OTRA FORMA DE VER EL MUNDO

Cuando los ojos no ven el corazón puede ser eterno. Esta podría ser la moraleja de esta tremenda historia humana de cinco hermanos ciegos colombianos que han aprendido por la fuerza de ser otra forma de ver el mundo. Arturo, Lucero, Geovanny, Enrique y Ana dan cada día un ejemplo de libertad tratando de vivir una existencia sin colores, sombras o luceros. El periodista los visita en su casa y nos cuenta su historia como el de un amigo de la familia de toda la vida. Un retrato costumbrista de una familia que ve lo que otros no podemos ver.

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Uno de los cinco hermanos ciegos de esta historia.

FOTO  ©  Diego Andrés Sánchez Alzate

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Por Diego Andrés Sánchez Alzate para GEA PHOTOWORDS

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Ana Gómez, su madre es del Valle, una mujer de 78 años de edad, que sufre de una artritis muy avanzada. Cuando tenía 8 años se trasladó al Municipio de Marinilla con su padre y se casó a los 15 años con Arturo Jaramillo, campesino del lugar. “Uno en ese tiempo era muy ignorante y no se casaba por amor sino por tener una familia”, cuenta Ana. De éste matrimonio, nacieron diez hijos de los cuales cinco -Arturo, Lucero, Geovanny, Enrique y Ana- son ciegos. Cuatro se encuentran en la presente reunión y uno ya murió.

Interviene Lucero: “mamá tuvo cinco cieguitos, ¿por qué?, no sé, no es herencia, nadie de la familia había sido ciega y mis papás, que yo sepa, no son primos.  Nunca se supo, mi Dios sabrá. Ellos vinieron con el cordón, que de los ojos conecta con el cerebro, quemado. Los estudiaron muchas veces pero ellos igual ya no querían ver, por eso no iban a los estudios”. “Eso sí” dice Arturo, “si yo pudiera dejar de ser ciego, seguiría siendo ciego”.

El nacimiento de estos cinco hijos fue un poco complicado, pues según hipótesis de Doña Ana, adquirieron una infección en los ojos  causada por enfermedades de transmisión sexual: “Arturo, el padre de los niños, era muy mujeriego y tomaba trago. Estaba con cualquiera por ahí y me pegaba las enfermedades”, cuenta la madre.  Además ella tuvo los hijos en la casa, y afirma que de haber sido en un hospital hubieran eliminado la infección.

A pesar de que visitó a varios médicos, no obtuvo razón alguna y mucho menos tratamiento para no tener más vástagos: “como éramos tan pobres, yo no podía planificar. Una bien inocente y los médicos no me decían nada”, cuenta mientras sonríe. De repente se escucha la voz de uno de los hermanos que falta por participar, José Gabriel Giraldo de 58 años, aunque todos le dicen Nelo, de cariño. “Yo he tenido dos vidas, cuando veía el sol que era amarillo, el cielo azul y blanco, el pasto verde y cuando no los volví a ver”, asegura.

“Yo perdí la visión por descuidado. Cuando veía me gustaba mucho trabajar la agricultura, me dieron cataratas y me operaron. Por trabajar tanto no me cuidé, se me desprendió la retina y quedé ciego a los 17 años”. Continúa Nelo. En un comienzo se quiso suicidar. Según sus hermanos, le dio muy duro perder la visión, pero sus padres y hermanos lo apoyaron mucho para que no tomara esa decisión.

 

UNIÓN EN LA LUZ

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Interviene Lucero con el positivismo que la caracteriza: “mi infancia fue muy bonita a pesar de las carencias. Siempre hemos estado muy unidos y todos valoramos lo que tenemos”. Esta  mujer de 42 años, es de las pocas que logró terminar sus estudios de bachillerato. “Pero diga algo” le dice Arturo a Enrique, de 59 años, quien es quizás por sus canas y la complexión de su cuerpo, el que más edad aparenta. Estudió en la escuela de ciegos Francisco Luis Hernández, en la ciudad de Medellín, donde también iniciaron estudios Arturo, Geovanny y Nelo.

Enrique tiene una forma muy peculiar de hablar, es una persona muy agradecida de la gente educada y habla de vosotros, para dirigirse a las demás personas. “¿Queréis ver  el braille?” pregunta a los que se encuentran en la reunión. “¿Vosotros observáis como yo lo hago?” dice y saca una tabletica de color dorado con múltiples rendijas rectangulares en su interior, dos a cada lado. De su otro bolsillo saca un punzón verde y comienza a marcar una cartulina blanca que ha puesto debajo de la tabla.

Puesto que es el que mejor se desenvuelve en el municipio, Nelo se encarga de ir por  los medicamentos hasta el barrio María Auxiliadora, ubicado a 25 minutos de su casa. Además es el encargado de pagar los recibos del agua,  luz, el teléfono y de ir, en ocasiones, por el mercado. “Nelo tiene ojos en los pies”, afirma Arturo. Para salir a la calle Nelo se guía palpando si hay ventanas que sobresalen y arrastras las botas de caucho que siempre lleva puestas “mis pies son como mis radares” dijo, mientras levantaba los pies hacia la derecha, cuando las personas se encontraban en frente de él. “Me duran por hay dos años” comenta a la pared vacía.

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Uno de los cinco hermanos ciegos de esta historia.

FOTO  ©  Diego Andrés Sánchez Alzate

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PODER VER LOS SUEÑOS

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Arturo en cuanto se nombra el tema de los sueños dirige su cabeza hacia adelante pretendiendo hablar rápidamente. “Yo sueño que visito templos en forma de pirámides y que hago viajes al fondo del mar. ¿Cómo es el mar?, es intenso e infinito, es más grande y más profundo que un rio. Cuando me sumergí seguí bajando y encontré un pueblo, de tamaño grande regular, ahí se me acercó un señor más trozo que yo, de piel tosca y morena. El señor me dijo que ese pueblo estaba en la inter tierra, allí vendían unos radios que trabajaban con el sol y carros que trabajaban con energía solar”.

