LATIDOS DE ÁFRICA

Este es el título del último libro del periodista y escritor Antonio Picazo, todo un clásico en el mundo de la literatura de viajes. Como dicen que todo acaba volviendo a los orígenes, el autor regresa al continente africano para contarnos esa realidad que no siempre aparece en los periódicos y que tiene tintes mucho menos dramáticos de los que creemos. Porque África es, ante todo, un continente lleno de luz, sonrisas, esperanzas y con mucho, pero que mucho futuro. GEA PHOTOWORDS entrevista  a Picazo que nos explica como palpita el corazón cuando se encuentra al otro lado del Estrecho.
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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS
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Muchos africanos están hartos de que se muestre su continente como un foco de hambruna, malaria, sida, miseria, emigración y guerras atroces. Y sin embargo, ese continente no es un territorio a la deriva.

Latidos de África es un testimonio de ello. Se trata de un relato de viajes en el que aparecen sabanas sin límite, animales singulares, pueblos asombrosos, ritos y mitos; tierras inabarcables habitadas por gentes vitales y conmovedoras, buenas y malas, aunque todas ellas capaces de provocar escenas surrealistas y hasta divertidas. África es un lejano planeta negro y verde, árido y húmedo, sonoro y musical, tan extraño, que a veces parece no pertenecer a nuestro sistema solar, pero donde siempre se halla la aventura, se producen los crepúsculos con los mejores y más bellos cielos del mundo, y se nota y siente el milagro diario de la vida.

Este libro, según puede leerse en su contraportada, es una obra de pálpitos, la crónica del ritmo cardiaco de una tierra con los mismos movimientos de la sangre acompasada. Dicen que el contorno de África se parece a una oreja de elefante pero de lo que realmente tiene forma es de corazón.

GEA PHOTOWORDS entrevista a Antonio Picazo, autor de este magnífico libro que, sin duda, hará palpitar el corazón de todos los amantes de este querido continente donde la magia existe y empezó todo…

– ¿Latidos de África es un libro de viajes más o cuentas algo especial que los amantes del continente no hayan leído nunca?


En efecto, “Latidos de África” es un libro de viajes, pero no uno más. El universo africano aquí está tratado con normalidad, de una forma desdramatizada, a veces con dureza, a veces con ternura, incluso con humor. Es un África cotidiana, sin lástimas ni especiales tragedias, sin que sus imágenes den pena, con gentes buenas, malas y regulares; los mismos africanos están hartos de que se vea a su continente como un territorio atroz repleto de calamidades. Claro que eso interesa al mundo desarrollado, porque muchos son los intereses de las productoras de TV. y de aquellos documentales que se nutren del negociete de la desdicha africana. Eso por no hablar de ciertas ONGs y diversas plataformas religiosas que, convirtiéndose en tutoras del “negrito incapaz”, resultan altamente nocivas, y es que el paternalismo es el peor de los racismos.

¿África tiene arreglo? Me refiero a sus problemas endémicos.

Sus problemas endémicos, de los que son, en parte, culpables los propios africanos, se amplían al tratarse de una cultura y una civilización perdedora. Se les ha exportado un modelo de vida, de sociedad, de política, de costumbres y de consumo que no es ni era suyo. Se les ha orientado hacia un aprendizaje que no encajaba con sus tradiciones, ni con su medio ambiente, ni con las condiciones climáticas del trópico y, claro, eso ha resultado un fracaso y ha supuesto que los africanos vayan con el paso del desarrollo cambiado. Mientras que en África no surja una amplia clase media, y esto hoy por hoy es muy difícil, sus problemas tendrán una solución muy compleja.

–  ¿Que parte de responsabilidad tiene la cultura occidental en los problemas de África?


