LOS OJOS DE LA BLANCA PALOMA | GEA Photowords

LOS OJOS DE LA BLANCA PALOMA

Tetuán, la paloma blanca, la ciudad de los ojos, la joya del África andaluza, la pequeña Granada. La tetuaní es una ciudad escenario de múltiples culturas encontradas a lo largo de los siglos. Con nombre de origen bereber, su significado hace referencia al agua, a la fuente de la vida, al elemento de la naturaleza venerado por los árabes desde tiempos inmemorables. La ciudad, anclada en la vega del río Martil y cobijada por los montes Dersa y Gorges, supo reconstruirse y resurgir de las cenizas en incontables ocasiones. Su posición estratégica de apertura al mar Mediterráneo la convirtió en el punto de mira de muchos ojos invasores. Esta arma de doble filo hizo que experimentara en sus propias calles y bulevares el dolor provocado por la ambición humana al ser el anhelado fruto de las sucesivas incursiones así como el dulce deseo de la esperanza albergada por todos aquellos granadinos, moriscos y judíos exiliados al convertirse en su reconfortante refugio.

 

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El emblemático edificio de La Unión y el Fénix en Tetuán.

Foto © Francesc Morera

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LOS OJOS DE LA BLANCA PALOMA

Por Anna de Gracia para GEA PHOTOWORDS

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Por las blanquecinas callejuelas se puede respirar su historia simbolizada a través de su arquitectura y fisonomía particular. Sus barrios representan el auge de épocas diferentes unificadas hoy en día en un mismo espacio.
La Medina, el Ensanche junto con los demás barrios aledaños nacidos ya con la independencia marroquí a partir del año 1956, se erigen como los emblemas de tres períodos clave para la población tetuaní.
El primero de ellos, la Medina, es el pequeño reducto que permite llevar a un pasado imperecedero a todo aquel que decida indagar en su supuesto desorden interno. El color, olor y el semblante de sus angostos callejones, repletos de tiendas y puestos de artesanía, invitan al caminante a formar parte de este curioso entramado. Se trata de la materialización del eterno contraste propio de nuestra época. Así queda demostrado con la distribución gremial de su estructura callejera.
La ciudad antigua personifica ese pulso entre la modernidad y la tradición. Entre el feroz avance de la industrialización y las nostálgicas reminiscencias de un glorioso pasado andalusí. Hecho último que, por cierto, el incipiente abandono de la conservación de estas calles consideradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco hace, por otra parte, arriesgar su preservación en el tiempo.
Los altos minaretes de las mezquitas sobresalen entre las infinitas callejuelas que se suceden serpenteantes conformando las arterias de la antigua ciudad. Y allí, desde lo alto del alminar, suena cada día la llamada del almuédano para convocar a los fieles creándose una enigmática atmósfera de cánticos y rezos que consigue envolver a todo Tetuán.

 

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La Medina de Tetuán con los primeros rayos de luz.

Foto © Francesc Morera

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En la época andalusí, en la que el arte hispanomusulmán experimentó su esplendor, este tipo de construcciones laberínticas de angostos callejones servían de protección ante las posibles invasiones enemigas. El granadino barrio del Albaicín es un claro ejemplo de ello. Y así quisieron continuar con el relevo todos aquellos granadinos exiliados tras la Reconquista y toma del Reino de Granada allá por el año 1492. A lo largo del siglo XV, los andalusíes musulmanes encontraron asilo en el norte de Marruecos. Tetuán se convirtió en un impenetrable bastión ante el avance de las tropas cristianas por el Mediterráneo. De esta manera comenzó la reedificación y fundación de la ciudad tetuaní en la vega del antiguo río Martil.

Los cristianos cautivos, hechos prisioneros en las incursiones realizadas por los granadinos exiliados en las zonas (por aquel entonces portuguesas) de Ceuta y Tánger también permitieron reavivar la nueva ciudad. Los rescates de estos presos fomentaron el negocio de la piratería en esta pequeña cuenca del Mediterráneo y contribuyeron al auge económico. Tetuán continuó expandiéndose a medida que fueron llegando los inmigrantes musulmanes y judíos exiliados de la Península Ibérica; ola que experimentó su boom y consecuente fin a partir de su definitiva expulsión con Felipe III.
Por su parte, el Ensanche permite sumergirnos y revivir la época colonial de principios del s. XX con sus peculiares cafetines y casas (de pocas plantas) enjalbegadas. Fueron los años en los que se constituyó en la ciudad de Tetuán la capital del Protectorado español (desde 1913 hasta el año 1956).

 

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La antigua estación de ferrocarril es hoy el Museo de Arte Moderno de Tetuán.

Foto © Francesc Morera

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A través de sus amplias calles delimitadas muchas de ellas por finas líneas de palmeras, Tetuán también personificó la modernidad europea con sus emblemáticas construcciones arquitectónicas, teatros, balcones clásicos y edificios con reminiscencias andaluzas.
Con el Ensanche y la progresiva construcción de los barrios aledaños tras la independencia de Marruecos en 1956, Tetuán continuó su expansión tratando siempre de conformar un espacio de armoniosa convivencia entre sus diferentes épocas históricas y sociales.
La combinación de los diversos colores, sabores y culturas que conforman la herencia de la historia tetuaní hace que esta ciudad se convierta en un cautivador rincón donde el reloj se detiene para dejar paso a la embriagadora nostalgia de los tiempos pasados.
Como Tetuán, Marruecos ha logrado crear la armonía entre la modernidad y la tradición. Entre el pasado y el presente. Un país que camina hacia delante con una economía en auge aunque un tanto paralizada por su fuerte arraigo a la agricultura y aun golpeado por los altos niveles de desempleo, pobreza, analfabetismo y por el dañino concepto de sociedad mayoritariamente varonil en la que la mujer cada vez más comienza a ganar protagonismo.
Su posición estratégica le confiere una potente arma de desarrollo en el futuro. Marruecos, una de las puertas de entrada a África, se abre al océano Atlántico y al mar Mediterráneo dando paso al continente europeo. Esto hace que se convierta en un país con un enérgico poder de seducción para la inversión extranjera. Así lo demuestran los datos del año 2014 que afirman que el país marroquí se convirtió en el primer destino africano para la inversión española según el propio gobierno español. De este modo, el país africano ha conseguido poco a poco afianzar su estabilidad político social. Una estabilidad cuyo pulso será, por cierto, evaluado en los próximos comicios municipales y regionales de septiembre de 2015.
Así pues, situado en el rincón norteño del continente africano, Marruecos ha logrado unificar el exotismo, tradición y modernidad a través de la esencia de los ojos de sus blancas palomas.

 

Anna de Gracia es estudiante de Periodismo en la universidad Carlos III de Madrid. Actualmente vive en Sao Paulo, donde ultima sus estudios. Apasionada por el mundo de la corresponsalía, los viajes y los movimientos sociales. Ha trabajado en radio durante tres años en la rama del periodismo cultural en España así como para otros medios de comunicación digitales cultivando el género de la entrevista con personalidades del panorama actual de la cultura y de la política.

 

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