MUERTE EN EL JAVARÍ

El Valle del Javarí, con una extensión el doble que Portugal, es el lugar del planeta, junto con Papúa-Nueva Guinea, donde habita el mayor contingente de pueblos indígenas no contactados. Tras décadas huyendo del hombre blanco la novedad es que ahora son ellos los que buscan el contacto, bajando de las cabeceras de los ríos donde se refugiaron en un pasado no muy lejano para pedir ayuda contra las enfermedades para las que no encuentran cura en su mundo de plantas. Hoy, en el Día Mundial de las Poblaciones Indígenas, recordamos la triste situación de los últimos y genuinos habitantes de la selva Amazónica.

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Indio matís enfermo de hepatitis en el hospital Casa del Indio del Yavarã­ 

Foto  © José  F. Ferrer

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Por Francisco de la Cal para GEA PHOTOWORDS

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El Javarí es un reducto, como fueron los kilombos en la época de la esclavitud negra. Allí se han ido refugiando grupos indígenas huyendo de la conquista española primero, y de la esclavitud impuesta por la extracción del caucho después. De padres a hijos, los refugiados en la que ha sido última selva libre se han venido transmitiendo la necesidad de salvaguardarse de los «comegentes», haciéndose fuertes allí hasta que, a partir de 1970, la mayoría cedió a las tentativas de contacto hechas por la FUNAI, Fundación Nacional de Atención al Indígena de Brasil, y el Instituto Linguístico de Verano. Fue el comienzo del fin.

Cenamos en compañía de Clovis Marubo, 40 años, coordinador del Consejo del Valle del Javari (CIVAJA) desde 1991, con quien manteníamos contacto vía e-mail desde España. Despacio, va desgranándonos su relato: «La Funai hizo que los indios dejaran la cabecera de los ríos y bajaran hasta donde fuera más fácil el contacto con el mundo de afuera. Para eso les regalaban cosas que no conocían:  azúcar, sal, galletas, motores, gasolina…, cosas que ahora les resultan imprescindibles para vivir. Cuando les cortaron el suministro, empezaron a necesitar dinero. Y llegaron las epidemias: malaria, hepatitis y gripe, la peor. La mitad de los pobladores del Valle murió de gripe después del primer contacto. Dejaron familias que se vinieron a la ciudad, donde se creen más seguros, aunque no se dan cuenta que los males de la ciudad tampoco tienen cura…».

En la mañana del domingo acudimos a una cita marcada en la sede del Civaja, casita sin mobiliario donde esperan una veintena de indígenas representantes de las etnias que pueblan el Valle. Hay marubos, matsis, mayurunas, korubos, kannamari y kulinas, de 27 aldeas distribuidas en 34 distritos. Despliegan un mapa sobre la pared en el que nos señalan las localizaciones. Los aislados se encuentran en un lateral, cerca de los ríos Juruá e Ipixuna, donde los fazendeiros (hacendados) desmatan selva para pastos de ganado, invadiendo el territorio de los «flecheros». De vez en cuando los ríos arrastran cadáveres de hombres, señal que por aquellos pagos se sucede una de esas guerras escondidas tan frecuentes en la selva amazónica.

 

Consejos de chamanes

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Jorge Marubo, presidente del Consejo Distrital de Salud Indígena, recuerda los primeros tiempos del contacto cuando los pajés (chamanes) les decían: «No podemos morar en los ríos grandes, vendrán enfermedades que no tienen cura. Nosotros tenemos que vivir en las cabeceras, donde las aguas son puras». «Nunca vivíamos más de cinco años en un mismo lugar -recuerda-. Cuando la tierra comenzaba a empobrecerse para nuestros cultivos de banana y yuca y la caza a escasear, buscábamos otro asentamiento. Ahora, tras vivir 25 o 30 años en un mismo sitio, la caza queda lejos. Es preciso alejarse dos días a motor para encontrarla. El impacto entre nuestros pueblos es grande. Ya que estamos viviendo en un mundo moderno, el Gobierno podría hacer algo para formarnos, dar una sustentabilidad a nuestra vida social y, sobre todo, estructura para el área de la salud».

El tiempo demostró que los pajés tenían toda la razón. En la década de los 80 el virus de la hepatitis ya era endémico en las aldeas del Valle, llevándose sobre todo a los jóvenes. Los indios achacan los contagios al contacto directo con colombianos, peruanos y brasileños. Y en los 90 comenzó a extenderse por el Valle el azote de la malaria, traída por los propios agentes de la Funai del Estado de Roraima, a donde la Fundación había concentrado a todos los jefes de puesto para luchar contra la epidemia de paludismo que mató a 2.000 yanomamis, contagiados por los garimpeiros (buscadores de oro) infiltrados en la región.