Siempre se tiende transferir la responsabilidad de la situación africana a la cultura occidental, aquella que procede de un cierto estilo de progreso y desarrollo agresivo y voraz, esto se debe a una tendencia originada por un complejo blanco de culpabilidad, por aquel colonialismo directo del pasado, un colonialismo que, por cierto, sigue existiendo aunque las metrópolis sean otras: India, por ejemplo, que siempre estuvo, y está, ahí explotando inhumanamente a los africanos; también los países árabes, con su colonialismo religioso y, ahora, sobre todo, China. Pero, repito, una parte de la culpa de lo que le ocurre a África la tienen los propios africanos cuyas élites no aprendieron mucho ni bien lo que de bueno podía tener la presencia de los blancos, y sí se fijaron, en cambio, en lo malo de los de colonos y colonizadores: entre otras cosas, la corrupción y la burocracia. Echar solamente la culpa de lo que pasa en África al fenómeno colonial es desmerecer a los africanos, que quedan como débiles, tontos y pasivos objetos de la codicia blanca.

Aunque no sea un libro para contar cosas negativas, ¿qué es lo que te ha preocupado más de lo que has visto de cara al futuro inmediato?


Aunque “Latidos de África” sea un libro de viajes ¿Por qué no va a contar cosas negativas si las hay y las encuentras? A mí me preocupó que en un perdido y desértico lugar de Níger, un poblacho de mala muerte, en donde apenas había agua, no existía electricidad, ni era posible encontrar un periódico o un televisor, se me acercara un tipo desarrapado, y entre el calor, la solana y la soledad de aquel páramo, me dijo: “Usted es español ¿verdad? Bueno, pues pronto recuperaremos Al Andalus y España será de nuevo nuestra y musulmana.”

¿Dónde está la magia africana?


Está en su humanidad, en sus leyendas de transmisión oral, en ese tono de hechizo e inseguridad que se percibe cuando se viaja a través de África; también en su música, en su ritmo. Ese continente, en su parte negra, que es la que me interesa, es un puro latido dentro de un gran corazón, por eso le puse ese título al libro. Los niños africanos, además de leche, maman pálpitos y compás desde que son bebés y van envueltos en las telas que sus madres atan sujetan a la espalda para llevarlos de un sitio a otro o simplemente para moler mijo, o trabajar en el campo, o ir al mercado.

¿Qué hemos perdido de nuestra herencia africana que podemos encontrar todavía allí?


Sin duda las relaciones familiares –y, por extensión, las humanas-  y el respeto a los mayores. Los africanos saben que permaneciendo unidos dentro de su clan mantienen la cohesión de su grupo, así todos consolidan su defensa y seguridad. Cuando en una familia, un clan, o en la propia tribu, surge un conflicto, son los mayores los que imparten justicia, bajo una ley no escrita pero más justa, cercana y aceptable que la que establecen los jueces, que son personas extrañas al clan y que no saben muy bien de qué va el problema concreto a tratar. Sí, en nuestro mundo hemos perdido la consideración a los mayores, en África es impensable que alguien le diga a un anciano: “Cállate viejo, que cada día estás más idiota” como he oído yo aquí, en nuestro tan civilizado mundo.

-¿Quién esta más lejos en cuanto a la comprensión mutua? ¿Los africanos de nosotros o nosotros de los africanos?


Vivimos de espaldas y cuando se está en esa posición nadie se puede entender. Nuestro mundo considera al africano un ser vago, indolente el cual, por mucho que se le ayude y se le enseñe, nunca va a salir de su circunstancia. Los africanos piensan, en cambio, que en nuestro mundo todo es muy fácil de conseguir, que nada cuesta; el blanco nace rico y hay que obligarle a que reparta o comparta, por las buenas o por las malas, su riqueza. Los muchos africanos que así piensan son, sin duda, carne de patera.

Cuéntanos brevemente dos o tres historias de personajes que te hayan impactado en este viaje.


