NORUEGA RECUPERA SU CALMA

La educación y el ambiente pacífico se respiran por las ciudades y pueblos noruegos. Incluso un año después de los atentados de Anders B. Breivik en Oslo y Utoya. ¿El espíritu del Nobel Prize tiene algo que ver? El politólogo Johan Galtung cree que no, pero sorprende la ausencia de rabia de sus habitantes tras tan poco tiempo de duelo… Este año la designación de la UE por el Peace Center ha creado una importante controversia. Intentamos ahondar un poco más en el corazón social de Noruega después de la tragedia.

 

 FOTO ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Cristina Martínez Sacristán para GEA PHOTOWORDS

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Resulta sorprendente cómo los neoyorquinos se reponen de tragedias tan grandes como la del 11-S o de catástrofes como ‘Sandy’. Cuando se levantan del suelo de la adversidad, son dinámicos, eficientes, abiertos y creativos. Los japoneses reaccionan tozudamente y como hormiguitas, y pronto Fukushima será historia entre los turistas de Occidente, y a buen seguro la isla asiática desplegará su fuerza y avanzadas tecnologías como si nada hubiera pasado. Los alemanes también son auténticos reconstructores, y qué decir de los polacos, que tuvieron derruido el país en un 80-90% tras la II Guerra Mundial y ahora gozan de una situación muy benigna. En el caso de los noruegos, se han hecho nuevos, también: a principios de los años 70, y con el impulso de haber encontrado una fuente de petróleo poderosa, organizaron su sociedad con sentimiento de grupo y evolucionando en pocos años exponencialmente. Se han mantenido firmes, al margen de la Unión Europea, y han logrado altas cotas de independencia que hoy celebran, constituyéndose como el tercer país más rico del mundo.

Del mismo modo, si hay algo que se respira en Noruega es paz. Y no sólo porque en Oslo el Peace Center protagoniza muchas de sus actividades, concediendo allí el Premio Nobel de la Paz cada año (se entrega el 10 de diciembre, cuando murió Alfred Nobel). Sus ciudadanos son amables y risueños, se muestran contentos con el tipo de sociedad que tienen, y en la que se sienten partícipes, y se conducen educadamente, siempre deseando que el visitante se sienta bien. Transmiten el bienestar que han alcanzado a través de coberturas sociales progresistas, un sentido muy desarrollado del diseño, una educación pública de altísima calidad, unos empleos bien remunerados y cualificados. Respetan el medio ambiente y les gusta mucho la Naturaleza. Y, tras poco más de un año de la matanza de Oslo y Utoya, este estado laico parece haber recuperado en buena parte su serenidad.

Algunos habitantes de Oslo indicaron recientemente a esta periodista que “somos un país pacífico. No podíamos dejar que Anders B. Breivik se saliera con la suya, así que salimos a las calles, las llenamos de flores, y hoy que cumpla su condena”. Y en Noruega la pena máxima es de 21 años de cárcel, en el caso de Breivik prorrogables. Una condena que en Irán, Estados Unidos, China e incluso España parecería una broma. Pero en Noruega las cadenas perpetuas y la pena de muerte son ciencia-ficción.

 

NADA HA CAMBIADO

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Pues sí, hay dos aspectos hondamente curiosos al viajar por Noruega 14 meses después del incipiente genocidio del xenófobo. Por un lado, tras aterrizar en Oslo no hay ni un solo control de entrada al país, y en museos y otros espacios públicos no se han reforzado las medidas de seguridad. Únicamente en los edificios gubernamentales donde atentó Breivik para distraer la atención. La Policía no ha incrementado su número de armas (mucho más bajo que en otros países) y el ambiente por las calles es distendido. Desde el guarda de seguridad junto al edificio más dañado por el terrorista, pasando por ciudadanos que no sufrieron los ataques, hasta los que sí pudieron perder la vida, aseguran que “este es un país seguro”. ¿Exceso de confianza?

El otro aspecto, hilado con este último, es la ausencia de rabia en los testimonios de las personas afectadas por los atentados directa o indirectamente, pues “todo el mundo conocía a alguien”, señala Toril. “Fue espantoso”, recuerda esta noruega nacida en el Norte, y que estaba muy cerca del núcleo político de Oslo cuando estalló el coche bomba en la capital el 22 de julio de 2011. Su madre se encontraba en el meollo, pero no lograban comunicarse por teléfono. Pasaron mucha angustia y “hoy puedo leer noticias sobre él, pero no le puedo ver por la televisión: la apago. Qué mirada más fría, está vacío por dentro”, dice rotundamente.

Toril, al igual que la mayoría de las personas consultadas, se siente segura en su país y estima que el de Breivik es un caso aislado. Del mismo modo, Vekter, un guarda de la National Gallery de origen pakistaní, subraya que el extremista noruego “no tenía amigos, su padre no le quería… estaba mal de la cabeza”. Al contrario, el politólogo y experto mediador en conflictos internacionales nacido en Oslo Johan Galtung considera que los hechos de Oslo y Utoya no responden a un loco aislado, sino a una amenaza extremista que se puede acentuar en Noruega por la creciente entrada de inmigrantes. “Noruega ha sido uno de los países más homogéneos, y de ahí nace el racismo”, argumenta.