Lucero explica que ellos no sueñan con imágenes, a excepción de Nelo, que sueña con las que recuerda. Ellos en los sueños, palpan, oyen y sienten las cosas, por eso sus descripciones son más enfocadas en las sensaciones.

Hernando, como en anteriores momentos sorpresivamente deja la gesticulación de su rostro, para de nuevo intervenir: “en los sueños el espíritu sale a recorrer el mundo, de eso se tratan los sueños, de que nuestro espíritu salga a explorar, eso es desdoblamiento astral”. Y continua: “cuando yo estaba en Bogotá había un muchacho que salía andar de noche, el mito era que no lo podían despertar, un día lo despertaron y nunca volvió. Murió”. Al igual que Hernan, Geovanny y sus hermanos piensan que en cuando se sueña el alma sale del cuerpo y recorre lugares a los que hace mucho no se va.

“Yo amo la lectura. Desde que estudiaba me enseñaron el sistema braille, un sistema de punticos” cuenta Geovanny, quien además toca la guitarra, pero no  gratis: “la gente quiere que uno les toque gratis, le dicen a uno: tócame una que me haga llorar, no valoran el arte”. Este hombre además es llamado “el calendario”, pues le dicen una fecha del año, la que sea y el de forma inmediata responde que día cae. Esta capacidad ya lo hizo figurar en televisión, en el programa Caja Mágica de Teleantiquia.

Al igual que Geovanny con la guitarra, Hernando aprendió a tocar la armónica y pasa las tardes tocándola. Se la regalo una estudiante.  “Lástima que solo tiene una nota, sino sonaría mejor” afirma. Nelo aprendió a esterillar sillas en la Escuela de Ciegos y Sordomudos en Campo Valdez, lugar dirigido por unos Monjes Gabrielitas. “Yo cobro 25.000 pesos poniendo el material, trabajo con paja sintética porque el mimbre es más costoso” cuenta orgulloso mientras con su mano toma una silla que tiene ya empezada.

Enrique no se queda atrás,  cuenta que toca el acordeón. Lastimosamente el que tenía, lo tuvo que vender. Pero hace unos años, como él mismo lo expresa,  se ganaba sus pesitos con eso. Con el pasar del tiempo, las personas dejaron de pagarle con dinero y le empezaron a cambiar su música por tragos de alcohol, hasta que se volvió alcohólico. “Gracias a Dios ya salí de ese vicio tan horrible”, afirma Enrique. Esté además desarrolló un gran oído, lo que le permite, en las épocas decembrinas, realizar grabaciones de música. Como él mismo lo dice maneja muy bien la tecnología de grabación.

Arturo por su parte, como ya lo ha demostrado con varios versos durante la reunión, es un aficionado a la poesía,  la trova y el conocimiento. “Les tiro un último dato. Cuando uno nace invidente es porque en otra vida pudo ver, pero era malo. Es una deuda que uno tiene”, cuenta Arturo.

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Uno de los cinco hermanos ciegos de esta historia.

FOTO  ©  Diego Andrés Sánchez Alzate

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`PEQUEÑAS´ ENFERMEDADES

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La reunión en la sala continua con la llegada de una bolsa de papel café, traída por Yesenia, la hija de Lucero, llena de caramelos. Mientras Arturo lo destapaba cantaba:

 

No importa que digan ciego

No importa que diga feo

Pero nadie puede ver

La realidad que yo veo

 

Jairo, el otro hijo ciego que tuvo Ana, murió de un cáncer en el páncreas hace algunos años. Arturo interviene dirigiéndose a Gloria: “yo tuve que poner una tutela pues estoy enfermo de los pies y no me alcanza para la droga”. El dictamen médico dice Síndrome Varicoso severo, enfermedad para la que toma MEGADOL, 7.5 miligramos, droga que peculiarmente tiene la información en braille.

Geovanny por su parte, sufre de una alergia interna en los odios que no le permite escuchar con claridad, para tratarla toma diariamente Loratadina. Nelo también interviene: “yo sufro de la presión y de azucares, todas las mañanas en cuanto me levanto debe ponerme insulina y tomarme unas pastillas de Cantupril o Anacril”. Nando, toma pastillas porque casi no duerme, dice: “¿será que se me está acabando el sueño?, no es porque no coma bien, yo me alimento bien, gracias  a Dios la comidita no nos falta, me parece muy raro, no quiero llegar a depender de un sueño artificial”. Enrique sufre de epilepsia, debe tomar para ello una droga muy delicada, Genmobalbiter, esta sirve para relajarse. “Gracias a Dios esta no me ha faltado”, afirma. “El mayor milagro es levantarme vivo” interviene para finalizar, Enrique.

Para finalizar la conversación y cuando ya sus hermanos se han dispuesto para la calle o a las habitaciones, comenta Lucero: “A mi papá le dio un derrame cerebral y vea como es la vida, quedó viendo el mundo como mis hermanos lo ven. Cuando ocurrió esto mis hermanos le enseñaban a caminar para que no se tropezara. Al igual que ellos, mi papá quedo ciego al final de sus días. Ellos son ciegos pero ven lo que nosotros no vemos, se imaginan la vida muy linda, ven las cosas de otra forma. Ellos ven el mundo como lo quieren ver”.

 

Diego Andrés Sánchez Alzate  (Medellín 1990). Es estudiante de comunicación y periodismo. Ha trabajado como reportero y editor gráfico y en la actualidad colabora con la revista Más Viajes. Visita su página 


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