim, Abdel, Busta (10 años) y Dris (13) se pusieron a andar por la carretera general en dirección a Oujda. Por todo equipaje llevaban una bolsa con una botella de agua y la ropa puesta. Durante dos días caminaron por el asfalto, tomando a veces atajos campo a través y otras encima de un remolque o un tractor. Fue un periplo tranquilo.En Marruecos nadie dice nada a los menores que deambulan si adultos. Algunos conductores incluso les recogen para decirles a la policía que son sus hijos y que no les registren el coche.

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FOTO  ©   Sergi Cámara

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ESPEJISMO

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Fue en Oujda donde Abdel escuchó a los mayores las primeras historias que hablaban de lo bien que se vivía en España y en Europa, sobre lo fácil que se gana el dinero allí, de lo cómodas que son las casas y de que todo el mundo tiene unas buenas zapatillas y un buen coche. A hurtadillas, desde la acera, veían los concursos de las televisiones españolas que la mayoría de los bares de la ciudad captaban vía satélite y donde los participantes salían millonarios por hacer cualquier tontería o responder unas cuantas preguntas. Y, cómo no, el fútbol. Deslumbrados por los astros de la Liga de las Estrellas, soñaban con ir un día al Bernabeu o al Nou Camp les daba igual donde estuviesen para verles de cerca y pedirles una camiseta firmada.

Pero en esos corrillos también había historias feas, historias de niños que han desaparecido, que habían muerto drogados, atropellados, de frío en los bajos de un camión o aplastados en un barco. Historias de sombras en el asfalto, de desgracias encadenadas, historias como la de su compañero Busta que él mismo presenció y que le pone nervioso sólo de recordarlo. «Andábamos por el arcén, a pocos kilómetros de Berekane, cuando un automóvil le atropelló.Lo levantó del suelo y lo desplazó muchos metros por el campo.El coche ni siquiera paró. Busta se quedó inmóvil en un charco de sangre. Nosotros salimos corriendo sin saber porqué, muertos de miedo, y no paramos hasta la noche». Pasaron la madrugada a orillas del río Mouluya y al día siguiente siguieron su camino campo a través hasta la frontera de Beni Enzar. La alambrada apareció ante sus ojos al atardecer. Al acercarse a la garita de control, un policía marroquí les increpó de forma violenta y tuvieron que salir corriendo.

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FOTO  ©   Sergi Cámara

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ASALTO

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Rápidamente se les acercó Rachid, un chaval de 13 años natural de Fez y que también estaba esperando la oportunidad de pasar a Melilla de donde había sido expulsado la noche anterior. Se sabía todos los trucos para atravesar la frontera. Por eso los tres decidieron dejarse guiar por él y le siguieron hasta el pequeño puente que está justo en tierra de nadie, a escasos metros de la aduana española. Bajo el arco principal se encontraron con otro centenar de emigrantes, de todas las razas, edades y colores, que esperaban hacinados su turno para atravesar la imaginaria frontera entre la riqueza y la mala vida. Algunos llevaban semanas esperando. Otros parecían vivir allí. A las cuatro de la mañana comenzó a llover. De pronto, sin previo aviso, Rachid gritó: «a correr», y sin pensarlo se abalanzaron sobre las vallas de la aduana española. Los guardias, refugiados de la lluvia en sus garitas, no pudieron hacer nada. En pocos minutos Abdel había conseguido su sueño: estaba en España.

Al poco de llegar le metieron en un centro de acogida donde fue testigo de abusos sexuales de unos menores a otros. Luego, en la puerta, había siempre hombres mayores dando vueltas en coche «que nos decían que nos fuésemos a los pinos. Los que se iban contaban que les decían guarrerías al oído y les tocaban a cambio de tres mil pesetas». Por eso volvió a la calle.

Afortunadamente encontró su ángel guardián: una mujer marroquí que le daba paquetes de chicles para vender. Entre lo que saca de este comercio y los restos de comida que le dan en los restaurantes o en la lonja de pescado va tirando. Si no, siempre hay contenedores donde rebuscar en la basura. Se lava en la playa y duerme donde puede: en la zona de la cárcel vieja acompañado de ratas y cucarachas, en las cuevas de la playa o hasta enterrado en la arena para combatir el frío. Igual que hasta ahora ha logrado escapar de los abusos sexuales, afortunadamente no ha probado todavía el pegamento ni ninguna otra droga.

Dice que le gustaría encontrar una familia, ir al colegio y jugar al fútbol en un parque rodeado de niños a las horas en que todos lo hacen. «Pero que me dejen estar también en la calle porque aquí por lo menos soy libre».

 

LA ONG

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La Asociación Pro Derechos de la Infancia, PRODEIN, es una asociación que trabaja valientemente desde hace años en la denuncia de las violaciones de los derechos humanos de los inmigrantes y los niños en especial, a ambos lados de la frontera sur de Europa: Melilla.

Fue fundada en 1999 por José Palazón Osma, un incansable Quijote que dedica su vida a la defensa de los derechos de los migrantes, esforzándose por denunciar a través de todos los medios a su alcance los abusos e ilegalidades a las que son sometidos a uno y otro lado de la frontera. Su actividad puede seguirse en este blog.

Desde su constitución la Asociación se fija como objetivo fundamental normalizar la situación de los niños que vivìan en la ciudad de Melilla y que carecen de cualquier asistencia institucional.

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FOTO  ©   Sergi Cámara

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EL AUTOR

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Sergi Cámara,Vic, 1970, coofundador Pandorafoto, está centrado en las migraciones de África hacia Europa, proyecto en el que lleva trabajando desde 2004 donde combina la fotografía documental con el video. Ha recibido varios premios, entre ellos una Mención especial del jurado fotopres09 Fundació La Caixa; el
Premio José Couso 12 meses 12 causas de Tele5 por el documental realizado en Melilla; una Beca Fotopres05 de La Fundación La Caixa por su trabajo sobre el viaje de los inmigrantes hacia Europa a través de Malí, Argelia, Níger y Marruecos,etc.
Sus reportajes han sido publicados en medios como Newswek Japan, Financial Times, Vanity Fair Italia, Libération, Jeune Afrique, NWK Arabic. el Magazine de La Vanguardia ,Paris Match, Nouvel Observateur, DaysJapan , Knak (Bélgica), Night&Day , Stern , Figaró Magazine, etc.

Respecto a este reportaje, Camara asegura que “este es un trabajo que quería hacer des de hacía tiempo. Mis múltiples viajes a Melilla eran para continuar el reportaje sobre la valla que estaba realizando, pero tambien sabía que ocurría esto. Menores que primero entraban en Melilla y luego querían cruzar hacia la península escondidos bajo camiones que suben al barco que cada noche parte hacia Málaga o Almería. Fueron difíciles los primeros contactos pero luego una vez hechos, la convivencia con ellos fue fácil: se abrieron y pude conocer sus historias personales”.

Sobre sus próximos proyectos, el fotógrafo catalán afirma que está preparando un trabajo sobre los 10 años después sobre los saltos a la valla de Melilla: “En enero de 2004 hice mis primeras fotos de los saltos en la valla en la valla de Melilla, a un lado y otro, ahora estoy trabajando en mostrar esta historia 10 años después. También tengo otros trabajos que también quiero continuar en cuanto pueda, como volver a Yemen para continuar el trabajo que empecé , y continuar documentando lo que ocurre en sus playas, a la llegada de refugiados Somalíes o Etíopes en barcas a través del Golfo de Aden”.

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