«Hoy día -remarca Jorge Marubo – tenemos el mayor problema con la compra de medicamentos. Faltan remedios contra la malaria y en cambio tenemos un stock inmenso de pañales para bebés, que nuestros pueblos no usan. Llegaron 15 millones de dosis contra la fiebre, que debían durar 15 años, pero la fecha de caducidad expiraba al mes siguiente. Entregamos al Presidente de la República un documento donde pedíamos lugares para guardar las vacunas, con neveras solares, y solicitábamos que se capacitase profesionales entre los indígenas. Esto sería suficiente para atajar el problema, y no lo tenemos. Ahora denunciamos al Ministerio Público porque el propio sistema perjudica las acciones, ya que no es un problema de dinero, y sí de responsabilidad».

 

Hospital Indígena

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Las ONG, como Médicos Sin Fronteras, acudieron en 1999 en socorro del Javarí. Hicieron cuanto pudieron: formaron vacunadores, trajeron medicamentos, incluso se construyó el hospital que actualmente, en Atalaia do Norte, sirve de punto de atención a los enfermos de la Reserva. Luego, cuando se creó la Funasa, levaron anclas por considerar que la situación estaba bajo control.

Con los marubos Clovis y Jorge visitamos el hospital. Consta de varias construcciones circulares, una para cada grupo indígena, donde los enfermos suelen llegar en familias. Hay otras dos que albergan un comedor semidescubierto y el pequeño hospital. Es como una «maloca» de cemento abierta a la frondosidad circundante. Por ser domingo muchos pacientes se han ido a pescar al río, así que solo encontramos a los más enfermos.

La falta de medicinas y profesionales hace que los pacientes tengan que esperar semanas, hasta meses, en estas dependencias, si mantienen la persistencia para ello. Muchos no aguantan y se van. En el recinto destinado a los Matis y Mayurunas, pueblos que hablan la misma lengua pano, encontramos un puñado de indígenas lánguidamente tendidos en sus hamacas, los niños jugando en el suelo, las madres sentadas tejiendo collares y bolsas artesanales que luego intentarán vender.

Los Matis fueron contactados en los años 70 y aún conservan buena parte de su porte tradicional: parecen hombres-gato con sus rostros tatuados atravesados por finos palos negros. Allí permanece postrado Bima Matis, de 40 años, quien por medio de sus colegas marubos expone su caso. Lleva dos meses esperando tratamiento. Su aldea de 300 personas está a cinco días de navegación en canoa con motor de popa. Vino porque ya no podía más trabajar en su plantación de yuca y banana.  Cree que no se va a recuperar pues ya murieron cuatro personas de su comunidad en el último mes. No sabe de qué. Probablemente, dice, de hepatitis. En los ojos profundamente oscuros de Bima se lee la tristeza de un mundo que se acaba. «Falta remedio en las aldeas, la gente está muriendo de malaria existiendo medicamento para curar. Nadie se ocupa de nosotros», se queja con los ojos acuosos de la enfermedad.

 

…Y llegaron las toses

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Hace 25 años, poco depués del contacto, los matis empezaron a toser. En los meses posteriores murieron 350 de ellos, más de la mitad de la población que habitaba en las márgenes del río Ituí. Mina Uaça, otro convaleciente, desconocedor de su edad, habitante de la aldea Beija-Flor, dice que antiguamente, cuando vivía en la selva, no había estas dolencias. Si se sentían enfermos tomaban kambó (medicina tradicional basada en la aplicación del veneno de un sapo) y vomitaban. Ahora ya no surte efecto. Antes sólo sufrían mortandad con la picada de ciertas serpientes, sus pajés curaban todo. Sin embargo, éstos se han vuelto impotentes ahora contra las nuevas enfermedades. Ya no tienen poder.

Make Tuku, de 21 años, también espera tratamiento. A él le gustaría quedarse a vivir en la ciudad y aprender la lengua de los blancos, de la cual ya chapurrea algo. Igual sucede con su amigo Puxi, de 20. Con dificultad van esbozando un portugués recién aprendido: «Estamos perdiendo nuestra familia con la dolencia que existe hoy, hepatitis, enfermedad de blanco. Ya no queremos volver a como vivíamos antes. Queremos decirles que aquí los jóvenes que van creciendo, pierden, van muriendo poco a poco, y que blanco engaña a los indios con dinero. Por eso queremos aprender de ustedes», afirma sin dejar de toser.

Los expertos calculan que de aquí a 30 años no quedarán índios en el Valle del Javarí.

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Francisco de la Cal Ovejero, Madrid 1956, es licenciado en Periodismo por la Facultad Complutense de Madrid. Vivió 15 años en los Estados brasileños de Acre y Amazonas donde publicó numerosos reportajes sobre la vida amazónica en medios del país. Ha colaborado en revistas como GEO, NATURA, Muy Interesante, etc. Fue ayudante de realización en la serie de documentales «Crónicas en el Amazonas» y es coautor del libro «Viaje al traspasado corazón del mundo: rebuscando ELDORADO» (Editorial Manuscritos) y autor de «Relatos del Santo Daime», de la misma editorial. En la actualidad es productor ecológico en La Vera (Cáceres).

 

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