MARES ÁCIDOS

Por más que se hable del cambio climático, siempre aprendemos algo nuevo. En la IV edición de las jornadas `Despierta, el planeta te necesita´, celebradas el pasado mes de junio en la Casa Encendida de Madrid para concienciar a la ciudadanía del peligro de la crisis ambiental, se planteó un nuevo problema: ¿Qué pasaría si el agua del mar fuera tan ácida que la vida marina desapareciera? Por desgracia, no es una utopía. Está pasando y las consecuencias ya son palpables. En este artículo las repasamos.

 

Playa de Gaza.

FOTO  ©  Sara Janini, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Imán Quinto Monzón para GEA PHOTOWORDS

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Muchas preguntas nos acechan sobre el cambio climático. ¿Qué es exactamente? ¿Qué podemos hacer para remediarlo? ¿Es una cuestión que interesa a las personas o se ha convertido en una problemática de segundo orden? Por definición, “cambio climático” se entiende como un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial.

¿Pero cómo puede afectarnos? Una de las graves consecuencias y menos conocidas por todos nosotros es la acidificación de los océanos. La organización medioambiental más conocida de Estados Unidos, el Natural Resources Defense Council ha elaborado un reportaje (documental Acid test) de la mano de científicos para explicar esta lacra que puede provocar en tan sólo 100 años la desaparición de miles de especies marinas al impedir formar sus conchas, caparazones y esqueletos.

De la misma manera que el dióxido de carbono procedente de la quema de combustibles fósiles se acumula en la atmósfera y causa el calentamiento global, también se acumula en los océanos, donde cambia la química del agua. Cuando el dióxido de carbono entra en el océano, este reacciona con el agua de mar para formar ácido carbónico. Desde el comienzo de la revolución industrial, hace 150 años, el mar ha absorbido aproximadamente una cuarta parte de todo el dióxido de carbono provocando un aumento de acidez de un 30%.

Esto provoca que muchas especies marinas desarrollen caparazones más débiles y que su crecimiento sea más lento. Si el nivel de acidez se eleva, el agua del océano se vuelve corrosiva, provocando la disolución de las conchas. Su desarrollo se ve afectado y en unos años acabaría por extinguirse. La acidificación del océano podría afectar no sólo a importantes mariscos comerciales, como las langostas, los cangrejos y los mejillones, sino también a las especies claves de la fauna marina.

Si los niveles de emisiones de dióxido de carbono no se reducen de manera drástica, los resultados pueden ser devastadores provocando la desaparición de la vida marina. Esto es sólo el principio ya que los impactos en la cadena alimenticia pueden afectar a peces, aves y mamíferos marinos. Ya hay evidencias que muestran que la acidificación está afectando a la vida marina por todo el mundo.

 

SIN OSTRAS

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Por ejemplo, las ostras del Pacífico no se han reproducido con éxito en su hábitat natural desde 2004, la Gran Barrera de Coral de Australia registró un descenso del 14 por ciento en la calcificación desde 1990 y en la Antártida el peso corporal de una especie de plancton es de un 30 a un 35 por ciento menor de lo que ha sido históricamente.

Se espera que la acidificación de los océanos ponga en riesgo la pesca comercial mundial, por lo que, también amenazaría una de las principales fuentes de alimentos para cientos de millones de personas. Desde el NRDC exigen promulgar una exhaustiva legislación climática y adoptar una política energética que invierta en la eficiencia y acelere el desarrollo de las fuentes de energía renovable.

La Fundación Mapfre ha presentado el informe ‘La respuesta de la sociedad ante el cambio climático’ que revela que ocho de cada diez españoles reducen el consumo de energía en sus hogares como medio para ahorrar. De esta forma la crisis económica se ha convertido en aliada para luchar contra una de las mayores lacras medioambientales. El ahorro se sitúa como razón prioritaria con un 81,6% frente a la disminución de la contaminación que cae al 13,8 %.

Los comportamientos más frecuentes son apagar la luz y los aparatos eléctricos cuando no se usan, utilizar bolsas propias para comprar, recurrir al transporte público o limitar el tiempo de la ducha.

Aunque un 90% de los españoles reconoce el fenómeno de cambio climático, esta problemática ha pasado a estar en segundo orden para los españoles debido a los graves problemas de desempleo que hay en la actualidad. De hecho, el informe revela que el 47% de los ciudadnos considera que el gobierno debe de preocuparse de problemas más importantes que el cambio climático.

 

SIN INFORMACIÓN

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¿Falta de información por parte de los gobiernos? Muchos españoles, en concreto casi el 80% reconoce estar poco o nada informado sobre las medidas de lucha contra el cambio climático y alude a que se trata de una cuestión lejana en el tiempo y que afectará a otros países.

La desinformación y la falta de consenso entre los grupos políticos españoles confunde aún más a la ciudadanía. Mientras el Gobierno defiende su política de creación de empleo a través de empresas con tecnologías limpias, la oposición le acusa de mirar hacia otro lado y de sólo invertir 43 millones de euros en uno de los problemas medioambientales más importantes.

“Mientras que en otros países se está haciendo algo por evitar y defenderse del cambio climático, en España se hace todo lo contrario, se machacan las energías renovables y se permite que las nucleares sigan su marcha. Lo ciudadanos pueden apagar bombillas, pueden salir a la calle a protestar, pero las herramientas las tiene los que gobiernan y son los que tienen que hacer algo al respecto”, ha puntualizado Alejandro Sánchez, biólogo y político ecologista español que forma parte de Equo desde 2011.

De esta forma según los expertos, el cambio climático se convierte en un problema no sólo científico, sino en un problema social, político y económico vinculado a la lucha sobre la explotación de combustibles fósiles, la contaminación, el acceso a la energía y nuestros medios de vida. El riesgo consiste en perder los avances conquistados a lo largo de muchos años de progreso social y en profundizar las brechas de desigualdad presentes en todas las sociedades.

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Imán Quinto Monzón es periodista y ha trabajado como voluntaria en el Proyecto Vivir.

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