MYANMAR – EL PAÍS DE LAS PARADOJAS

Viajar a la antigua Birmania, es visitar un país que parece haberse quedado petrificado en el tiempo. Una bellísima nación que sufre las consecuencias de un régimen militar que durante décadas ha manejado a su antojo a la población y a sus valiosos recursos naturales y que, por fin, parece  avanzar lentamente hacia un gobierno civil. A pesar de todo, en el carácter, la humildad y la amabilidad de sus gentes es posible contemplar la esencia del sudeste asiático aún intacta. Myanmar esconde un futuro de largo recorrido.

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Indein, en los márgenes del Lago Inle, en el Estado de Shan.

FOTO  ©  Francesc Morera

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Por Ana Morales para GEA PHOTOWORDS

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Un colorido cartel que reza “Welcome to Myanmar: the Golden land” nos recibe a nuestra llegada a Yangon, la que, hasta hace escasos seis años era la capital de este misterioso y desconocido país. Pero la antigua Birmania de Lotti, Orwell o Kipling ya no es Birmania, sino Myanmar, y su nueva capital ahora es Naypidaw, “Sede de Reyes”, situada a 400 kms al norte de aquí. Quién sabe si es un intento megalómano de emular a los antiguos reyes birmanos, o, como dicen las malas lenguas, simplemente porque los astrólogos y adivinos, que tienen mucho peso en la sociedad birmana, y, también en el gobierno, así se lo aconsejaron al entonces general Than Shwe.

Myanmar afronta hoy, tras más de cuarenta años de aislamiento, censura y dictadura castrense, unas reformas pretendidamente democráticas, encaminadas a la apertura del país, la atracción de inversión extranjera y la reactivación de la ayuda al desarrollo que fue interrumpida en 1987.

Tantos años de dura dictadura y represión acabaron con la esperanza y el bienestar de una nación que es hoy el país más pobre del sudeste asiático. A la cola en educación, sanidad, en infraestructuras básicas, en el respeto de los derechos humanos… Un país que en los años 50 tenía la población más educada y los mayores recursos naturales de toda la región, y que ha sido saqueado y arruinado hasta la extenuación.  De lejos no se puede comprender lo difícil que es la vida aquí. Su población, ha estado sumida en el olvido de la comunidad internacional hasta nuestros días.

La decisión de si es ético o no visitarlo ha estado siempre sobre la mesa. En cualquier caso, lo que sí se debe de intentar es que el impacto positivo sobre los ingresos del régimen sea mínimo.

 

PAÍS RICO, GENTE POBRE

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Sentada a pie de calle en una típica casa de té, (siempre concurridas porque son lugar de encuentro), y saboreando el delicioso la-pe-ié, una especie de chai local, no dejo de pensar que Myanmar, es el país de las paradojas. Hace años leí en algún sitio que “Birmania es un país rico con una población muy pobre”, hoy, pienso que la definición es acertada sólo si hablamos de penuria económica, pues en lo demás, en occidente desearíamos tener la riqueza espiritual y la alegría vital que se ve aquí.

Es paradójico que un país en el que hay suministro eléctrico tan sólo unas pocas horas cada día, y sólo en los grandes núcleos urbanos, existen los recursos petrolíferos y de gas natural más grandes de todo el continente, y que estos estén siendo explotados por y para el consumo de gigantes como India, Tailandia o China. Y que dichas  reservas de gas natural, que son controladas por el régimen birmano en sociedad y complicidad con la multinacional petrolera estadounidense Chevron, la francesa Total y una tailandesa, sean las que han mantenido viva a una de las dictaduras más longevas del planeta. Y paradójico, también, que frente a los fusiles, los únicos capaces de plantar cara al gobierno y de hacerlo tambalear sean, precisamente, un colectivo que observo por doquier: los monjes.

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Santuario situado en lo alto de Kyaiktiyo, Estado de Mon.

FOTO  ©  Francesc Morera

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Esta extensa comunidad, muy respetada en todo el país, iguala en número a los militares. En 2007, en lo que los medios denominaron “la revolución azafrán”, éstos tomaron pacíficamente las calles para protestar por la subida del precio de los combustibles, y, gracias a video-reporteros encubiertos que se jugaron la vida, pudimos contemplar el pulso que le echaron al gobierno haciendo caso omiso de la ley marcial establecida. Los monjes no pueden votar, pero se les considera una suerte de tercera fuerza política en el país. Posiblemente años atrás, pararte a hablar con alguno de ellos hubiera supuesto ponerlos  en una situación muy incómoda, pero lo cierto es que, deseosos de conocer la opinión de los extranjeros, te abordan, con su peculiar inglés para ver qué sabe el mundo de ellos y qué opinamos de los recientes acontecimientos.

 

LA CAPITAL

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Es imposible no dejarse atrapar por la decadencia colonial de Yangon, la antaño Rangún, considerada una de las ciudades más exóticas del sudeste asiático. Los acusados contrastes son el sello de identidad de su particular fisonomía urbana: edificios coloniales muy maltratados por el tiempo y la dejadez, con sus fachadas desconchadas y descoloridas junto a altas torres de metal y cristal que parecen estar fuera de lugar. Frondosos y tranquilos parques y lagos donde la gente medita frente al creciente caos de su centro urbano, monjes caminando descalzos por la calzada junto a militares armados… o pagodas y templos en medio del tráfico y compartiendo espacio con vendedores ambulantes y casas de té.