Lo cuento en el libro: las mujeres mursi del sur de Etiopía, aquellas que llevan platos de terracota de buen tamaño en sus labios inferiores; las niñas iniciadas yao del norte de Mozambique, cuya fotografía aparece en la portada del libro; y los bosquimanos terminales que conocí en las colinas de Tsodilo, en Botsuana.

– Hace poco, el 16 de junio, fue el Día del Niño Africano, ¿coincides con nosotros que ellos son la gran esperanza del continente?


Absolutamente. Cuando en mis viajes por África encuentro alguna escuela la suelo visitar. Es asombroso ver cómo los chicos, que carecen de material escolar adecuado y de unas mínimas instalaciones donde les sean impartidas las clases, posean una avidez, un afán, de aprender que ya querríamos para nuestros irreverentes y desidiosos alumnos occidentales. No hay duda, la gran fuerza de África está en la educación. Cuando los africanos tengan similares oportunidades educacionales que, por ejemplo, los europeos, veremos realmente quienes son los habitantes de África.

Los políticos africanos dirigen sus países como si fueran sus tribus. ¿Crees que eso va a cambiar?


Han pasado de la tribu al palacio presidencial y ese choque les ha hecho que ejerzan el poder de una manera perturbada, el poder, y la riqueza resultante, corrompe hasta pudrir el alma. Y eso va ser difícil que cambie, porque no habría políticos africanos corruptos si no hubiera elementos corruptores occidentales. Cuando se plantea desarrollar algún proyecto en algún país de África, y el dirigente africano (o su familia, o su clan) reclama su correspondiente comisión, la empresa occidental la paga encantada para que así, le sea concedida la obra, el servicio o el suministro.

¿Eres un escritor que viaja o un viajero que escribe?


Antes era un viajero que escribía reportajes y crónicas viajeras; ahora, con tres libros publicados: “Un viaje lleno de mundos, sobre América; “Viaje a las fuentes del Sol”, sobre Asia y, finalmente, “Latidos de África”, soy un escritor que viaja.

A pesar de que alguna vez has dicho que después de tu primer viaje a África pensabas no volver jamás, ¿Cuándo te cogió de verdad y cómo ese veneno africano?


Después de un ya lejano primer desencuentro, al final de los años noventa África y yo, como los matrimonios conflictivos, decidimos darnos una segunda oportunidad. Y fue un éxito, ambos nos perdonamos aquellos errores que cometimos a principios de los ochenta, en que África me exigió mucho y me dio poco, y yo le correspondí viajando mal por la superficie de su piel, y con una mentalidad equivocada. Fue un distanciamiento que acabó en 1999. Desde entonces, he vuelto varias veces a África y, así, tanto el continente como yo, hemos acabado conociéndonos un poco más y mejor.

-Tu mujer es africana, acabas de tener unos bebes con ella, escribes este libro sobre África, ¿África late en tu corazón?


África acaba transmitiéndote sus latidos, y como yo no podía irme a vivir a África, el corazón de África se vino a vivir conmigo. Conocí a mi mujer en Tanzania, cuando recorría la costa Suajili, y, recientemente, he tenido dos hijos mellizos con ella y que son, sin todavía ellos saberlo, un ejemplo del cosmopolitismo de sus padres: Africano-europeos, hispano- tanzanos, sinyanga-manchegos, kahama-albaceteños y, por su puesto, madrileños ya que nacieron en la capital de España, fíjate si ellos -niño y niña- son de tan diversos sitios, en contraposición a tantos palurdos nacionalistas que sólo quieren ser de un lugar.

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Antonio Picazo es escritor, viajero y periodista. Colaborador habitual de las principales revistas de viajes, en 1986 recibe el Premio Nacional de Periodismo “Don Quijote” para reportajes de viajes. Ha publicado dos libros: «Un viaje lleno de mundos» y «Viaje a las fuentes del Sol», sobre América y Asia respectivamente. Ahora en Latidos de África (Editorial Desnivel) cuenta sus andanzas por el continente negro.

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