PERSÉPOLIS

Declarado por la Unesco en 1973 Patrimonio de la Humanidad, las ruinas de Persépolis, una de las siete maravillas del mundo antiguo, se convirtieron en el símbolo de un vasto imperio. Hace tres décadas estuvieron a punto de desaparecer por la sinrazón del ser humano, pero afortunadamente el sentido común se impuso y hoy es difícil encontrar un lugar tan majestuoso en el planeta. Los antiguos cronistas la describieron como `más soberbia que Roma´. Un destino inevitable para quién esté pensando en viajar a Irán.

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FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Persépolis
Por Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

Era una calurosa mañana de principios de agosto cuando abandonamos la ciudad iraní de Isfahán rumbo al sur. Atravesando los últimos barrios de la ciudad, el termómetro de nuestro camión marcaba 27ºC. Solo eran las ocho de la mañana y en unas cuantas horas el calor sería tan insoportable que incluso podríamos freír un huevo sobre la chapa del camión. Unos días antes, viajando de Teherán a Isfahán, el termómetro alcanzó los 56ºC.

Viajábamos a través de la Ruta 65 en dirección a las fabulosas ruinas de Persépolis, una de las grandes maravillas del mundo antiguo. Entre las páginas de mi guía Lonely Planet sobre Irán, guardaba una foto de mi padre hecha en el invierno de 1972. En ella aparecía él, elegantemente trajeado con chaqueta y corbata, posando entre antiguas columnas de lo que fue la capital de un vasto imperio construido hace 2500 años. “No dejes de visitar Persépolis y Palmira…” me dijo, con la emoción aun en sus ojos, antes de iniciar mi largo viaje por “La Ruta de Samarcanda”.

Tres kilómetros antes de llegar a Persépolis, justo con los últimos rayos de sol, nos desviamos de la carretera principal buscando un lugar tranquilo donde pasar la noche. Aparcamos nuestros dos camiones a los pies de un farallón de roca donde habían esculpidas cuatro magníficas tumbas reales. Nos encontrábamos en Naqsh-e Rostam, y como señalan las inscripciones que aparecen talladas en la piedra, en una de ellas está enterrado Darío el Grande, quien mandó construir Persépolis en el año 512 antes de Cristo. Arrimé el camión junto a su tumba y, después de cenar, me subí al techo y me quedé observándola hasta caer en los brazos de Morfeo. Me sentía un privilegiado por poder dormir tan cerca de un hombre que fue capaz de construir una maravilla como Persépolis, convirtiéndola en el símbolo de un inmenso y vasto imperio, el persa, que se extendió desde el Mar Egeo hasta la India, y desde Egipto hasta el Mar Negro.

En 1619 García de Silva Figueroa, embajador español en Persia, escribió: “Es aun más soberbia que Roma y sin exagerar, es la única construcción que ha conservado intacta su grandeza perfecta”. Pero este esplendor duró poco porque 200 años más tarde Alejandro Magno, en su campaña de Oriente, la saqueo y posteriormente la quemó para simbolizar el fin de la guerra contra los persas. Se cuenta que fue quemada al final de un día de borrachera en honor de la victoria conseguida, y fue el propio Alejandro Magno el que lanzó la primera antorcha contra el palacio de Jerjes. Según el historiador francés Victor Duruy, “Alejandro Magno quiso anunciar a todo el Oriente, mediante esta destrucción del santuario nacional, el fin del dominio persa”.

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FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Pero este no fue el único intento de borrarla del mapa y 2.500 años más tarde, en plena revolución iraní, el ayatolá Sadeq Khalkhali intentó arrasarla para acabar con lo que se convirtió en un símbolo de la monarquía y del recién derrocado Sha. Ante los crecientes rumores de la inminente destrucción, los habitantes de Shiraz se movilizaron y el día que entraban las máquinas excavadoras al reciento, hombres, mujeres y niños se plantaron frente a ellas consiguiendo detener su avance. Gracias a su coraje y valor Persépolis consiguió sobrevivir a la sinrazón del ser humano.

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