Todo esto a la vez es Yangon, con su bullicioso puerto y sus avenidas, con sus barrios chino e indio y la icónica y dorada Pagoda Shwedagon, de 2500 años de antigüedad, la cual, en lo alto de la primitiva colina de Dagon, y desde sus 98 metros de altura parece contemplar la ciudad. Shwedagon ha sido testigo de la agitada historia del país y víctima de los frecuentes desastres naturales, pero aún sigue en pie, igual que su pueblo. Es una maravilla.

En este lugar de cuento, gran cantidad de devotos vestidos con sus mejores galas, se postran,  encienden velas y hacen ofrendas de agua, flores o incienso a su Buda personal. No parecen sorprenderse de que semejante templo, sin parangón en el mundo esté ahí, rodeado por los edificios modernos de la ciudad y asimilada por la misma… Uno observa y desea impregnarse de esa paz que se respira mientras los pies descalzos reciben el calor del inmaculado suelo de mármol al deambular entre pabellones e imágenes de Buda de todos los tiempos y tamaños. Cuando los últimos rayos de sol del atardecer se empiezan a derramar por su cúpula ya anaranjada, las  bandadas de pájaros se despiden del lugar hasta el día siguiente… Es poesía.

Pero fuera de sus dos ciudades principales, Yangon y Mandalay, Myanmar es un país eminentemente rural, que se encuentra rodeado en el norte, este y oeste por montañas que limitan un valle central, surcado por los ríos Irrawady, Sittang y Salween, donde se concentran los cultivos del arroz y vive la mayor parte de su población. El Mekong hace de frontera natural con Laos y Tailandia y junto con sus vecinos tiene el dudoso placer de formar parte del conocido Triángulo de Oro del opio y el contrabando de estupefacientes.

Las sencillas casas-palafito construidas de bambú y techadas de hoja de palmera se integran  armoniosamente en el paisaje, y sus fértiles campos de tierra roja, son arados por cansinos bueyes de agua que como premio chapotean indolentemente en las charcas con expresión de placer.

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Shwesandaw Paya en los campos de Bagan. Más de 4.000 templos a la orilla del río Ayeyarwady.

FOTO  ©  Francesc Morera

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Atravesando pequeñas aldeas en día de mercado y fluorescentes campos llegamos a la Golden Rock, en el estado Mon. Toda esta región está formada por un largo istmo entre el Mar de Andamán y Tailandia, pero para los foráneos, saliendo del norte, que es donde ahora estamos, es una región totalmente desconocida. Contemplar el amanecer y el atardecer en la Golden Rock, con su frágil equilibrio es un espectáculo. Magnética, desafía las leyes de la física más elementales…así que decidimos que habrá que hacer alguna concesión a la mística y creer en la leyenda que dice que la roca es sostenida por el poder de la reliquia que custodia en su interior, un mechón del pelo de Buda.

Junto con la Pagoda Shwedagon y el buda Mahamuni de Mandalay, este es uno de los tres lugares más sagrados de Myanmar. Y es inevitable no sentirse, de algún modo, peregrino en Birmania.  No podremos dejar de visitar Mandalay, con sus eternas colinas de Sagaing plagadas de monasterios envueltas por  la bruma, el lugar elegido por Siddarta Gautama para su retiro. Ni navegar lentamente por el Irrawaddy hacia la ancestral capital de Bagan, la cual conserva uno de los mayores complejos arquitectónicos del Sudeste Asiático, que rivaliza en belleza y magnificencia con el conjunto de los templos de Angkor en Camboya.

Visitar Myanmar aún ofrece la sensación del descubrimiento, el contacto desinteresado de sus cándidas gentes y bellísimos rincones evocadores de otras épocas. Es un diamante en bruto que conserva intacta le esencia del sudeste asiático, aunque es difícil aventurar durante cuánto tiempo más. Como decía Kipling: ”Esto es Birmania, una tierra que no se parece en nada a cualquier otra que hayan pisado”.

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Ana Belén Morales, es licenciada en Administración de Empresas por la Universidad de Málaga y Master en Dirección de márketing por la Escuela de Alta Dirección y Administración (EADA), en Barcelona.Viajera infatigable, ha recorrido varios países, centrándo su interés en el Sudeste Asiático, Thailandia, India, Nepal, y especialmente en Myanmar (Birmania). Colaboradora habitual de foros dedicados a esta parte del mundo con categoría de master, ha publicado reportajes en revistas del sector de viajes como Viajar y Lonely Planet.

 

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One Response to “MYANMAR – EL PAÍS DE LAS PARADOJAS”

  1. Francisco
    15 julio, 2014 at 18:19 #

    Un buen reportaje sobre un país todavía por descubrir. Muy interesante. Bellas fotos.

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