LOS SUEÑOS ROTOS DE LA TALIDOMIDA

Humillados y ninguneados. Así se sienten los 500 afectados de la Talidomida en España. La Audiencia Provincial de Madrid anuló hace unos días el pago por parte de la farmacéutica Grünenthal de una indemnización a las víctimas que reclamaron 204 millones de euros por las malformaciones que les causó ese medicamento. Un documental se acaba de presentar en Madrid denunciando y reflejando las penumbras por las que han pasado los herederos de esta oscura mancha en la historia de la medicina.

 

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Jesus Marco Campos, afectado por la talidomida durante el embarazo de su madre.

Foto cedida por AVITE

 

 Por Lucas de la Cal para GEA PHOTOWORDS

 

“La vida es dura y puta”, me dijo una vez mi amigo Curro González. Demasiado puta en casos como el de la Talidomida. Sus afectados han sufrido otro duro revés. Su asociación, AVITE, consiguió que el año pasado un juzgado de primera instancia de Madrid condenase a Grünenthal a indemnizarles con 20.000 euros a cada uno por su comportamiento negligente al distribuir la talidomida a sabiendas de los efectos nocivos del medicamento. Sin embargo, hace unos días la Audiencia Provincial de Madrid ha revocado esa sentencia, dejando sin efecto esas indemnizaciones, considerando prescritas las acciones contra la farmacéutica.

“Nos han dado un golpe muy bajo. El laboratorio alemán mató a 5.000 bebés en el momento y dejó a muchos afectados, y eso no ha prescrito, está ahí. Pero no nos vamos a rendir. Lucharemos hasta el finar. Recurriremos al Tribunal Supremo”, afirma José Riquelme, presidente de Avite.

“Un momento lleno de armonía natural nos hace desear que los segundos se alarguen [...] Contergan nos ofrece paz y sueño. Este inofensivo medicamento no afecta [...] y es bien tolerada incluso por los pacientes más sensibles. Sueño y paz: Contergan, Contergan forte”  

Con estas palabras los laboratorios alemanes Grünenthal publicitaron hace 53 años la Talidomida, un medicamento que se popularizó en todo el mundo como barbitúrico sin “efectos secundarios”, y que se convirtió en la mayor catástrofe sanitaria de la historia. Dejó una estela de 50.000 personas deformadas, sin brazos, sin piernas, ciegos o sordos o en sillas de ruedas. 500 de ellas se encuentran en España.

Rafael, Isabel y Pepe comparten el mismo problema: sufren malformaciones congénitas. A Rafael Basterrechea no poder doblar los codos de sus brazos no le quita el sueño… Le resulta un poco incómodo, eso sí, coger el teléfono móvil porque el izquierdo no le llega a la mesa. Tiene que hacerlo con el derecho, un poco corto también, y sujetarlo con el hombro para dejar libre por lo menos su mano buena. Su madre también tomó aquellas pastillas para quitarse las nauseas que no la dejaban vivir en el embarazo. Ahora, desde su despacho del sur de Madrid, donde trabaja como jefe de obra en una importante empresa de construcción, vive con buen humor los padecimientos internos que tiene de por vida: glaucoma, hipertensión, problemas en los riñones, etc. Cada año que pasa se siente más cansado y en poco tiempo tendrá que dejar de trabajar. Esos 20.000 euros de indemnización no le hubiesen venido nada mal…

Desde hace 42 años, Juana Galán se acuerda todas las noches antes de acostarse de las dos pastillas de color ocre que tomó en aquella misma habitación, y casi a esa misma hora, que el médico le recetó para cortar la infección de orina que le atormentaba. Estaba embarazada de dos meses. El instinto materno la salvó de tomar las cuatro que indicaba la receta. Aún así, medio año después su quinta hija, Isabel, nació con 28 dedos. Madre e hija pasean hoy por Aranjuez lamentándose de su suerte. Isabel ha sufrido más de 40 operaciones en su vida, varios implantes y “desplantes” como ella dice y lleva como puede los brotes de esclerosis que le asaltan cada cierto tiempo. A Juana se le siguen poniendo los pelos de punta cada vez que ve un estuche de pastillas de color ocre.

Pepe Riquelme tenía 17 años cuando, paseando por la calle –lo de pasear es un decir porque le falta la pierna derecha- encontró tirado un ejemplar de la revista Interviú abierta por sus páginas centrales donde aparecía un hombre inglés sin brazos ni piernas bajo el titular “Y es feliz”. La crónica narraba la experiencia vital de este personaje, víctima de la talidomida, dando un ejemplo de superación pocas veces visto. La madre de José tomó una pastilla como tranquilizante un día de desesperación sin saber que estaba embarazada (el fármaco afecta a la formación del feto en sus primeras semanas de vida) ignorante del infierno que se avecinaba.

“La publicidad de la época aseguraba que el Softenón, que así se llamaba aquí el medicamento, te quitaba todo. Hasta las piernas. Por eso yo nací sin una. A pesar de todo me considero un privilegiado viendo lo que les ha sucedido a los demás”, asegura Riquelme no sin cierto humor desde su casa de Alcantarilla, en Murcia. El hombre, padre de dos hijos y funcionario del Ayuntamiento de la ciudad, también tiene problemas en la vista, estómago y columna. Pero, afirma, que también él es feliz.