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 FOTO ©  Cristina Martínez Sacristán

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Johan Galtung, cuya nieta salvó la vida escondiéndose de Breivik en el bosque de la isla de Utoya, ya criticó en julio de 2011 a la Policía noruega, por “incompetente: las señales eran clarísimas”. Recientemente afirmó que la policía secreta debería dimitir, siguiendo el ejemplo de Oystein Maeland, jefe de la Policía. Un noruego del Sur, Svein, comenta que es “complicado”, ya que “Maeland llevaba poco tiempo en el cargo, por lo que pudo ser un lavado de cara de los políticos”. Galtung es más severo aún: “Fue un sacrificio ritualista, una cabeza para las masas. Pero no ha funcionado, pues todos culpan al Gobierno y a la Policía en general”. El experto en mediación de conflictos cree que “muchos noruegos están en la vecindad de la derecha y el extremismo, que alberga una ideología loca”. Y que, como el islamófobo, muchos individuos “se convierten en monstruos cuando se toca el conflicto”.

En el caso de Pernille, pasa por delante del edificio más dañado al salir de trabajar. Ella tiene un comercio cerca, y narra que el día del coche bomba estallaron los cristales del escaparate y cayeron con violencia dentro del establecimiento. Afortunadamente, reaccionaron a tiempo y se tiraron al suelo. Más suerte tuvo su madre, quien trabajaba en dicha sede gubernamental, pero ese día libraba. Algunos de sus compañeros de trabajo sufrieron heridas importantes. Pernille dice que la explosión fue “indescriptible, y todo retumbaba”. En cambio, 14 meses después afirma que en su familia “estamos bien”, con una serena sonrisa. Incluso acepta amablemente posar para una fotografía junto al edificio en reconstrucción.

 

CONVIVENCIA

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Tras los sucesos de Breivik, es fácil preguntarse si hay un sector racista en Noruega. Según los trabajadores del famoso Fish Market de Bergen, la mayoría de los noruegos, disfrutando de su Welfare State, no quieren empleos tan ingratos (muchas horas de pie, con humedad, limpiando pescado…), y los habría que se muestran molestos porque no son atendidos en un noruego muy bien hablado. “¿Qué país no es racista? Que éste, tan rico y asediado por personas que vienen a buscar trabajo, lo sea un poco es normal”, opina Marco, un despierto empleado de origen italiano y que vivió en Menorca, quien cree que, de no ser por los inmigrantes, “el mercado cerraría”.

Linda es una propietaria de un establecimiento de rico sushi en la zona más acomodada de Oslo. Ella nació en Vietnam, y tradujo su nombre para poder adaptarse a la sociedad noruega. Tras 30 años viviendo allí, piensa que “los noruegos son más racistas que lo que creen” y que resulta difícil acceder a un buen puesto de trabajo o a un colegio caro con rasgos orientales. “Te ponen algún pretexto, como que no tienen disponibilidad en ese momento, para no cogerte”, estima. Johan Galtung ratifica estos pensamientos: “Si Breivik hubiera sido un Ahmed, no un Anders, entonces los noruegos sí se mostrarían más rabiosos ahora. Por eso están tan desconcertados: no contaban con un noruego atentando contra sus compatriotas”.

En Oslo vemos muchos establecimientos y empleados procedentes de Pakistán. Vekter cree que Noruega es un buen lugar para vivir por sus facilidades, “si vienes de lugares más pobres, si tienes hijos… Los pakistaníes no tenemos problemas porque somos muy trabajadores”, entiende. Svein reconoce que, “aunque no hay grandes manifestaciones, sí existe un grupo extremista en Noruega”.

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 FOTO ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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PREMIO NÓBEL

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En una cena en el Grand Hotel, en Karl Johans Gate, se hace público todos los años quién recibirá el Premio Nobel de la Paz. Los noruegos siguen con atención esta decisión, que cristaliza en su entrega el 10 de diciembre en el bonito Ayuntamiento de Oslo, pero también son muy críticos: si no están de acuerdo, se manifiestan pacíficamente en el centro de la ciudad.

La designación de Barack Obama, por ejemplo, creó una gran controversia, si bien la de la Unión Europea este año ha levantado bastantes voces discordantes. Svein recuerda que hay que partir de la base de que “más del 50% de los noruegos se mostraron contrarios a la UE, por lo que esta vez los comentarios han sido más extremos”. Kirsti trabaja en el Peace Center y aclara que, efectivamente, este año la polémica ha sido mayor. “Ha generado un debate internacional y en el seno de Noruega. Algunos creen que el premio está fundamentado, pero que llega tarde; otros, que es un gran error… El debate público cubre una gran escala”.

Así lo corrobora Sture, del Munch Museum. Hay quienes, incluso, recuerdan la actuación de la UE en los Balcanes, y les parece poco honroso el galardón. Otros piensan que, de haberse entregado antes, quizás ahora la situación de Europa no estaría tan en el límite. Tang Guogiang, embajador chino en Oslo, escribió en la versión anglófona del diario Auftenposten, al día siguiente de hacerse público el nombramiento, que había recibido “miles de emails, llamadas y telegramas de chinos y noruegos decepcionados”. Periódicos y revistas han reflejado la polémica e incluso Lech Walesa se pronunció airado. Un experto británico, Godfrey Bloom, escribió en esos días: “Obama y la UE degradan el Premio”.

Svein se pregunta qué habría pasado si los países europeos en recesión hubieran pagado más impuestos, como los noruegos. “Quizás ahora estarían contentos con el reconocimiento”, especula. El Instituto Nobel cuenta con un comité independiente del parlamento y de los partidos noruegos, por lo que, señala Svein, “no debería culparse al país por esta decisión”.

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Cristina Martínez Sacristán, nació en Bilbao y es periodista. Vinculada desde los 90 al periódico Deia, ha trabajado en radio, en una productora audiovisual y para editoriales, en inglés y en castellano. Actualmente colabora con revistas especializadas y con radios. Estuvo con los primeros ‘indignados’ en Wall Street y recientemente ha realizado una investigación sobre La Maleta Mexicana. Acaba de regresar de hacer unos reportajes en Noruega y estuvo con los primeros indignados de Wall Street”.

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