LA VACA JARATÁ

Jaratá es la vaca que más leche da en Israel: más de 18.000 litros en 2011. El rumiante se ha convertido en un referente internacional en el sector pecuario, un producto de última generación de la ingeniería genética judía, más famosa en el país que muchos artistas. El colaborador de GEA PHOTOWORDS en Oriente Medio, Elías Scherbacovsky, es el autor de este texto literario en el que filosofa sobre el sentido de la vida, la muerte, lo que comemos y en lo que nos hemos convertido los seres humanos como especie suprema del planeta. Un canto a la naturaleza y a la nobleza animal.

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FOTO  ©   Joel Kuster

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Por Elías Scherbacovsky para GEA PHOTOWORDS

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No tener conciencia de la muerte inexorable es una gran cosa. Hasta donde llegó la investigación científica es correcto pensar que Jaratá (“Arrepentimiento” en hebreo) no sabe que va a morir. Ni cuando ni cómo. Es sin duda una campeona, y si no lo piensa quizá lo siente. La muerte, al parecer, sólo se siente al morir; pensarla no es lo mismo aunque a veces sea peor que la muerte. El pensar no es sinónimo del sentir, y si sintiera, aunque no piense – lo que tampoco sabemos aún – Jaratá puede entender que vivirá eternamente por más aburrida que esté ahí echada esperando el próximo ordeñe, o comiendo el pienso seco que les arriman extrayendo la cabeza entre los caños del corral como si quisiese huir.

Puede sentirse orgullosa y hasta algo más cuando sus admiradores le acarician las ubres cargadas de leche. (Las feministas harían pedazos de mi si dijese lo mismo de una mujer). Por ahora, Jaratá es la vaca que más leche nos da en Israel y se va salvando de morir en carne propia, lo que vale hacer algunas aclaraciones y formular ciertas observaciones.

No es que esta noble vaca brinda su leche ejerciendo el libre albedrío, o que lo haga alegre y voluntariamente como en las canciones y los poemas de nuestra infancia; nosotros se la quitamos, y habrá quien diga que, si no las ordeñan, las vacas se enferman, y que si no las asesinamos, lo que hacemos todos los días, perderíamos nuestro lugar en la tierra porque ¿cuántas vacas entran en este planeta si dejáramos que se reproduzcan?.

Sólo en el año 2011 le ordeñaron a Jaratá por los pezones 18.208 litros, siete mil litros más que cualquier otra vaca melancólica de cuantas viven dando leche sin pisar nunca un campo de pastoreo, sin conocer el color verde de verdad, y sin comer jamás una jugosa y dócil ramita de alfalfa viva.

La leche de Jaratá que compramos en la despensa del barrio o en el supermercado es la que, según la naturaleza, tenía para darle a sus terneros, alimentados durante sólo una semana con leche de madre y después a biberón con leche en polvo y cosas buenas en su interior para fortalecerles la inmunidad y evitar que contraigan enfermedades. Jaratá, alimentada a heno, forraje ensilado y semillas, no piensa pero tal vez lamenta, sin decir palabra, o acaso rumiando muda, la brusca separación de sus terneros cuando son incapaces aún de mantenerse en pie. Quizá recuerda que pudo lamerlos un poco después del parto, acto importante para estimularles la circulación de la sangre, lo que les facilita ponerse en pie en los corrales de la maternidad.

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VACA CAUTIVA

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Así, los terneros que parió Jaratá, que seguramente la sobrevivirán y a los que no volvió a ver, se convirtieron casi en un abrir y cerrar de ojos en destetados, seres independientes aunque cautivos, como no pocos animales humanos, en su inevitable entorno. Las hembras jóvenes también fueron y serán “mejoradas genéticamente” para que brinden más leche, y puede que lleguen a ser campeonas como Jaratá para recompensar a quienes les acaricien las ubres con genuino amor.

Otros terneros, según sea el tamaño de sus testículos cuando crezcan, serán novillos que gozarán del placer sexual como sementales, y si no serán carne en tránsito. Los triunfadores no conocerán a sus descendientes pero podrían llegar a la cima en el plano personal: ser celebridades, famosos por el vigoroso semen que cargan en las entrañas; desfilarán en las fiestas de los criadores y figurarán en el catálogo de la empresa Sión de inseminación artificial.

Lo triste y lo alegre (un asado es siempre motivo de alegría) de estos episodios del mundo animal es que todos ellos, las vacas, las cabras – que protestan chillando cuando les quitan la cría- y también los chivitos, y los pollos con las gallinas paseando de la mano por el gallinero – sin saberlo por lo que sabemos -, todos acorralados, tarde o temprano, siendo tiras de carne con sus costillas aserradas, sus riñones de color marrón, sus rosados intestinos, o embutidos como chorizos, terminarán un día dorándose en el infierno de nuestra parrilla. Y llegarán a nuestras panzas antes de volver a la sabia naturaleza por aquello que decía Antoine-Laurent Lavoisier, lo de que “nada se pierde, todo se transforma”. Y nosotros exclamaremos con el chorizo en un pan de Viena: “¡Qué baño de colesterol, Dios míol!”.

El caso de Ferna, la vaca que nos comimos entre todos, fue patético. Era un animal con limpios ojos de vaca, grandes, redondos y brillosos. Cuando antes de despuntar el sol los veía llegar en silencio y como escondidos en las últimas sombras de la noche, con indefinible simpatía y las babas colgándole de la boca, iba dulcemente al encuentro de los ordeñadores del alba como quien saluda a un amigo querido. Mientras le palmeaban cariñosamente el lomo al avanzar lenta, pesadamente, con las ubres hinchadas y bamboleándose por el pasillo que lleva a la sala de las bombas de succión, los ordeñantes sentían que Ferna, la favorita, querría preguntarles cómo habían amanecido pero ella no se atrevía porque las vacas no tienen voz ni voto.

A diferencia de los humanos, se sabe que las computadoras – ingenuas como la vaca – pueden equivocarse pero no mienten. Y que al fin de cuentas todo se sabe en esta época comunicada. Cuando Ferna, a la edad de seis años, redujo la producción de leche – lo aseguraba la computadora del establo sin tomar partido – y trascendió que el semen de ningún toro volvería ya a preñarla, el director del tambo debió (¿o no?) llamar al camión de la parca.

Hablamos del camión que también transportará algún día a Jaratá apretujada con otras vacas orinando en pie o haciéndose encima, todas acompañadas por el angel de la muerte, neutral y objetivo como la naturaleza. El camión es el vehículo grande y mediocre que, de pronto, puede pitarnos si nos demoramos delante del semáforo verde, conduciendo al matadero a los animales que comemos. No hay otra forma de hacerlo. Los que ordeñaban a Ferna sabían también cuánto le gustaba que le acaricien las orejas donde llevaba prendido en una chapa el número 979, y se negaron a verla cuando iba subiendo al camión sin pensar en nada.

No sé cómo matarán a la campeona Jaratá cuando le llegue a el día a la gran campeona, y deliberadamente no digo que será el día del juicio final pues su inocencia es absoluta: no tiene nada de qué arrepentirse. Ni siquiera puede jactarse como otros campeones y celebridades de su gloria pues una vaca sentirá lo que quiera pero, queda dicho, no habla. Hay quien informa dado que el saber es un derecho del pueblo, que en el matadero les propinan un mazazo en la cabeza, y hay quienes les cortan la yugular antes de despellejarlas, colgarlas de un gancho y no ser más las humildes vacas lecheras que nos dibujan con el rabo bailando en los envases de cartón.

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­Elías Scherbacovsky, Ex-periodista y colabordor de GEA PHOTOWORDS
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