 

HISTORIA DE UNA PASTILLA MALDITA

El 1 de octubre de 1957 el laboratorio alemán Grunenthal, con sucursal en España, lanzaba al mercado la Talidomida, un barbitúrico inocuo que sería recomendado a las mujeres embarazadas para quitarles los mareos. El lanzamiento se hizo a bombo y platillo con el nombre de Contergan sin ningún trámite previo y con apenas dos años de ensayos clínicos en animales. En el primer año los alemanes consumieron 15 millones de píldoras. La talidomida se distribuyó en 50 países, con 80 nombres comerciales distintos, y a finales de los años cincuenta era el tercer fármaco más vendido en el mundo.

Los principales cerebros de este fármaco fueron médicos nazis, algunos de ellos juzgados en Nuremberg, que experimentaron con él y otros medicamentos en los campos de exterminio. Hermann Wirtz, propietario y fundador de Grunenthal, fue un miembro activo del partido Nazi desde 1.932. Levantó su imperio económico gracias a las expropiaciones ilegales llevadas a cabo por el gobierno alemán a los judíos y la mano de obra gratuita, procedentes de los campos de concentración, que el partido le proporcionaba para sus fábricas de jabones y detergentes. En la nómina del laboratorio estaban también  médicos como Otto Ambros, químico ilustre que pasó a la historia como el creador del gas Sarín, el mismo que utilizaban los nazis para eliminar en masa a los judíos.

La talidomida se comercializó con diferentes nombres en Alemania y otros países europeos con el cartel de un nuevo sedante “absolutamente seguro”. Los beneficios del “medicamento maravilla” para la empresa farmacéutica fueron ingentes. Sola o en combinación, el fármaco se usaba para resfriados, tos, asma, dolores de cabeza, ansiedad y, por supuesto, para el insomnio. Se consideraba tan seguro, que muchas mujeres ni se molestaban en nombrarlo entre la lista de medicamentos que habían tomado durante su embarazo. Hasta que el día de Navidad de 1956 que una niña alemana nació sin orejas… Los casos de malformaciones se multiplicaron y los efectos se convirtieron en una epidemia. Las repercusiones sociales en todo el mundo fueron enormes.

A pesar de las restricciones, la talidomida se siguió vendiendo en nuestro país hasta 1963. Se podía comprar en las farmacias españolas sin receta médica hasta 6 preparados diferentes que contenían talidomida: Varial, Imidan, Glutonaftil, Softenon, Noctosediv y Enterosediv. Hay documentados casos de niños nacidos con malformaciones hasta 1965. Es decir, que en las farmacias se siguió comercializando sin restricción alguna dos años más. Si usted nació en esos años podría haber sido protagonista de este reportaje. Una cuestión de suerte.

 

DOCUMENTAL 50 AÑOS DE VERGÜENZA

Al lado de la sede del Partido Popular en Génova, hay un auditorio lleno de gente indignada. En una de las salas de la Academia de Cine de Madrid, se proyectó el pasado jueves el documental “50 Años de Vergüenza”. El film, realizado por los directores Javier Almela, Fernando Rodríguez y Ana Salar, cuenta en primera persona la lucha de las víctimas de la Talidomida españolas y alemanas. Es el resultado de tres años de trabajo en Madrid, Alemania, Inglaterra y Honduras. Narra, en 97 minutos, la lucha que desde hace décadas llevan a cabo estas víctimas para que se les reconozca como tales y obtengan reparación moral, económica y social, después de haber sido ignoradas e invisibilizadas, “primero por el régimen franquista y después por todos y cada uno de los gobiernos que ha habido en nuestro país”, dice Rafael Basterra, presente en el coloquios tras acabar el documental, que no pierde la esperanza de que se haga justicia de una vez por todas.

“El proyecto de la película comenzó a raíz de conocer a Pepe Riquelme, el presidente de Avite”, asegura Ana Salar, una de las codirectoras del documental. “El nos explicó lo que había pasado, que era una víctima de la talidomida, y a nosotros no nos sonaba la historia, ni el nombre del medicamento ni nada. La gente de nuestra generación que teníamos cerca tampoco sabía nada, y cuando preguntamos a nuestros padres lo que sabían eran cosas muy vagas. Nos parecía increíble que fuera tan desconocido un tema tan grave y que había tenido repercusión en todo el mundo, y por eso nos pusimos a intentar contar la historia”.

El documental recoge testimonios de víctimas de la talidomida y también de médicos como el español Claus Knapp, asistente de lujo en la sala, que fue quien junto al alemán Widukind Lenz descubrió que las malformaciones de los bebés eran producidas por el medicamento.

 

Lucas de la Cal Martín es colaborador de GEA PHOTOWORDS y del periódico El Mundo. Licenciado en Periodismo en la Universidad Complutense, es experto en reporterismo social y diplomado en Educación Sexual y Prevención de ITS (Infecciones de transmisión sexual).

 

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